JONÁS
EL PINTOR
Gustavo Adolfo Vaca Narvaja
Segunda edición: 2007
Prólogo
¿Para qué sirve la presentación de un libro? Es la pregunta que siempre me formulo cada vez que me encuentro en una reunión como esta, a veces escuchando, otras hablando. Como ocurre con la lectura, cada uno de nosotros tiene expectativas diferentes aunque no siempre tenemos claro cuáles son. Más allá de cualquier interés, para mí, un momento como éste es un rito ancestral, como estar junto al fuego, en una ceremonia de iniciación, que es al mismo tiempo homenaje al autor, curiosidad por saber de qué se tratan esas hojas prisioneras en cartulina, pero, por encima de todo es estar juntos celebrando la amistad. Volver a encontrar rostros conocidos, presentar a los amigos y establecer nuevos vínculos que pueden ser apenas un encuentro o una relación que perdure, en un mundo en el que casi nada perdura.
De manera que ustedes se estarán preguntando: ¿Cuál es el tema de Jonás el Pintor?; ¿quién es su autor ? No puedo saber si les será útil lo que voy a comentarles, lo único que sé es que todo lo que yo les diga es apenas la opinión de un lector y como bien sabemos cada libro es re-escrito por cada lector y así entonces hay tantas interpretaciones como lectores tenga un libro.
Es que presentar un libro es también crear expectativas, un cierto suspenso como en las novelas policiales, una curiosidad que puede crecer hasta decidir leer Jonás el Pintor. Algunos se estarán preguntando: ¿De qué se trata esta obra?; ¿es un cuento o varios cuentos?, ¿o una novela?; ¿quiénes son sus personajes?; ¿cuál ha sido la ingeniería que permitió construir un volumen de 125 páginas?
Con la hibridación de los géneros, en tiempos de zaping y de la multiplicidad de mensajes que podemos percibir al instante puedo decirles que este libro es al mismo tiempo un cuento largo con muy pocos personajes y una novela que surge en un espacio de tiempo y en un clima que nos recuerda por momentos a los personajes fantasmales de Pedro Páramo perdidos en la niebla de la ensoñación y en otros seres que aparecen y desaparecen montados en la más pura tradición de la literatura fantástica de nuestra América Latina. Sabemos que en muchos casos se puede reducir una novela a un cuento, es posible comentar brevemente el argumento, ponerlo en línea, montarlo en la clásica sintaxis con la que comprendemos parte de la realidad. Les aseguro que no les resultará fácil reducir este libro a un cuento. Podríamos afirmar que es la obra escrita por un pintor, una obra recargada de innumerables imágenes que conforman su totalidad por momentos abstracta, más que un argumento que contiene los clásicos segmentos que propone la teoría.
Sin embargo, no toda la escritura mantiene ese clima evanescente fantástico. Progresivamente y en especial en los tramos finales aparece otro universo, no elusivo ni simbólico sino real, terrible como terrible es, esencialmente, lo que Vaca Narvaja desea contar. El Capítulo I empieza así:
“Se fue, con toda su vida y su alegría encerrada en madera lustrada, como queriendo recoger todos los recuerdos que flotan en esa inmensa paz del tiempo, se fue con su amor intacto, ante el murmullo de voces de lamento (...). Se fue, dejándome una carta invisible en mi almohada, con palabras transformadas en tulipanes y girasoles, sembrados en prados musicales. Entonces, fui dejando que el olvido me llevara nuevamente a ella”.
Se refiere a Inés, una mujer que aparecerá en distintos tramos de su vida y de su destino vinculada a los otros personajes del modo en que cada lector podrá armar o imaginar según sea la profundidad de su mirada en este relato que muestra un calidoscopio, una sucesión interminable de imágenes que envuelven el destino de los protagonistas.
Piensen ustedes que si leer este libro lleva varias horas, cuántas necesitaríamos para ir comentando cada uno de los sucesos y los personajes que lo habitan. Así que volvemos a la idea del calidoscopio, movemos el cilindro y aparecen imágenes no vistas, sucesos ni siquiera imaginados. Saltamos de una página a otra, para ir marcando parte del viaje en busca de un final.
¿Quién es Jonás? Nos preguntamos qué pinta, qué hace, cuál es su destino. Sabemos por el autor que en sus bosquejos hay calaveras, batallas épicas, sangre, lamentaciones, pérdidas de vidas y de bienes..., pájaros alados de metal brillante..., cielos que acompañan los viajeros y alados cuervos de rapiña que rondan presagiando la muerte de seres vivientes..., peces de mil formas. Y que quedaba dormido entre bocetos, pinceles, óleos sin abrir y solo escuchaba voces con mandatos y consejos.
Los pocos personajes que encontramos a lo largo del libro están íntimamente entrelazados por la vida, el amor y el destino de una trama oscura como oscuro es el final trazado para ellos. ¿Por quién? ¿Dios? ¿El azar? ¿La predestinación? El abandono de los seres en un mundo sin misericordias ni esperanza, cuyas voluntades parecieran desvanecerse frente a la opulencia incontrolable de un poder que no tolera diferenciaciones. Siguiendo la lectura como en las películas pero mucho más parecido a una realidad que vivimos los argentinos en los años de plomo, dos protagonistas son acribillados y aparece el personaje de Malena donde la violencia se mezcla con su belleza; luego sigue el horror que cuesta describir porque cuesta aceptar que el hombre sea el lobo del hombre. Como dijimos al comienzo, la historia que nace en un mundo del realismo mágico culmina en un ciclo de realismo trágico. Como en el teatro de Shakespeare, estamos llegando al final de la tragedia, la más espantosa que haya vivido nuestro país en el siglo XX.
Juan Coletti (Escritor)
Feria del Libro de Córdoba
13 de septiembre del 2003
Entonces invocaron a Yavé y le dijeron: “Oh, Yavé, no nos hagas perecer a todos por causa de este hombre ni nos consideres culpables de su muerte, ya que tú, Yavé, has obrado todo según deseabas”.
Luego, llevando a Jonás lo tiraron al mar y el mar calmó su furia. Yavé ordenó a un Pez que tragara a Jonás y Jonás estuvo tres días y tres noches en el vientre del pez.
Jonás 1, 1-16
Qué me importa que se borren / los caminos de la tierra / con el agua / que ha traído esta tormenta. / Mi pena / es porque esas nubes tan negras / han / borrado las estrellas.
León Felipe
Inés
Se fue. Con toda su vida y alegría encerrada en madera lustrada intentando aprehender recuerdos que flotan en esa inmensa paz del tiempo. Se fue; con su amor intacto, ante un murmullo de voces de lamento. Ecos de angustias; grito silencioso de color transparente impactado en un imaginario verde intenso, muy cerca a la vibrante colina testigo de su vida pasada. Capturó sus recuerdos dejando la imagen de belleza, con su largo y suave cabello al viento, dibujando maravillosas figuras sobre su piel; una piel que fue el inexorable verdugo del tiempo atrapado en calendarios. Piel de suave textura; tibia de caricias, húmeda en la entrega del amor ardiente y recuerdo de éxtasis. Se fue, buscando en la profundidad de la tierra, un lugar para su secreto; una casilla para la memoria, y si alguna vez regresaba, sería tal vez, en el perfume de una flor en primavera, o en el canto de un pájaro al amanecer; o en algún sueño de fantasía, donde descubriría que en esas noches estrelladas de soles blancos, se cubrieron con su pasión; mientras huérfanas luces apagan palabras de ternura derramada en manantiales de sinfonías de maravillosos tonos. Aquellos labios de cálido vocabulario silencioso, desafiantes e intrépidos reflejos del deseo, esperan.
Se fue. Dejando una carta invisible bajo la almohada, con palabras transformadas en tulipanes y girasoles, sembrados en fértiles prados musicales. Entonces fue dejando que el olvido la lleve nuevamente hacia la nada, entregándose al recuerdo. Inés era así: sobria, hermosa, virtuosa. El rostro en permanente alerta, exhibiendo ojos vivaces, inquietos, punzantes, que miraban con cierta desconfianza. Su nariz recta, pequeña, con dos orificios delicadamente dibujados, contrasta con la boca de labios carnosos, incitantes y sensuales, capaces de besar con pasión y también hablar con esa fogosidad discursiva que la caracteriza. Cuello delgado y espigado. Hombros redondeados bajando en perfecta armonía al nacimiento de hermosos senos turgentes, que al emocionarse por pasión o por amor, resaltan pezones en botones simétricos, avisando el encuentro entre el alma y el cuerpo. Las manos ayudan a cincelar sus palabras. Palabras cálidas, timbre melodioso y voz inconfundible. Tenía gestos propios; exclusivos, movimientos perfectos, como si fuese una consagrada bailarina de ballet, con la gracia prendida en cada punta de sus pequeños pies y en cada músculo de sus muslos cuyos movimientos acompañan su entrega total a la música, danza y amor. Un ramillete de flores que alguien ofrece desde una platea rabiosa de aplaudir a la estrella cae a sus pies. ¿Cómo describir la perfección de esta mujer que tenía en su cuerpo el alma de la vida misma? Sin duda eran dos: una de ellas, embebida en el candor de la inocencia; la otra, apasionada, ferozmente sensual; oculta en la cruel pobreza que sufría.
Usa vestidos ajustados. Sus piernas siempre expuestas; blancas, delicadas, suaves, muestran solo lo necesario y brindan a quien ella elija los movimientos de sus muslos que buscarán, seguramente, entrelazar el incontenible deseo de ser amada y entregar su amor por encima de cualquier obstáculo. Cuando se encuentra desnuda, desgarra su belleza, mirando hacia algún lugar de la naturaleza misma. Nadie discute su semejanza exacta con la diosa de Joseph Clará; donde el cuerpo es la perfecta armonía de las formas. Los pechos atrapados entre sus piernas flexionadas, permiten que su cadera entregue belleza y perfección, confirmando una fertilidad asombrosa. ¿Cómo es posible que el fuego del deseo tuviese también serenidad de nubes aladas, cantando, flotando, abriendo sus manos, desparramando sonrisas bondadosas; custodiada por coros gregorianos, sonatas y ángeles gloriosos? ¿Cómo es posible que tanta ternura pudiese estar desnuda, sin que el mundo supiese que ella era la mujer más amada y deseada? Más allá de las formas y sutilezas de amores que dejaron atrás sus historias y desencuentros, estaba ella. Tremendamente radiante. Espléndidamente hermosa, posando para el mejor pincel del deseo. Ni Tiziano podría haber capturado esa expresión tan distante de una venus o un adonis; pero sí podría haber captado el fuego que deja escapar Inés cuando está lista para entregar amor y pasión. ¡Oh. Inés! Inés de fuego. Inés de los placeres; del éxtasis y las pasiones. De risas y llantos. De entregas voluptuosas y, luego, ejemplar de calma. Sin embargo, ese día Inés mira al infinito. Está distante; envuelta con el murmullo del agua golpeando piedras brillantes y estáticas, dejando sus espumas perdidas en una corriente contagiosa deseosa de seguir los mismos senderos acariciados por agua de deshielo. Mezclada con arena de sus orillas, ella tararea una canción, que tal vez, le recuerde algún acontecimiento lejano o cercano. Algo la conmocionó profundamente porque de sus ojos, caen dos lágrimas transparentes, contagiando mejillas azotadas por su pelo azabache, caprichoso y brillante. Las manos ausentes acarician una gramilla verde y fresca, mezclada con tréboles que sobresalen en espera de alguien que juguetee con sus hojas, o que el azar los deshoje, para adivinar futuros inciertos, que no se atreven muchos a confesar. El calor somete su cuerpo. Permite que se moje en una transpiración tenue y dócil que hace de su ropa, una segunda piel. No hace mucho, ellos se han jurado amor eterno, tan eterno como la inmensidad que uno desconoce; pero, a sabiendas de lo que se puede ofrecer cuando se es conciente de que no existen amores eternos.
Juan de Dios observa a no mucha distancia, embelesado de tanta perfección, deseoso de poseerla nuevamente, haciendo con ella ese amor de brutal entrega donde gemidos y palabras, cobran definitivamente el sentido de un nuevo lenguaje en la pareja. Los cuerpos sellados, funden sus límites en momentos de mayor éxtasis y placer. Entonces; el mundo cobra magníficas sensaciones, que pueden hacer vibrar todas las anatomías desparejas. Haciendo el amor, esos cuerpos pretenden ser exactamente el complemento del otro, hasta que ambos, extenuados, se derrumban en la lenta cadencia de relajación sublime del después. Ambos flotan en un imaginario campo de miles de flores de colores; pétalos suaves, pentámeras con frutos de aquenio carnoso, embelleciendo campos de interminables mantos multicolores pintados con rosas, jazmines y geranios. La noche se deshace en una fresca lluvia. Y esos cuerpos que se han amado rodaron, jadearon, sudaron y gimieron, soñando una invalorable plenitud. Vagan en una eterna observación del cielo, herido por una nube en un infinito azul sin punto claro. Sin guía, pero con la intensidad de saber que todo es tan maravillosamente bello, que no admite más palabras. Las manos de los amantes, entrelazadas desean construir una nueva forma de comunicación plena, momento en que el alma y cuerpo se olvidan de temores, envidias, y de aquellas realidades agobiantes que siempre castigan. Todo está cubierto de paz. Una tranquilidad absolutamente cierta, con sexo satisfecho, consumado y pleno.
Inés levantó sus cabellos enredados y ensortijados en total desnudez. Es una fresca mujer de brillante piel. Elonga su cuerpo lentamente, para evitar encontrar un adiós no deseado. Se cubre con recuerdos; luego, sensaciones. Finalmente, comienza su misterioso arte de vestir con lentitud, simulando el piano mágico de Chopin, en nocturnos, baladas y valses. No hay mujer capaz de cubrirse sin música que la envuelva. Siempre habrá una nota que la acompañe y también, resistencia; porque Juan de Dios no desea que ese cuerpo magnífico cubierto de piel sea oculto a su vista y luz. Obligado a resistir ese final, contagiado del recuerdo inmediato del placer que aún no se ha podido diluir, ni caer en olvido, espera. Solo el alto intemporal permite que esa perfección sin pasado, sea condenada a la inmortalidad, como las apsaras, ninfas que habitan el cielo de Indra y bajan a la tierra en busca de majestuosos amores terrenales. Ella, Inés —contra todo vaticinio y deseo de quien pudiese mirarla o admirarla—, cubrió cada centímetro de su cuerpo con una dignidad solemne, presagiando una despedida o un adiós eterno. Un adiós que se fue en silencio, de la misma forma que su lento andar, orillando la costa de un río de aguas transparentes. Nunca más regresó a ese maravilloso lugar. Se fue para siempre de todo espacio terrenal despojada de ropa, de recuerdos, encantos, palabras y deseos. Se fue. Solo se fue. Abandonó el lugar y su joven hombre primitivo con quien había hecho el amor. Un amor enloquecido por deseo de furia o espera. Vivió su cuerpo plenamente sin mezquinar nada. Supo que en medio de ese orgasmo infinito algo había pasado, porque no hubo fibra de su cuerpo que no temblara desenfrenadamente. Nada dijo Inés que ese día estaba segura de llevar una parte de Juan de Dios. No solo fue el placer recibido y agotado. Llevó un producto de ese encuentro a escondidas, fugazmente hallado. Nada dijo Inés antes de su partida. Nada dijo Inés después de su partida. Nada dijo Inés durante los meses que su cuerpo cambió de forma ni cuando sintió el golpeteo de quien es propio y extraño a su cuerpo. Se lo llevó sin que Juan de Dios supiese que había sido robado y burlado. Fue a escondidas. En medio de tinieblas de traición, arrancando a otro ser una ilusión. Nada dijo Inés de su mezquina actitud. Nada se supo de Inés por muchos meses; solo que por ser tan joven, sus padres entregaron esa criatura a una familia generosa y perdida en cualquier lugar. Ellos buscaban a quién cuidar y ver crecer. Sus padres, a quién olvidar. Se sabe sí, que fue un niño. Nadie sospecha que es Jonás.
Inés perdió la razón años más tarde por esos motivos que escapan a las personas destinadas a quedar en ese vacío. Fue encerrada en un loquero de la ciudad; sin razón, en un edificio de murallas secas. Blindado. Armado y custodiado con dos portones de hierro forjado. Infranqueable. Un patio colonial daba luz a celdas clausuradas con puertas de roble con curiosas mirillas excavadas en su centro, destinadas a controlar locas en la intimidad de sus delirios. Diariamente, eran registradas por enfermeros que se aprovechaban de su irracional furia, para someterlas a maltratos y descargas eléctricas que en ese entonces utilizaban para tranquilizar a locos desatados. El electroshock. Siempre listo. Siempre preparado para usar. Siempre esperando la clientela de la sinrazón. Inés era llevada una y otra vez en brazos de oscuros enfermeros que ataban sus muñecas y canillas, paralizando su libertad, hasta ser depositada en la camilla con agarraderas de cuero, que sujetaban los movimientos del rechazo. Al ser atrapada, Inés se retuerce, trata de soltar sus miembros inmovilizados hasta que las descargas eléctricas bajan cruelmente de la cabeza a sus pies. Una y otra vez, hieren su dolor. Está sola. En pocos meses doman su alma, su espíritu, su voluntad, para convertirla en una cosa sin nombre. Una masa amorfa que solo atina a mirar hacia arriba, a un cielo cerrado a la imaginación y el futuro, donde nadie sabe a ciencia cierta, si lo que queda de ella es Inés o su propio fantasma desorientado. Solo entonces, la sueltan, llevándola a la celda donde la tienden como bulto, envuelta en una sábana rotosa. Luego, la abandonan sobre la cama vacía de frazadas, cemento puro; con hilachas desprolijas como mantas y una sola almohada tan deforme como sus pensamientos que flotan sin rumbo. Dejan siempre un jarro despulido de aluminio lleno de agua para evitar que se deshidrate. Inés perdió la razón. Y también el mundo. Es una mujer sin pasado ni futuro. Solo una mujer olvidada en una celda habitada por fantasmas. Esa noche: Inés tuvo un sueño. Un sueño de demonios habitando cavernas albergadas de hombres y mujeres abandonados en guerras, amores en cuerpos rígidos, flotando en el mismo espacio de la caverna negra y oscura. Fue una noche de castigos infinitos. Las descargas eléctricas nublaron su conciencia y lucidez. Había un infierno en su mente. Un infierno lleno de criaturas sin descanso, sin paz. Sin embargo, en medio de los tormentosos sueños, un ángel de blanca y suave piel, con un rostro de apacible mirada se presentó batiendo sus alas, tocando una melodía que marca claramente la suave transición entre un antes y un después, rodeado de calaveras sobre cuerpos abandonados a una nueva vida, enriquecida de vegetación, mezclada con flores y capullos. Entonces supo que una influencia sobrenatural ha tocado el mismo corazón que estuvo partido. Supo que el árbol de la fruta prohibida estaba tan cerca, tan cerca de ella, que elevó su mano derecha desoyendo la voz del señor y arrancó la fruta que no era más que Adán, esperando ser tentado. Lo poseyó sin importarle cuán desnudos estaban o cuántos ángeles vigilaban el edén, o cuántos lamentos tendría después. Supo que a partir de ese momento viviría deambulando; sosteniendo el pecado como si fuese savia de árbol o agua de plantas. Comenzó a bailar, tarareando una música que solo ella escucha, acompañando sus movimientos con gestos sensuales, imaginando tener al mundo y todos sus dominios en sus propias manos.
Recostada sobre la fuente de agua eternamente inmóvil en el centro del patio, era visitada por figuras humanas deambulando descansos en la enfermedad de las mentes. Hombres y mujeres desconcertados. Fue cuando Inés, abrió su ropa suavemente permitiendo que sus pechos escapasen al encierro, y gritó por primera vez: “¡Es primavera!”. Un anuncio feliz. Luego; miró el cielo ofreciendo su hermosa desnudez al santo que mira y custodia. Entendió entonces. Comprendió que se estaba consagrando a otra vida. A partir de ese momento, no necesitó más descargas ni encierros. Su mejoría le permitió lo que a otros enfermos les fue prohibido: reír, hablar y hasta pensar. Se rodeó de una inmensa misericordia, cercana al místico. Desgarrada al ver a sus compañeras de locura sufrir la pérdida de sus pensamientos, olvidó el lenguaje y recuperó la audición, para escuchar palabras mágicas de un sonido extraño y sobrenatural. Supo también que un buen hombre que trabajaba en ese establecimiento la cuidó con dedicación y desinterés. Ella recuerda vagamente una frente amplia con largos cabellos que caen tapando pequeñas orejas. Tiene presente una mirada serena y desconfiada, que se acerca lentamente cuando se veía rígida y encerrada en ausencias. Supo que ese hombre se llamaba Aníbal. Y que meses más tarde, le propondría matrimonio. Inés finalmente ha encontrado a quien querer. Comenzó a escribir en pequeños papeles que luego guardó: El amor se hace, no nace. Inés comenzó a leer la Biblia, refugiándose entonces en los misteriosos e inagotables actos de Fe. Descubrió que la creación de ella y de todo lo que la rodea fue en siete siglos. Que de un mundo en tinieblas, se hizo el día con luz abandonada en alguna parte para ser noche. Esa noche en la que ella había estado inmersa, expandiendo aguas de cielos cuando la tierra abandonó centenares de hierbas y semillas. Y les pintó lumbreras para que sean estrellas. Y se crearon monstruos marinos, aves y animales. Luego, el hombre. Y porque estaba tan cansado al séptimo siglo, ese señor invisible descansó; no sin antes poner en el Edén a esos pecadores que luego traerían al mundo desobediencia, la serpiente y el fruto prohibido. Supo Inés de la maldad. Del Arca de Noé y sus hijos: Sem, Cam y Jafet que nadie recuerda. Supo de la torre de Babel, y supo que Sarai, esposa de Abraham, era estéril y por serlo ofrece a su esposo la sierva Agar, con la cual Abraham fornica enloquecido para reproducir la especie, hasta que el piadoso Señor invisible, a los ochenta años le concede una maternidad que Sara acepta gustosa. Agar parió a Ismael cuando Abraham cumplió ochenta y seis años. Supo Inés que en el cielo apareció una señal. Una mujer vestida de sol con una luna debajo de sus pies y sobre su cabeza una corona de doce estrellas. Y supo también que apareció un dragón escarlata de ocho cabezas y diez cuernos con siete diademas en su cabeza. Se vio enloquecidamente desafiante.
Supo Inés, entonces, que el mundo es una parición continua. Ella parió vida. Paren los animales, los peces, las aves, las mujeres, las aguas y los vientos. Entonces decidió que Aníbal retozase en ella, dejando que sus energías se transformasen en algo más que una eyaculación, y dio el sí, para irse a vivir con este buen hombre que tanto la cuidó en esas interminables horas de locura. Inés pidió a su esposo Aníbal, como regalo de casamiento, cinco perros. Era un sueño anterior. No supo por qué. Pero Aníbal está destinado desde pequeño a ser piadoso, porque creció pegado a los rugidos de la montaña, lamiendo fantasías en rocas brillantes. Se bañaba sin limitaciones en aguas tibias y calientes saturadas con algas vivas de santas limpias que dan aguas termales, surgidas de la misma profundidad de la tierra. Acostumbraba a cantar suavemente melodías al silencio del día y la noche. Apoya sobre su piel, escamas y espumas de agua del volcán, para ser reconocido desde lejos y de cerca. Aprendió a querer la montaña tal cual es, con sus misterios y leyendas vomitadas cada cien años y escritas en letras de piedra negra. En las tardes, busca el baño de algas, donde sumerge su cuerpo. Aguas y algas atrapan cada centímetro de piel y el vapor busca el último rincón de su pulmón para limpiarlo dándole nuevas fuerzas. Tantas, que con solo gritar en el interior del volcán, hace caer la nieve de las puntas de las cumbres. Nieve que acude solo a su llamado, para evitar que el calor convierta su cuerpo en alma.
Aníbal es fuerte, humilde, piadoso. Tal vez, las aguas de los volcanes hayan dado a ese hombre, el amor que pide Inés. Trajo de la montaña cinco perros. Ninguno sobrevivió. Aníbal había cuidado con delicada ternura la locura de Inés. También en esas largas noches de verdad donde se entera de la vida sufrida de Inés, de sus amores y bondades aprendió a amarla en silencio, contemplando su alma y su cuerpo y también escuchando sus delirios transformados en historias de increíble realidad, donde una criatura desprendida de su cuerpo llora desconsolada en algún lugar. Ha escuchado el nombre de Juan de Dios, entre gritos de un socorro mudo. Envidio a ese hombre, pero también comprendió que Inés estaba ahora con él. En esa irracionalidad, ella le perteneció siempre, y se preguntaba muchas veces en las noches qué pasaría cuando ella recuperara la razón. Se preguntó, que hará de su vida sin ella. Se pregunta si alguna vez podrá olvidarla y si el calvario de su futuro se perfila como una vida de solitaria amargura. Supo más tarde que el amor es parte de una locura del alma que la envuelve. Obnubila. Cierra toda reflexión. El amor cierra la razón. Enciende un torbellino de pasión y enfrenta osadamente las barreras artificiales del tiempo. Inés es su ejemplo.
Inés y el Angelito
Solo duerme —pensé con el alma suspensa—; el sueño, y no la muerte, lo abraza, lo abraza en su tiniebla...
Leopoldo Marechal
El rancho de adobe está impactado en la cara oeste del Monte Negro. Monte llamado así por su color y su historia. Historia de muertes. Todas, en las sombras de la noche de oscuro esclarecimiento. Solo el viento puede saber quiénes fueron víctimas o victimarios. Ese monte negro tiene una particularidad; por más que el sol alumbre su enorme estructura, nunca cambia el color oscuro. Nunca fue un volcán. Pero hay sobre él piedras negras y porosas enviadas por volcanes vecinos que alguna vez despertaron del largo silencio. Un sueño milenario de encierro. Encierro que guarda la energía de la tierra que brama escupiendo fuego cada veinte o treinta años, semejando las guerras que tiene el hombre. En medio de ese cerro, está el rancho de adobe y carrizo con un solo árbol cercano a su techo destinado a dar sombra a los habitantes que piden clemencia en siestas de verano. Un árbol también testigo de nacimientos de todos los chiquillos que juegan despreocupadamente alrededor de esa corteza gris, impregnada en tierra y arena. Un árbol del cual se cuelgan voluntariamente mujeres, cuando los dolores de vida hacen estremecer úteros gravídicos que desean regresar a su tamaño natural, expulsando la criatura que trabajosamente busca canales iluminados hacia su libertad. Así; colgadas de ramas, estremecen sus cuerpos con esfuerzos nobles y heroicos, a pesar del frío y nieve que rodea esa ceremonia. Jonás reaparece en esa niebla. El árbol atrapa en sus follajes gritos de dolor, como respuesta al placer o triunfo de cuanta cosa pase a sus habitantes. Un árbol que custodia también la finada Inés, que años atrás, dedicara su cuerpo al ejercicio de la prostitución de beneficencia como le llaman en la zona. La puta Inés reconforta placeres pedidos. Linda mujer. Ardiente mujer en fríos inviernos y más aún, en calores de verano. Ágiles caderas cabalgan al compás de gemidos, en medio de esa lujuria contagiosa. Los senos ahogan al pobre que logra pagar un rato de puro sexo. Eso sí; nada de compromiso. Para eso está Aníbal, su esposo para siempre. Ella siempre admiró el árbol que fue compañero de toda su niñez y también testigo de su vida miserable, pero altiva. Le ha pedido a su esposo mantener una promesa: enterrarla a menos de cinco metros de la última raíz del árbol. Y además, cambiarle todos los años en el día de su aniversario la bombacha y el corpiño que sujetan sus carnes —antes deseadas y pagadas—, por otras prendas similares. “Es solo por higiene”, le susurró al oído, a modo de disculpa. Inés siempre sostuvo una teoría de dos entierros: En el primero se entierra simbólicamente la razón. En el segundo, el cuerpo. Aníbal prometió hacerlo y cumplirlo. Y así se hizo el día que Inés, años más tarde, soltara su mano en aquel último suspiro de la razón, para espantar una mosca en busca de un alma desprendida. Una parte de Inés, solo la mitad de ella. se fue. La enterraron dividida en esa oportunidad. La razón y el pecado quedaron bajo tierra. De esta forma, Inés quedó limpia de razón y pecado, pero viva con su cuerpo. Sin embargo, la mitad de ella está muerta y enterrada. Quedó esa tumba inconclusa cerca del árbol, porque la otra Inés viva: llamada la loca Inés, pediría años más tarde que su otra mitad fuese enterrada cerca del alma. Su deseo se cumplió hasta que los huesos flacos de carnes se desarmaron en manos de curiosos. Pero eso fue mucho después. Esto se supo por los calendarios encontrados entre las cenizas. Pasaron muchos años de este hecho. Pero hoy se asiste a un velorio. En ese cerro negro.
El rancho del compadre está a cien metros del árbol donde el Angelito esta siendo velado. Los niños, adultos y abuelos permanecen sentados en sillas viejas de la cocina, mirándose unos a otros sin moverse. Probablemente impactados por la presencia de un niño muerto. Este yace sobre una alfombra gastada en el centro de la habitación, iluminada tenuemente por candiles de aceite. Parece dormido con tanta paz, que invita a despertarlo para preguntarle por qué fue tan intranquila su muerte, si su sueño es calmo. Una luz débil permite que las sombras de quienes pasan por delante y atrás de los candiles den vida y movimiento a otras figuras estáticas sentadas sobre cueros amontonados. Miran todos al Angelito sin expresión de dolor ni alegría. Miran perdiendo finalmente su imagen interrumpida con algún recuerdo que llega espontáneamente a sus mentes. “Siempre habrá alguien a quien velar”, murmura la más anciana mientras reparte mate amargo. “No aguanto estar sin despedidas”, murmura. El Angelito había sido compañero de juegos de Jonás por varios años. Algunos presentes cantan y como siempre en los velorios aparecen súbitamente las cantoras que se ubicaban en un rincón solitario. Lanzan aullidos, gritos lastimosos pidiendo ayuda a las ánimas que rondan cerca del Angelito que está sordo a cualquier grito y ciego a cualquier movimiento. Los llantos alternan con canciones sombrías y lastimosas. Llanto y lástima se unen al dolor de una familia que acepta la muerte como una última visita de vida. Son las cantoras de lástima y condena; pues también las contratan a la hora de dar sentencias. Lo curioso es que el Angelito ha sido, sin querer, el lazo invisible entre Jonás y Juan. Hacía pocos años que esas cantoras habían cantado la sentencia de la misma Inés por prostitución, cuando un tribunal de justicia, constituido por el alcalde del pueblo y su sombra como secretario, decretaron el castigo: muerte tras violación. La violaron cinco hombres sorteados dentro del mismo pueblo para que taparan con su semen los orificios del mal. Inés fue violada, arrastrada de sus pelos hasta un corral abandonado cerca de la entrada del pueblo, una tapera impregnada de polvo y pulgas de gallinas que salieron asustadas por los gritos y las cachetadas. Inés fue perdiendo en el camino su ropa como para dejar una huella de despedida para que alguien —al menos alguien— la rescatara de tanto suplicio. Pero nadie escuchó su lamento ni los gritos de perdón o pedidos de auxilio. Una prostituta. Un auditorio en semicírculo de pobladores impávidos mira la casa abandonada. Los gritos flotan en el aire y esos pobladores, tapan sus oídos para no escuchar, o tararean alguna canción permitiendo que esos cinco hombres salvajes envueltos de orgía y sexo cumplieran el mandato y también la sentencia.
Inés sin poder caminar o mover su cuerpo atravesado por esa salvaje lujuria enviada, fue llevada más tarde agonizante a su humilde casa, y esa noche le sacó a su esposo la promesa de cambiar su ropa interior después de muerta. Sin embargo, no murió su cuerpo como esperaban todos; solo su alma. Con el tiempo se fue recuperando lentamente, pestañeando su historia. Insólitamente son las mismas cantoras, pero esta vez con canciones de velorio y despedida, que acompañan la ceremonia del Angelito mirando de reojo la tierra removida —la tumba— del alma de Inés. Se la veía a través de la ventana abierta. Dicen que sale de su tumba en las noches de luna. Desnuda. Cubierta por tul blanco totalmente transparente, cantando, bailando. Dejando que su cuerpo se contorsione sin respeto ante mortales deseosos de verla. Ella deambula cada tanto en la brisa serena de la noche iluminada.
La infamia de esa condena regresó con un castigo. El alcalde fue obligado poco después a renunciar a su cargo a pesar de haber sido elegido en forma vitalicia para administrar dineros públicos y también justicia. Ese día el alcalde se defendió, aduciendo que a pesar de su edad y su sentencia, estaba lúcido. La tarde del sábado lo encontraron convulsionando en el patio de los geranios, sacando por su boca espesas espumas blancas y escupiendo tarareos con dientes custodiados de labios azules. Cada vez más azules. Le tiraron agua fría. Fue peor. Convulsionó golpeando su cabeza y lastimando su lengua. Le colocaron una madera entre los dientes. Lo fueron atando a unos palos para quebrar movimientos hasta que se fue tranquilizando para retomar vida. De allí en más, pasó casi todo el resto del día como un gallo golpeado, mirando fijamente la pared ciega babeando saliva. Nada de palabras ni gestos. Es un bulto sentado sin forma, presente en el velorio del Angelito.
Ese hombre es el pariente más cercano de ese Angelito ausente. Los rostros curtidos de los adultos no se inmutan y son los mismos que están entre las sombras de la habitación; más duros que a la luz del sol y nadie con el sombrero colocado. Solo aquel viejito misterioso, sentado en una silla fabricada con tablas de cajones rotos, mantiene puesto el sombrero negro, alado y desgastado. El tiempo de uso ha hecho que su carne se una al sombrero y nunca más se despegue. El viejito mira con sus dos ojitos vidriados mostrando dos anillos blancos concéntricos que le otorgan una cierta jerarquía ante el resto. Jonás lo conoce. ¿Quién es ese hombrecillo de pequeñas formas?. Nadie lo sabe. Solo él puede revelar de dónde viene y quién es, pero no lo hace. Jonás tampoco. Sin embargo, ahora sufre por la muerte del Angelito a quien conoció en vida, cuando aún jugueteaba con Jonás en la montaña.
Aquellos que han orillado los noventa años pueden mostrar en sus ojos el paso del tiempo, o el cambio de siglo. Hombres y mujeres sin documentos. Con fotos del día que viven, como si el pasado y el futuro estuviesen borrados para siempre. En el patio de afuera, dos elásticos de cama vieja traídos de otros velorios prestados, sostienen la media res de vaca trozada lista para servirla asada a las visitas de pésame, en la medianoche. El asado de homenaje corresponde a la familia del Angelito. Las damajuanas de vino tinto y vino blanco esperan a los viajeros de las mismas entrañas de la montaña. Ellos ensillan sus caballos para acompañar la muerte con sus mejores arneses. Uno que otro deja el regalo en silencio, como si regalar a un muerto, diera vergüenza. Lo colocan tímidamente a los pies del niño que seguro agradece sin moverse. Jonás ha soñado antes con esa muerte.
—Vengo a traer mis saludos y dolencias —dijo Juan de Dios a la tía del Angelito.
—Yo, en cambio, le traigo estas ropas, comadre, para que le ponga en la mañana por el frío de las tumbas —dijo Encarnación.
—Las tumbas... son habitaciones de sombras —aseguró Juan, quien luego pensó para sí: “No merecen ponerse la ropa nueva”.
—Hasta la sombra de los entierros... deben ser honradas —dijo Encarnación.
—Es cierto —afirmó la tía.
Encarnación soltera, rellena, silenciosa y buena amante. Discreta para el entender de sus vecinos y amigos. Si bien no ha hecho familia, ha tenido algunos hombres sumidos a sus encantos y voluntad. Juan de Dios es su mayor conquista a pesar de la diferencia de edad. Ella dice que los amores son como los cuadros; duran para siempre si están pintados adentro de sus marcos. Y ellos —asegura— están pintados. Encarnación también conoce a Jonás.
Encarnación es una mujer de edad media. no supera los cuarenta, aunque su rostro tiene huellas del tiempo agudizadas por el golpe del viento que diariamente le daba en su rostro, cuando buscaba el piño de chivos en la pradera habitada de piedras y arbustos enanos. Su vida transcurre entre las tareas propias de una mujer: amasa pan, hace tortas fritas, limpia el rancho, lava ropa con la tabla en el río y luego se va trotando a cuidar las chivas en la montaña. Desde ese lugar, sentada en la piedra más grande, mira nuevamente el paisaje que permanece intacto. Las vegas con aguas. Los mallines verdes y húmedos con decenas de teros que consultan direcciones confusas de sus nidos; las avutardas tomando el descanso del vuelo. Los peces trepando corrientes en silencio sin poder esconderse de la transparente y mágica agua del deshielo.
—Son los colores del arco iris —dice la médica antes de que alguien le pregunte y repite una y otra vez—: ¿Si no los llevo yo... quién más?
La mujer curandera guarda sus pertenencias en una bolsa tejida y desteñida. En ella lleva una tijera, una palangana de porcelana blanca, dos vasos antiguos con bordes dorados y piolines que ella misma fabrica. Finalmente terminó guardando un pequeño latiguillo de cuero desflecado en su punta.
—Sirve para despertar a los niños que no obedecen —explica y advierte—, hay que saber pegar. ¡No es un látigo de castigo... es de pura vida! Después no deben preocuparse hasta el otro día —termina diciendo y se pierde en la noche.
Va por el sendero y su perro negro y flaco, con la lengua colgando, trota delante de ella y marca el camino por si acaso esté olvidado. El mismo sendero donde Encarnación, en la mañana, encontró dos piedras blancas que levantó en silencio. Están frescas. Cerró el puño y pensó: “Cuando abra el puño..., serán dos mariposas”. Y luego, levantándose, las tiró al vacío. Dos hermosas mariposas escaparon y comenzaron a rodearla. Correteó por el verde llamándolas; ellas le seguían aleteando muy cerca de su rostro. Toda esa mañana fue festejo y juego. Al mediodía, ella tomó las dos mariposas en sus manos y despidiéndose las tiró al arroyo. Al tocar el agua se transformaron en dos piedras blancas que buscaron rápidamente el fondo del río, asentándose suavemente sobre el lecho de arena.
—Serán regalo para Juan de Dios. Mañana nos vemos —exclamó exultante desde el patio la anciana y regresó para despedirse del niño.
El Angelito y Jonás habían estado juntos unos días antes, Jonás corría perseguido por el Angelito en vida a orilla del arroyo. Ellos tenían un lenguaje propio. Vivían un mundo hecho a su tamaño y a sus deseos, envueltos en sueños de fantasías propias de su edad. Jonás tenía una risa contagiosa, viva, alegre. En ese entonces el Angelito estaba en el final de sus días por una enfermedad cargada en su espalda y tenía en su alforja una impecable ropa nueva. La misma con que el Angelito muerto estaba vestido. Las medias de lana de chivo estaban sin estrenar, “para que cuando vaya al cielo no tenga el frío de nubes”, pensaba resignado. Juan acomodó el sombrero entre sus manos y tomó una de las sillas apoyadas contra la pared desnuda. Estaba triste por la partida de su pequeño amigo. Midió el facón filoso que portaba en su espalda, cruzando el cinto de cuero trabajado Midió la distancia entre él y los dolientes y comenzó a contarles los últimos días del Angelito.
—Por tener solo doce años, era buen baquiano. Montaba a caballo con soltura y arriaba el piño cada veranada imitando a su finado padre. Por mentas sabía de sus andanzas. Siempre me llamó la atención que en las palmas de sus dos manos tenía en la noche luces verdes brillantes que destellaban rayos de colores cuando las ponía de cara a la luna. Manos pequeñas con luces grandes. Son las luces del pensar. —Reflexionó serio y continuó con su monólogo en medio de un murmullo—: Yo lo esperaba siempre sentado en esa piedra a orillas de las brasas, casi en el rescoldo. Días atrás hablando conmigo, mientras fumaba en silencio; el niño mirando las brasas afirmó: “Cuando deje de pensar será mi muerte, pues se apagarán y me quedaré sin luces”. Yo pensé que para eso faltaba mucho; pero me equivoqué.
Las palomas que descansan en los vértices del techo juguetean y arrullan dejando caer una que otra pluma que cae zigzagueando lentamente, tratando de dar más tiempo a su descenso, aprovechando la libertad conseguida por casualidad del espulgue. Ellas también fueron testigos atentos a las luces del Angelito.
Luego, Juan levantó la pava cargó un mate y fue sirviendo uno a uno siguiendo la rueda que toda la noche se hacía.
—Desde que nació fue distinto —dijo secamente una tía, interrumpiendo el monólogo de Juan—. En el mismo alumbramiento, él salió tironeando el cordón.
—¿Como si fuera una soga? —preguntó Juan.
—Como una soga —ratificó la tía. Y a continuación agregó—: Como era plena madrugada de luna llena, al atrapar con sus manos las primeras luces de la luna, se quemó las palmas, justo al medio —dijo, mirándose las suyas—. Allí supe que solo viviría doce lunas llenas del mes de abril.
—Era su destino —agregó resignado Juan.
Una de las lloronas, cansada de tanta lágrima, salió de las sombras y pidió un mate.
—¡Hace calor en el rincón! —comentó, tomando el mate a sorbos—. Si me permite, madre…
—Usted dirá, comadre.
—Hay un llanto lastimoso que me enseñaron cerca de Chile, que le gustaría —dijo la tía, mirándola—. Le gustaría al Angelito —aseguró la llorona, tomando su tercer mate y regresando a la esquina oscura.
Fue allí, con ese grito seco y helado, cuando el Angelito se movió. Silencio. Se movió. Más silencio. Apareció una luz muy blanca. Bajaba del travesaño del techo buscando pacientemente hendiduras en el carrizo. Detectada la figura del Angelito, lentamente lo envolvía, aprovechando el último movimiento que el niño realizó, cuando se sumó al llanto desgarrador de la llorona asustada no por la muerte, sino por la vida del muerto.
—¡Que nadie se mueva! —ordenó Juan—, que el Angelito está por partir.
Un niño encendido de luz fue desprendiéndose del niño muerto. Sonríe mientras se eleva hacia el techo. Todos los presentes han hecho un ruedo bien compacto a su alrededor.
—Pa’ que el alma no se escape por los lados —sentenció y escupió tabaco masticado el más viejo—; no queremos que luego ande en pena.
Todos los presentes están inmóviles, admiran el desprendimiento del Angelito que cada vez más está cerca de la precaria chimenea, despidiéndose con gestos. En pocos minutos su figura fue filtrando por hendiduras encendiendo las puntas de los carrizos y desprendiendo pequeñas estrellas de fuego que cayeron sobre el cuerpo del niño muerto. Encarnación asustada se ha prendido de las manos de Juan de Dios. Son tenazas de terror.
—¡Son las estrellas de las cenizas! —dijo Juan siempre atento.
La escasa luz del candil dejó en penumbras la habitación. Los presentes y ausentes invisibles fueron invitados a pasar a la parrilla.
—El asado del Angelito no puede esperar —dijo una mujer mostrando la puerta para que todos dejasen en soledad el cuerpo inmóvil del niño.
—¡Ahora sí que se nos fue! —dijo Juan, poniéndose el sombrero y retirándose.
Encarnación asintió y una nube de ternura envolvió su corazón.
—Se nos fue, ¡gracias al Señor! —dijo su tía mientras buscaba un pequeño paquete que esperaba encima de la mesa de madera rústica de álamo. Presurosa tomó el bulto atado con tientos y yendo tras Juan, lo llamó compungida—: ¡Juan! Este paquete era del Angelito... Eran sus “cositas”. ¡Creo que le hubiese gustado que se las llevara. Al menos esos fueron sus últimos deseos!
Juan alargó el brazo derecho y atrapó el paquete de tela vieja y tientos mal cruzados Sin abrirlo, conocía su contenido y destino. El niño le había comentado, no hacía mucho en la veranada, que si algo le pasaba, su familia le entregaría un pequeño paquete donde él había guardado celosamente treinta y siete papeles con anotaciones de puño y letra. “Son historias escritas por el viento mientras cuido los chivos. Cada una de ellas tiene un futuro. Treinta y seis papeles son suyos Juan. Uno solo será para Jonás”, había dicho el niño.
Juan miró sin decir palabra, pensando cómo el viento pudo dejar caer esas letras en un pedazo de papel sucio y desteñido. No se atrevió a preguntar por Jonás. No lo conocía. “Las historias escritas por el viento tienen una ventaja. Van más rápido que las palabras y se pueden escuchar antes de leerlas”, pensó Juan. Conocía algo de estas cosas pero nunca supuso que ese niño le entregaría sus escritos. Sentíase orgulloso de ser depositario de tamaña herencia. Buscaría a Jonás. “La mejor herencia son letras escritas en palabras silenciosas”, dijo para sí reconfortado.
Juan tomó las riendas de su caballo y trepó ágilmente. Inició el camino de regreso a su rancho, perdido en el valle solitario del río Rauihuecó, donde los teros son dueños de la mitad de las tierras y la otra mitad de los peces que suben incansables corrientes en cientos de brazos de agua. Algunos mallines limitados por el agua cristalina del río permiten que pájaros y abutardas puedan reposar con tanta alegría que sus trinos lanzados al aire atrapan las luces que el Angelito manda, vaya a saber uno desde qué distancia.
“¡Hay gente que llora la muerte!”, piensa ahora en voz alta Juan en el imponente silencio del valle. Mira el horizonte y puede entonces ver encima de cada piedra, de cada rama, de cada orilla, al mismo Angelito que lo saluda con alegría retozona, como solía hacerlo entre la corriente del río y los charcos de mallines encerrados.
—¡Sí, ya sé...! ¡Cuidaré tus letras del viento y llevaré una de ellas a Jonás! —dice Juan al fantasma del niño— Y alguna vez, se las daré a ese chico, para que pueda leerla; porque yo... ni la letra distingo —confiesa.
Juan de Dios quedó satisfecho al despedir el fantasma del pequeño amigo. Llevó su herencia encerrada en sus bolsillos, bien pegado a su pierna. Para que nadie le meta mano. Comió asado y bebió solo tinto, porque siempre repite que cada hombre tiene sus costumbres y que ni al diablo le permitía cambiarlo. En la madrugada, con el cielo abriendo al color del día, Juan de Dios montó su caballo parado en el corral. Lo había esperado comiendo alfalfa y avena tal como el difunto Angelito quería. Partió al poblado dejando que el animal encontrase el camino, mientras se le cerraban los ojos de cansancio y borrachera digna. Llegó a su casa en esa soledad que pocos conocen. Recordó entonces, cuando se encontraban con Inés, quien lo esperaba con unos mates calientes y tortas al rescoldo. Buena había sido Inés. Y más bueno Juan de Dios con ella. Los dos sabían de la soledad y más de una vez se habían enredado en el catre de Juan buscando sentir el roce de piel con piel entre cueros de lana de chivos. Inés se había dormido sola con sus perros y tan segura de encontrarlo en la cama que se había dormido sin los calzones, pensando que tal vez, en medio de la noche Juan de Dios llegara entonado de amor. Esperaba también llevarlo al día siguiente bien temprano al desfile patrio, en un pueblo con buena música de banda uniformada. Juan de Dios dejó que sus ojos humedecieran el recuerdo. Tomó el mate y con la cordialidad y el respeto que sus años dan le dijo, mientras se retiraba a su cama rellena de lana caliente:
—Va a tener que ir sola, comadre; porque yo no sé si me quedo dormido antes de terminar de hablarle.
Inés se fue con sus perros. Antes de dormirse, Juan de Dios pensó cómo encontraría a ese chico llamado Jonás y hurgando el paquete del Angelito extrajo la carta:
Mi querido amigo Jonás: si recibes esta carta, es porque ya no podremos vernos ni jugar más. Mi amigo Juan te entregará en mano mis últimas palabras de agradecimiento por haberme brindado tanta amistad. Con solo doce años me toca despedirme, cuando lo que debería hacer es anunciar mi llegada. Pero bueno, la enfermedad me lleva. Te dejo bajo las piedras de la veranada mi gomera y mi gorra que me pediste te regalara. Es mi fortuna, ahora es tuya, amigo. Cuida de Juan.
Juan trató de leer, le costaba. Solo pudo pronunciar la palabra amigo. El sueño lo invadió. La carta se soltó de su mano y viajó suavemente al suelo en un vuelo silencioso. Viaja en silencio a un ritmo distinto a los mensajes rutinarios, porque las palabras no pesan a pesar de estar cargadas de sentimientos. Juan sabe, a pesar de que no quiso aprender a leer y escribir, porque siempre sostuvo que si escribía, su mente se secaría en el tiempo. “Y puede que tenga razón”, le había contestado muchas veces Encarnación. “El ejemplo más cercano lo tiene usted con Inés... la loca que a veces lo sigue como una perra”, le había dicho hacía dos días cuando se fue de su casa enojada, después de ver como Inés sacudía su cuerpo en el lecho de su amado Juan. Juan de Dios mantiene sus amantes a distancia y sostiene que si el hombre tiene dos brazos, dos piernas, dos ojos, dos riñones, dos corazones...; ¿por qué entonces... no dos o más mujeres? Es un solitario incomprendido.
El desfile
Yo que la cuento, ignoro su camino y su semblante de soles quemado, no sé si la sombrean pino o cedro, ni en que lengua ella.... mienta a los extraños
Gabriela Mistral
Desnuda. Con toda su decadente belleza baila, acompañada por una banda típica de instrumental musical que severamente marca cada uno de los pasos marciales de soldados, castigando sus tacos sobre el asfalto sereno y frío de la mañana. Cientos de uniformados festejan el día patrio, luciendo uniformes de gala ornamentados con medallas color oro y condecoraciones vaya a saber el porqué. Las hebillas con arneses de cuero y metal posibilitan que cuelguen las cartucheras con balas de plata, brillando cada vez que el rayo del sol acaricia esas superficies metálicas. Cada cartuchera muestra las puntas de plomos pulidos, metálicos como espejos. La banda musical tiene todos los instrumentos necesarios para llevar adelante himnos, capaces de conmover a cualquier espectador. Los inmensos tambores retumban en contundentes ruidos de truenos, almacenados en espacios cerrados de madera y cuero estirado. Los clarinetes llegan a tal velocidad con sus sonidos, que espantan los pocos pájaros que aún están atentos en ramas de árboles, custodiando las calles colmadas de gente y curiosos. Las armas flotan en esas compactas columnas de severos rostros, con bayonetas puestas en boca de cada fusil. El cielo plomizo. Como cielos de toda batalla cuando se enfrentan soldados y ejércitos, en búsqueda de gloria y triunfo. Los rostros de cada soldado están rígidos. Duros. Con un rictus de bronca, como si estuviesen buscando enemigos que todavía no pueden encontrar. Rostros de guerra. Así lo denominan sus superiores, describiendo el perfil del soldado que desfila y se muestra generosamente al civil, que admira el paso de la tropa.
La loca Inés atrás de todos. Mirando el cielo sin ojos que puedan definir la forma de nubes blancas y espesas cubriendo el azul intenso. Después, mutan surgiendo figuras cambiantes, similares a cadáveres silenciosos en campos de batalla donde perdieron la memoria todos aquellos que nunca desearon verla. Allí esta la loca Inés. Llamada así porque no es calco de nadie. Ella se encadena al desfile a cuatro pasos del último soldado. Baila con sus carnes flojas, colgantes, fláccidas en zonas y opacas en otras, en un baile flatulento, con música propia. Jonás, el niño solitario sentado en el borde del monumento, mira distraídamente el paso majestuoso de los soldados. Dibuja uniformes, armas, tambores y clarinetes. Cuando descubre a esa mujer bailando con tanta delicadeza junto a sus perros amaestrados, siente una imperdonable nostalgia. Lo invade la furia del arte. Toma sus cartulinas y comienza a dibujar apresuradamente a esa mujer y también a sus perros. Pudo captar en pocos segundos toda la belleza de una mujer ajada por el tiempo y descubre en cada perro, una doncella dormida. Dibuja a la loca Inés con tanta soltura, que no lo puede creer. El grafito se desliza mágicamente. Esa imagen ha capturado su corazón; sus manos toman la agilidad de un pintor. Supo Jonás que esa mujer era algo importante en su vida y logra descubrir sus ojos, capturándolos en su cartulina para siempre. Después, trata de arrebatarle sus movimientos. Movimientos de manos, piernas asimétricas y las graciosas figuras flotantes —como sus pensamientos— escapando de su boca, con ruidos sin entendimiento para nadie, ni palabras claras para ella o para quienes la ven y escuchan. Solo Jonás entiende su mensaje. Acaricia sus palabras disonantes y cálidas, persiguiendo el ritmo de tambores y redoblantes de la banda musical clavada como estatua frente al palco oficial bordeando el asfalto húmedo de la plaza recién regada. Cinco perros la acompañan festejando su alegría y ocurrencias parados en dos patas, o en una sola, en algún momento de saltos y tumbas carneras. Algunos gruñidos y ladridos de festejos, de sus mansos animales se suman a ruidos y movimientos del resto de la fiesta. A veces, saltan tan alto que llegan hasta la cara de Inés, lamiendo sus mejillas agradecidos por compartir música y fiesta. Cuidan sí, que las uñas de sus patas no rocen la delicada y deshidratada piel de Inés. Ella tiene surcos y arrugas que los años dejan a la intemperie, para que la boca no mienta lo que el pensamiento cree. Inés continúa bailando con endiablada lucidez, en el desorden de la calle. Ante aplausos y abucheos, y también, algunos aislados insultos que no responde porque patinan por su piel. Jonás deleitado admira a la mujer, y la dibuja sin ver, con una memoria desconocida, aparecida súbitamente. Quiere aplaudir, besarla, decirle que la quiere, que la admira. Decirle que por primera vez siente un fuego en su corazón, y que sus manos se han transformado en mágicos instrumentos del arte. Jonás no escucha. Está terriblemente encantado. Los vecinos, en las orillas de las calles, la miran asombrados. Algunos con reproche, porque en definitiva opaca el desfile patrio que tanto trabajo dio para organizarlo meticulosamente. Ellos quieren que todos puedan sentirse orgullosos de las banderas y escarapelas que llevan en sus manos y que a veces agitan. Es la fecha en que los próceres aparecen. Esos días en que la obligación de la historia determina cuándo sacan de las tumbas los recuerdos para honrarlos y continuar su obra y ejemplo, aunque después los pisoteen en el tiempo. Son estatuas paseadas sin muestras de vida, incrustadas en estandartes bordados de fino hilo, llenándolas de elogios, homenajes que en vida jamás hubiesen tenido intención de hacerlo; pero hoy, la historia los ha reinventado a fuerza de recordatorios. Porque los políticos, siempre quieren descubrir nuevas aptitudes que signifiquen luego una aprobación académica por haber incursionado en historias desconocidas para el resto, pero habilitadas para el sabio. Aquellos que realmente conocían la verdadera historia se retiran silenciosos y ofendidos, pateando baldosas rotas y desgastadas en veredas irregulares como el tiempo. Calles ocupadas por jóvenes y niños con enseñas patrias, peleándose por el primer puesto sobre la misma acera. La loca Inés escupe alaridos de vez en cuando, sobre todo, cuando recibe naranjas o algún proyectil elaborado previamente al desfile, porque todos saben que el último en desfilar será ella. Aquellos panes untados en mayonesas rancias y hediondas resbalan en su cuerpo dejando caminos de suciedad, con migas cayendo al compás de sus movimientos y contorsiones. Inés devuelve la agresión con miradas perforantes y profundas que llegan a las córneas de los burlones, que ante tanta fuerza, estallan en mil pedazos; quedando las órbitas lesionadas, sangrantes y hasta vacías, condenados a mantener en la retina la imagen de la loca Inés bailando, para que oculistas den luego su veredicto: haber perdido la vista por la desnudez salvaje de la loca Inés, que fuera vista, burlada, y admirada. Las miserias de aquella mujer al desfilar orgullosa emerge como su propio homenaje. Inés; muestra la realidad de su vida y no la angustia de tantos cuerpos ocultos por ropas a veces ajenas e incómodas. Sus perros lamen la punta de sus dedos cada vez que baja las manos buscando darle nuevo ritmo al baile y música propia a sonetos, que perdidos, huyen de esa multitud. Los desprecios los recoge guardándolos en sus axilas, amasándolas con movimientos de sus brazos para convertirlas luego, en aplausos, que sus perros agradecen. “¡Si viera Juan de Dios lo que yo veo!”, dice, mientras gesticula exultante.
Los pobres alejados de una realidad no pueden bailar, ni festejar sin permisos especiales. Nada puede hacer ella y se dejó sumisa que esos cuatro enormes hombres de brazos robustos y estrechos de mente la levanten en silencio, tomando manos y piernas sin importarle que sus perros se prendieran furiosos para defender a su ama. Mordieron polainas y borceguíes de cuero curtido y lustrado. Colgados como racimos de uva sin soltar su presa salieron también ellos, llevados por esos soldados ofendidos de la desnudez de Inés decidiendo que ha terminado su acto de arrojo. Jonás asiste impotente ante el desprecio de los uniformados, lastimando sueños de esa mujer digna, admirada. Sus manos dibujan la escena con precisión. Y no hay rostro o cuerpo que no esté en su dibujo. Sus ojos miran lo que las manos ciegas dibujan y maldice su pequeñez, que le impide salir en defensa de la loca Inés, de tantos agravios. Inés y Jonás cruzaron sus ojos en una mirada profunda, cómplice de un misterio que dejó en el ambiente una duda, pero ambos supieron que se han encontrado.
Ella maldice quién sabe a cuántos y a cuántas familias o amigos de hoy transformados en verdugos, ante la impavidez de gente que sonríe en forma descarada y cómplice. Nadie intervino. Dejaron que la lleven junto a toda su alegría con el ritmo envuelto en visiones y figuras fantásticas que siempre la rodean. Los soldados, acobardados y doloridos de maldiciones, patadas y mordiscos de los cinco perros envueltos de furiosa rabia, fueron obligados a bajarla. La abandonaron a cuatro cuadras. Justo en el portal del cine cerrado, condenado por estar viejo en edad y tiempo. Cine usado en aquellos lejanos años para que después sus puertas quedaran fijas, soldadas desde adentro para que todos los actores que habían desfilado por esa pantalla, decidieran dormir la eternidad, junto a su dueño, un hombrecillo de cien años, alimentado con zanahorias, verduras de hoja fina y alcohol; sin despojarse nunca del cigarro habanero, en la comisura derecha de sus labios. Lanzaba humo en las noches de timbas, con amigos retozando libertades que sus mujeres les dejaban los viernes. Inés quedó cubierta con el abrigo del soldado más joven. Se lo colocó encima, homenajeando la valentía y resistencia, sin que otros advirtiesen este gesto comprometedor de una adusta figura militar cumpliendo órdenes. La tapó con ternura a pesar de recibir insultos y patadas; algunas de ellas en las zonas más delicadas y dolorosas de los hombres. Pero fue más su compasión que su disciplina, y notó que los perros ya no lo atacaban y se acercaron al rostro de su dueña, lamiendo lágrimas y broncas producto de su impotencia ante la fuerza y la frustración por no haber podido terminar su desfile. Inés se consoló pensando que el próximo año, volvería a intentarlo. Seguramente durará más tiempo. La loca Inés se colocó con dificultad el abrigo Su cuerpo siente el frío de la quietud. Liberó una cabellera atrapada por el birrete militar sustraído al basural del Ejército y salió hablando con cada uno de sus perros que tenían por suerte un idioma distinto, a pesar de haber nacido de la misma madre y en el mismo lugar. Esto le permitía entablar conversaciones sin que ninguno de los otros interfiriera. También tomó un carbón en la base de un portal que alguien abandonó y fue escribiendo las paredes de todas las cuadras, dejando documentadas historias de familias enteras. De hombres y mujeres que ella conocía porque retenía en su memoria perdida un recuerdo fresco, pero mezclando todas las cosas posibles y haciendo con esas escrituras escándalos que ese pueblo tal vez merecía, por no haberla defendido de tamañas agresiones. Hecho esto y con la varilla de siempre dibujó en calles de tierra, figuras y líneas distintas, convergiendo en otras tantas, creando imágenes con fotos propias, que ella detecta en cada espacio, en cada superficie lisa, donde da rienda suelta a su intensa imaginación. El perro blanco marca el camino cuando sale la noche. Comienza a caminar un sendero memorizado en los años. Ese perro, ha nacido de una perra negra. Pero al nacer, cayó en un charco de leche de la cual se alimentó mucho tiempo solo por abandono. Quedó blanco, contagiado mágicamente de aquella superficie que conoció al abrir por primera vez sus ojos. “¡Es un perro de nieve!”, afirmaron orgullosos en el pueblo. Ese perro, por encargo de la loca Inés, reclutó cuidadosamente cuatro perros más,, para completar la semana. “Sábados y Domingos serán cubiertos por gatos negros”, sentenció la loca Inés el mismo viernes. Los cuatro perros provenían de basurales y lugares desamparados por el hombre y la naturaleza; donde sacian su apetito postergado y eructan sus gases de ansiedad contenida. Uno a uno se fueron sumando hasta ser presentados en esa noche de verano; era tal la alegría de la loca Inés, que preparó alimento para un festín. Carne de ratas y culebras, con salsas y lechugas cuidadosamente cortadas. Ella les dio de comer y luego de contarles cuentos fantásticos de vida, comenzó a bailar; a contagiarlos para que desde ese mismo momento, fuesen sus compañeros de danza en cuanta ocasión tuviesen en la vida. También les enseñó a bailar en dos patas; a guiñar los ojos en forma separada y a respirar por un solo orificio de la nariz. Les enseñó a ladrar por las orejas y a respirar por las patas. Todo es posible para Inés. Los educó con habilidades que fueron aprendiendo y agradeciendo. Luego, supieron que tendrían que mostrar sus habilidades para juntar monedas en la calle, cuando Inés les colocó alforjas en sus lomos. Dormían en su casa. Una vieja casa derrumbada y arreglada por sus manos con restos de tablas y cajones con chapas recortadas, tiradas por inútiles. Con estas, pudo hacer su casa propia y en cada rincón puso un perro. El blanco dormía con ella en el centro de la habitación, tapando sus pies delgados y maltratados por caminatas descalzas. El blanco comprendía solo arameo. Esa noche, supo que su desfile estuvo magnífico. Que sus contorsiones y figuras fueron majestuosas, que sus gritos y cantos habían sido la música que inspiró a cuanto artista escuchó. Se sintió satisfecha por haber tenido la suerte de estar. Y ahora; mirando sus cuatro perros y dos gatos, se siente orgullosa de tener toda una semana completa en aquella habitación. Recordó el niño que la dibujaba y se estremeció sin saber el por qué.
Le han puesto de nombre ‘la loca Inés’; porque ella todos los diez de cada mes entra atropellando al hospital. En esa fecha, falleció su esposo Aníbal; asesinado por un traicionero cuchillo de alguien que se escondió en las sombras con mucho alcohol y en su cuerpo finalizó el ritual. Ser viuda significa también asegurar quién cumplirá la promesa hecha por Aníbal de cambiarle bombacha y corpiño en todos sus aniversarios de muerte. Seguro ya tiene sucesor: Juan de Dios. Inés acude al Hospital, entrando por pasillos azulejados para que las palabras no se peguen y los dolores no se contagien. Llega a la habitación testigo de la agonía de Aníbal, cuando perdía sangre en medio de tanta confusión y lamentos. Pero allí; en esa cama, estuvo con esos sueros de la verdad o la mentira, líquido transparente, para asegurar que nada malo pasa. Hace ese ritual sin importar si esa cama esta ocupada por algún paciente enfermo de tanta medicina. Cuidadosamente lo desaloja y se introduce ella en total desnudez, para que su carne fláccida reconozca las formas del cuerpo de su marido ausente, dejando en cada lugar del colchón una impronta, pudiendo así soñar que Aníbal la tenía una vez más, con el cariño que siempre le había brindado. Ese encuentro del diez a las diez, todos los años de viudez, es el riguroso compromiso hecho en el último suspiro de Aníbal, antes de quedar inmóvil en sus brazos, lugar en donde dicen perdió la razón y entró la razón de su sinrazón y pesares. Poco también duró en esa posición, porque fue llevada por la fuerza y a los gritos a la calle. Detestan su invasión de cariño y recuerdo Ella misma resistió arrastrando las sábanas a las que habla con cariño, como si fuese su propio esposo transformado en género e hilo. Inés vive siendo expulsada de en cuanto lugar se encuentre. Extraña en actitudes, vestimentas y conducta. Quienes la desprecian contemplan burlonamente cuando transita por las calles, caminando siempre de norte a sur y de este a oeste. Dice que esa era su cruz y para siempre. Luego; queda tirada nuevamente en la calle sobre el borde de una vereda rodeada de sus fieles perros que jamás la abandonan Dicen que, luego de muerta, se quedaron a morir a orilla de su tumba, hasta disolver sus propios huesos de tanta espera sin milagros. Aceptado su destino se dirigió caminando, llorando su pena del día diez hacia el río, donde se quitó la ropa sumergiéndose en aguas terriblemente frías, como el frío del cadáver que espera ser reconocido en heladera sin llave en la morgue. Lavó su ropa prolijamente diciéndoles a sus perros que esa es la forma de sacarse la sangre pegoteada de su esposo cuando tuvo el último abrazo. Limpia su ropa, la deja tendida en la orilla y se lanza ágilmente sobre la superficie del río transformada rápidamente en hielo. Una inmensa pista de patinaje, donde ella danza nuevamente al compás del ladrido de sus perros, festejando ocurrencias de su ama. Mujer y perro quedaron esa noche, en homenaje a su muerto, bailando sobre el hielo. Gritando sus honores al hombre ausente, quién desde la copa de un árbol cercano al río, mira atentamente y festeja cada uno de los actos y piruetas de esos artistas improvisados, transformados en actores y productores de su propio espectáculo. Espejos de hielo. En esa última noche de verano, la loca entró el diez a las diez. Caminó los pasillos del hospital cansada de tantos años de sufrimiento y maltrato. Seca por los años, pálida por su mala alimentación y nutrición, con su cabellera desordenada y escasa de tanto tirarse de los pelos en sus ataques de broncas y desconsuelos, Inés entró sin permiso. La cama está esa noche vacía, tendida, esperándola con sábanas limpias pulcramente arregladas, con frazadas que supieron ser de su marido dobladas en el pie de la cama simétricamente. “Eran sus sábanas —dijo—, del finado Aníbal”. Se quitó su escasa ropa, colocándola en forma delicada sobre la silla. Dejo sus guantes perforados. Acomodó sus guaraches debajo de la silla y dejó el pedazo de chapita atado por un cordón de zapato a su cuello, encima de sus trapos. Subió lentamente, saboreando tranquilidad y silencio, y ante la atenta mirada de sus perros se acomodó. Llamó al perro blanco que trepó de un salto y se fue rápidamente a sus pies para abrigarla. Cerró sus párpados lentamente despidiéndose de cuanta sombra se ilumina. Imaginó entonces como sería su vida sin insultos, agravios y desprecios a los que había sido injustamente sometida por años. Imaginó que nunca le habían pegado o sacado de lugares públicos. Imaginó que sus perros estaban limpios, gordos y bien cuidados y que el día del desfile, su desfile de todos estos años; ella no estaba al final de todos sino al principio de la marcha, abriendo la ceremonia adelante del abanderado militar y acompañada de sus cinco perros que la custodian caminando en dos patas; saludando a una multitud de gente que la aclama y le tira flores y pétalos de millones de colores, tapando el asfalto húmedo, transformado en majestuosa alfombra de colores. Imagina que su cuerpo desnudo tiene carnes firmes, curvas suaves y senos que despiertan envidia y admiración de todos aquellos que aprecian la belleza y magia de esa danza endiablada por las contorciones de su cuerpo. Nadie paraliza la banda de música ahora transformaba en una sinfónica con cientos de músicos para el cuerpo de ballet. Y danza acompañada por sus ritmos y creaciones como homenaje a su arte. Imagina a los próceres embelesados ante tanta belleza y creatividad, con ropas blancas cubriendo la piel recién bañada, e imagina toda la calidez de los personajes encerrados por el tiempo y la gloria del cine abandonado. Han salido de la olvidada oscuridad para verla abrir el desfile patrio. Imagina el cielo vacío sin nubes, inexistente de vientos, corriendo una pequeña brisa. Imagina que toda esa gente abre sus ojos y bocas, para aclamar su nombre y ahora le piden casi implorando, que repita nuevamente sus bailes y cante algunas de sus canciones que solo ella escuchaba. Sueña que todos sus verdugos, los de ahora y los de antes, están esperándola para levantarla en andas y pasearla por el pueblo una vez que el desfile termine pidiendo misericordia. Sueña que puede dormir. Que está en paz. Quiere buscar solo un tiempo para estar tranquila consigo misma y después de tantos esfuerzos en su vida hubiese alguien diciéndole solo una sola palabra: Gracias. Gracias por lo mucho que ella ha hecho para mantener en vida su muerto y que todo lo malo para el pueblo se ha transformado en bello y hermoso. Sueña también que mientras duerme para siempre, en los pies de su cama está Aníbal, esperando que ella decida levantarse para salir a caminar; a ver esa inmensa luna llena que hoy esta iluminando ese pueblo que ella tanto amó y respetó. Inés se fue levantando sin dolores, sin quejas, dejando su cuerpo pesado descansando por primera vez sin frío ni humedades, que a veces calaban sus huesos. Se fue alejando de sus perros que están dormidos, serenos, limpios, gordos y ausentes de todo. Como si la magia de la noche, hubiese sido definitiva. Se fue soñando. El desfile había terminado tal como ella quería. Su vida también.
Esto ocasionó naturalmente su segundo entierro. Primero fue la razón. Ahora sí, su cuerpo cansado, maltratado y humillado muchas veces. Inés descansa para siempre. Juan de Dios se enteró de su muerte al otro día, con el remordimiento de pensar que tal vez si la hubiese acompañado no hubiese muerto y hasta se dijo mirando la pieza vacía: “creo que la voy a extrañar”. Juan tomó la botella, tragó vino con mucha sed, se dio vuelta y quedó dormido. “Total —piensa—, ¿qué puedo hacer ahora? Perdí dos amigos en pocos días.” Juan de Dios no pensó más. Durmió muchas horas sin parar, sin tomar una gota de vino más, como homenaje a dos almas perdidas.
El día luminoso mutó a gris, todo gris. Cielo y hombres grises invadieron la noche. Un hombre que fue abandonado por el amor y sus amigos. Recordó entonces que era hombre de palabra y todos los años concurrió a la fosa de Inés. La destapa para que tome aire, acuna sus huesos y cambia su bombacha y corpiño como fue la promesa asumida por Aníbal cuando quedó trunca por su muerte artera. El cuerpo de Inés se momificó gracias a estos cambios de ropa. Nunca perdió su belleza. Será eterna. Inés perdura en la vida y la muerte. Nunca tendrá un límite que pueda separarla en sus momentos de dolor. Inés ama la vida dentro o fuera de la racionalidad. No muy lejos de toda esta escena llena de ternura por la despedida y el encuentro, nuevamente está sentado muy cerca de la lápida vecina un hombrecillo delgado con ojitos brillantes de anillos concéntricos. Nadie sabe quién es o qué hace. Siempre acompaña a los finados en sus épocas de gloria. Es su eterno trabajo. Sin embargo está dolido. Inés es algo más que una mujer a quien él debe acompañar al enorme vacío del olvido. Inés fue en un momento de su vida su propia hija. En medio del sopor del alcohol y la tristeza, Juan de Dios miró al hombrecillo de ojitos anillados y, fastidioso de encontrarlo, le dijo que se fuera, que ya había llevado al niño pequeño y que ahora le arrebataba a Inés. El hombrecillo desapareció. Inmediatamente llegó una cartulina traída por una brisa extraña convertida en barrilete; se posó al pie de la cama de Juan de Dios. El dibujo desplegado generosamente en el suelo mostraba a la loca Inés con sus perros desfilando y bailando en primera fila, con un público que aplaude, y la joven belleza de Inés era la que él había conocido años antes, en la racionalidad de la entrega amorosa. Allí se dio cuenta que era ella.
El hombre Gris
Aún quedan las voces clavadas en las piedras milenarias abrazadas por la caricias del sol, y pulidas por el eterno sobo del agua de aquellos peregrinos enfermos del cuerpo y el alma.
Federico García Lorca
Es un hombre gris. Total y absolutamente gris. Pelo gris, rostro gris, mirada gris, palabra gris. Su historia gris. Es difícil describir con palabras grises al hombre gris. Cuando entró, tosió tan fuerte que las paredes se pintaron de gris, las ventanas también. Avanzó lentamente, pidiendo en voz baja permiso sin dirigirse a nadie en particular Su ropa color ceniza coincidía con su aspecto descuidado, la camisa raída, zurcida y con botones tallados en algún rezago de madera. Tiene la mirada triste, esas miradas ausentes de vida, alejándose del tiempo porque cuesta vivir el presente. Miradas sin razón, valor y color. El hombre gris visita a Juan de Dios. Juan le indica con su mano que tome asiento en la silla frente a sí. Los separa una vieja mesa de madera. A la derecha, sobre el plato enlozado, la pava y el mate esperan el relato de algún doliente o quejoso. El hombre gris se deja caer lentamente sobre la esterilla de la silla. Coloca su boina negra sobre el vidrio roto y mira el piso, solo atina a decir: Gracias.
—Y, ¿bien? —pregunta Juan de Dios—: ¿Qué problema tiene usted?
—Verá, don Juan. Soy un hombre sin edad. Nacido entre las piedras del Mayal, ese cerro rocoso del cual hace cientos de años sacaban oro. ¡Sí; oro!... esas piedras que despiertan la avaricia y la codicia —reflexiona seriamente—. Vengo a consultarle para ver si usted me puede ayudar.
—Bien..., ¿cuál es el problema? —requiere Juan intrigado observando al personaje.
Duda un poco. Tiene algo de temor o, tal vez, vergüenza. O solo pudor. Supo después que ese hombre nació en un invierno bastante cruel, en esos días de mucho silencio y nieve. Su madre; madre de muchos niños de colores blancos, negros, rubios, pelirrojos y hasta grises nunca hizo diferencias entre ellos. Esa tarde ella salió a buscar leña para el fuego. Una acostumbrada leña para atizar el fogón con brasas que deja encendida hasta el amanecer, para seguir calentando esa enorme habitación de adobe, testigo de sueños e ilusiones frustradas. La pava tiznada hierve con tono de queja. El agua caliente lanza por su pico un vapor blanco presuroso a desaparecer en los techos sombreados de la noche. Ella mantiene sus guaraches llenos de nieve y frío, sus medias mojadas por pisar charcos y barro molestan, pero ha logrado juntar ramas suficientes como para justificar su regreso. El hombre gris recuerda esos detalles con emoción, porque ese día, su madre le recomendó visitar a Juan de Dios.
—Falta poco —dijo, apresurando su relato—. Concretamente, mi problema es que no puedo jugar con mi sombra —dijo secamente.
—¿Con su sombra?... —repitió Juan automáticamente con voz de asombro.
—Mi sombra, en realidad, es mi hermano desde mi nacimiento —explicó el misterioso hombre gris—. Todos estos años me acompañó. Nunca nos separamos..., pero desde hace unos días no me sigue. Creo que ya no soy yo... Estoy como medio transparente... —dijo resignado. Las manos cruzan su cuerpo de un extremo a otro, sin tener en cuenta las mínimas reglas de la física. Los espacios y volúmenes no existen. Hubo un momento en que el hombro derecho tocó su rodilla y luego, su zapato izquierdo salió por el pabellón de la oreja.
Juan lo mira en silencio con mucho asombro. Lógicamente ha despertado un interés hacia su persona y trata de imaginar cómo es realmente este personaje. No tiene edad, es cierto: se le pueden dar diez años por su timidez; veinte por su inocencia; cuarenta por su enfoque de las cosas; cincuenta por su experiencia; o cien por su ropa gris perdida en un tiempo o por sus uñas grises mal cuidadas, mordidas desordenadamente. “Se come las uñas de la mano izquierda”, observa Juan. La boina encima de la mesa tiene incrustada, a modo de anillo, muelas, dientes, propios y ajenos adornando su digna miseria. Él se da cuenta de que Juan está absorto mirando su boina.
—¡Son para no olvidarme de mis años! —dijo, advirtiendo la sorpresa de Juan.
—¿Y cómo mide su edad en esto?... —preguntó Juan de Dios.
—Por la sombra que da cada diente —aclaró el hombre seguro de sí mismo.
—Pero ahora, por ejemplo, ¡no dan sombra alguna! —razonó Juan, sorprendido.
—¡Porque los años no se miden en habitaciones...! Solo se ven con la luz del sol —dijo más convencido el hombre Gris.
—Bien— dijo Juan de Dios—, supongamos que esto es así, ¿cómo es que su sombra lo abandonó? —inquirió, tratando de llevar ahora la iniciativa.
—Hace una semana; casi una semana, en una noche de tormenta... —dijo apesadumbrado y con el rostro serio y seco tragó saliva para continuar su relato—: ¡Un rayo!... cayó justo al lado donde yo estaba durmiendo... Nos partió en dos.
—¿Usted y la sombra? —aventuró Juan como interpretación.
—¡Sí!... Yo y mi sombra —dijo el hombre—. Es decir; la sombra no pudo seguirme más, desde esa noche —corrigió—. Ahora creo que no existo —terminó diciendo.
Y se quedó mirando por encima del hombro con rostro inexpresivo, ausente. Luego, recuperándose, miró hacia abajo, al piso, donde esta la sombra de Juan producida por la lámpara de luz colocada a su lado y dijo, señalando con su mano:
—¡Usted tiene sombra, Juan...! Yo no, qué pena.
Juan mira al costado. Efectivamente, allí está su sombra. Luego mira al lado del visitante en el mismo lugar en donde debería estar la suya. No hay nada. La lámpara de luz está a igual distancia de ambos. Es imposible que la sombra de este señor no esté. Le pide entonces que le alcance la boina de la mesa con la mano derecha y se va retirando hacia atrás lentamente. Ni la mano, ni el brazo, ni la boina, dan sombra al moverse perforando la luz. Sin embargo, cuando el brazo de Juan se adelanta para tomar la boina; su mano, brazo y boina dan sombra.
—Veré lo que puedo hacer —dijo Juan, pensando que nada podría hacer si esto fuese real. En ese instante entraron sus hermanos y sus padres al recinto. Ordenadamente y callados se ubicaron cerca de ellos. Siempre lo acompañan cuando entra en trance.
El hombre gris cierra sus ojos, el cuerpo esta relajado. Terriblemente quieto. Respiración rítmica, pareja y muy espaciada, pero serena y profunda. Hay algo muy en común con su anterior imagen. Ambas son y seguirán siendo grises. Inesperadamente, una voz cálida muy similar a la de él, pero más transparente, comienza a relatar vivencias del pasado. La voz extraña sale de adentro mismo de ese hombre en trance. Juan se limita a escuchar atentamente. El hombre esta ajeno a todo y no es su voz. Lo primero que pregunta Juan a sus familiares:
—¿Con quién jugaba él durante su infancia?
—¡Con sus hermanos! —responden a coro sus hermanos asombrados por la impertinencia.
—Pero ellos ahora no podrán hacerlo —interviene el hombre gris en trance sin mirar a nadie.
—¡Tal vez... sí — contestan a coro sus hermanos mirándose entre ellos extrañados.
Uno solo calla. El más pequeño. Mira a Juan de Dios sin moverse. Ese niño lo está estudiando. Juan lo notó desde que él entró en esa habitación. En su mano sostiene un lápiz gris con el cual dibuja nerviosamente sobre un cartón. Dibuja todo lo que pasa en esa habitación. Los detalles del mobiliario y la figura de Juan de Dios.
—¡Con esa sombra jugaré! —dice el hombre gris en trance. Todos se miran, solo atinan a asentir en silencio tratando de identificar a cuál de las sombras se refiere.
—Deberá jugar con su sombra —afirma todos a coro, excepto el niño.
—Lo mantuvimos escondido —dice la madre a modo de reflexión, espontáneamente.
—¿Y cómo creció? —pregunta Juan de Dios, tratando de incorporar nuevos datos.
—Jugando con su sombra —contestan a coro los hermanos.
—Al principio, le fue difícil aprender a jugar. La sombra es mucho más grande y ágil. Tuvo que aprender a jugar también en las penumbras y adivinar en donde comienza o termina su propia sombra. También aprender a comer sin ayuda alguna y convencerse de que sus hermanos no podrían ayudarlo —relata la voz del hombre en trance.
—¡Debes creerle!.. —dicen todos a coro dirigiéndose a Juan, menos Jonás que sigue mirando a Juan de Dios. El niño ha terminado el dibujo. Es perfecto.
Inesperadamente y sin motivo alguno, Juan de Dios piensa en Inés cuando en su juventud ella bailaba sobre el suave mallín verde, con sus tules de colores solamente usados para él. Siempre le repetía que no solo mirara su belleza en el baile, sino también, su sombra con la cual también jugaba.
“¡Juan de Dios! ¡Ven, baila conmigo y mi sombra! Deja que te enseñe el mágico placer del movimiento.” Juan de Dios no bailó. Permaneció admirando a esa mujer tan tierna y feliz que jugaba también con su sombra. Inés ríe mientras baila y saca figuras fantásticas con su sombra. También hay sombra en esa vida. Comprendió el mensaje. Es el tiempo del niño gris, aquel niño sin pasado y una gran sombra en medio de su vida cubriendo los recuerdos. “¿Cómo puede ser que un niño tenga un solo color?... ¿Y gris?”, pensó. Tal vez los días por medio de arcos iris invisibles sean quienes dan colores a la vida.
—¿Qué color tiene la vida? —dirige esta pregunta a sus hermanos en pos de una respuesta. Pero nadie responde. Sombra y niño crecen buscando seguir tiempos y espacios ya determinados. La pregunta es lógica y es difícil evadirla.
—¿Nunca salió de la habitación? —pregunta Juan de Dios por curiosidad.
—¡Como a los 10 años! —responde la voz del hombre en trance—. Siempre, antes de las doce de la mañana por supuesto —recuerda la voz extraña—, un lunes asomó la cabeza por la ventana, observó que su sombra también jugaba con luz de día. Siempre lo había hecho con luz de candil, encerrado en su propio temor sin descubrir que la luz natural también liberaba su sombra.
—Era como una bisagra: niño y sombra. Siempre estaban unidos aunque sea por sus pies —explica su padre.
Al descubrir esto, el niño primero y después el joven, comenzó a investigar una salida progresiva con sus piernas. Primero una, luego la otra y más tarde su cuerpo. Todas sus estructuras anatómicas dan sombra, por lo tanto: Vida. ¡Que más puede pedir quien fue durante tantos años despreciado, escondido y negado! Tal vez es momento de revancha y desarrollar otras alternativas al aire libre, inhalando y exhalando el mismo aire de quienes viven en libertad. Es momento de ser. Al menos intentar. Su madre se dio cuenta de que estos pequeños y prolongados juegos traerían como consecuencia una investigación más que desconfianza. Entonces le advirtió:
—¡Si sales, que sea siempre antes de las doce o después de las tres de la tarde.
—¿Por qué? —preguntó el niño.
—Porque si sales a las doce, la sombra se pegará tanto a tu cuerpo que nunca más podrá salir —su madre le dijo amenazante pero serena.
El niño salió. Niño y sombra. Por supuesto temeroso y siguiendo indicaciones de sus mayores. Comenzó a recorrer y reconocer todo aquello que había observado desde la ventana. Pero ahora seguido por su alegre y fiel sombra, haciendo cientos de figuras. Corre. Retoza como nunca. Guía su sombra y saca nuevas posiciones demostrando creatividad. Busca el arroyo que pasa cerca de su casa, comprende entonces que los ruidos del agua al golpear las piedras, era la música extraña imaginada en su encierro. Con sus dos manos lleva por primera vez agua fresca hacia su rostro. Siente las caricias de ese líquido tan soñado y preciado. ¿Cuántas veces imaginó lo que era un río? ¿Cuántas veces no tuvo repuesta? Sombra y niño crecieron. Sus padres lo dejaron sumergirse en el río con su grilla de coladores para filtrar arena y separar oro adherido a la mica desahuciada. Picó piedras; coló arena y juntó en su pequeño bolso de cuero, pepitas de oro, que pueden deslumbrar al más ciego. Sabe que únicamente la noche quita su libertad, con solo mostrar oscuridad. A ella le teme. El niño gris se transforma en joven y el joven, en hombre. El hombre en anciano y luego en leyenda. El arroyo, la piedra y su sombra fueron en definitiva la vida misma del niño hoy hecho hombre.
—Él ahorró centavo con centavo —aseguró orgullosa la madre.
—¿Para qué?.... —preguntó Juan de Dios.
—Para comprar un farol de noche y poder ser él también en la oscuridad. Solo así la sombra seguiría presente...
El hombre gris, sin aviso previo, comenzó a levitar suavemente; primero a pocos centímetros del suelo. Luego, se elevó casi hasta el techo. Allí quedó dibujado en el tiempo: estático, sin movimiento que delatase vida. No había sombra alguna, estaba absolutamente solo en el espacio y en el aire. Luego comenzó a bajar con la misma naturalidad, para quedar sentado prolijamente. Se acomodó. Abrió sus ojos, miró fijo sobre el hombro de Juan. Y le pregunta:
—¿Me vio bien?
—¡Claro!... —dice Juan, levantándose y caminando hacia la ventana, compungido y asombrado de haber visto esa figura levitando con majestuosidad—. ¡Hábleme de Usted! —le pide ahora tratando de sacudir los recuerdos mientras el hombre permanece aún en trance.
—No hay mucho que agregar. Solo traté de ayudar a mis padres durante estos años con el oro que juntaba. Yo necesitaba ropa de uso diario y un farol de noche para seguir viviendo en la oscuridad. El resto fue para ellos —remarca la voz cansada—. ¿Sabe?... .el oro me busca siempre a mí. Por mi color arena. Se refugia en mi piel. Con este dinero bajo al pueblo dos veces al mes, a pesar de ser blanco de todas las miradas. Si viera usted, Juan, cómo jugábamos con mi sombra camino al pueblo —terminó diciendo con voz ya no tan extraña. Entonces Juan lo despertó.
—Verá, amigo… —le dijo con poca convicción tratando de ayudarlo. Y fue a buscar una lámpara de luz poderosa en la otra habitación. Era un farol a gas, por lo tanto luz blanca, pura y total. Una vez prendido comienza a buscar la sombra del hombre gris. En la punta de sus zapatos hay una pequeña sombra; apenas insinuada para un observador—. ¡Allí hay una! —le advierte Juan sin alarmarlo. Nuevamente ingresa a la habitación de donde trae martillo y clavos con algunas cuerdas. Coloca un clavo en cada punta de esa pequeña sombra y revisa los zapatos.
—Tienen partículas de oro —exclama—. ¡Eso es! —y mira al hombre gris. Sabe entonces qué hacer—. ¡Cambiaremos tu color!... ¡No el de la sombra!
Presuroso, toma la bolsita del oro en polvo. Refriega el cuerpo del hombre que asiente y va despegando al hombre de su sombra aferrada a su piel. Una caída brusca y fortuita de la silla y el hecho que rodara el hombre gris permitieron que su sombra despegara en forma más rápida y cobrara la vida negada por haber estado jugando a las doce del mediodía. ¡Una hora imprudente! Le advirtió su madre. Las doce. Así, con la colaboración del hombre gris entusiasmado, fueron liberando la sombra que se desplazaba desesperada por todas las paredes en forma silenciosa demostrando agradecimiento. Ahora el hombre gris es dorado. Una imponente escultura, con el polvo de oro generosamente adherido a su piel. Hombre y sombra regresan a la roca del Mayal, llenos de confianza. El hombre se despidió.
—¡Cuide siempre su sombra, Don Juan, es la única que no traiciona! —le dijo saliendo
El hombre gris, el hombre dorado, se perdió en el camino. Todos salen agradecidos. Jonás fue el primero. Sale en silencio. Ha dejado de dibujar a Juan de Dios. Jonás graficó el relato de su hermano en dibujos fantásticos enrollados en la cartulina. Ha presenciado una cura milagrosa hecha por un hombre desconocido. Juan de Dios preguntó a la madre:
—¿Cómo se llama el joven?
—Jonás —respondió la madre. En realidad, es un hermano postizo.
—¿Postizo? —dudó Juan.
—Sí —afirmó la madre—, me lo entregaron recién nacido para que lo criara. Es muy bueno para las pinturas y los dibujos.
Por primera vez Juan de Dios siente un frío helado en su columna. No comprende lo que pasa. Solo siente. “¿Qué explicación puede tener el solo sentir?”, se pregunta y se va al huerto. Lleva la asada y la pala filosa destinada a penetrar la tierra fértil para transformarla en alimento. Ese día trabajó más que sus horas habituales Trabajó luchando contra ideas que lo agobian. Súbitamente, trajo a su memoria a su amada Inés. El Hombre gris fue desapareciendo de su mente, pero el joven que lo dibujaba desde las sombras, lo impactó. “¡Jonás!”, piensa. ¿Qué había de misterioso en ese medio hermano del hombre gris? Cuando regresó al atardecer encuentra un papel dibujado con su rostro. Es exactamente él. El dibujo logra incursionar hasta en los pensamientos de Juan de Dios. Firma el dibujo: ‘Jonás, bueno para dibujo y pintura’, como le había adelantado la madrastra. Por el Hombre Gris conoció Juan de Dios a este joven talentoso sin saber que algo los ligaba.
Jonás
Porque ya no soy yo... / ni mi casa es mi casa...
Federico García Lorca
Jonás queda profundamente dormido. Tiene veintidós años. A su lado, los papeles, cartulinas y pinturas siempre lo rodean. Es indudable que tiene talento. En su infancia, turistas que por casualidad descubrieron sus trabajos, entusiasmados prometieron llevarlo a la Facultad de Bellas Artes. El paisaje de cordillera contrasta lógicamente con los fantásticos y fríos edificios de una ciudad. Jonás a esa edad tiene una especial atracción con las mujeres. Con ellas hace el amor habitando todas sus fantasías. Ellas aman a Jonás, pero Jonás retacea su amor, aún cuando adora esos juegos y placeres que ellas ofrecen. Admite haber logrado una comunicación perfecta con sus amantes. Ellas se han despojado totalmente de celos, preferencias y costumbres. Serán amantes y amigas, sentencia bromeando. Serán también compañeras, ratifica y cada una tendrá una inicial. En los sueños no habrá preferida. Estarán siempre presentes. Ellas aceptaron de buena manera la propuesta, pero esa tarde, pide que lo dejen solo. No estaba cansado; esta inspirado con nuevas ideas para sus pinturas enriquecidas al leer la vida de Goya, e impactado con sus pinturas. Inquieto, busca la técnica e intenta interpretar al artista desde su punto de vista. Los críticos sabrán de pintura, pero él sabe de sentimientos. Esa noche, después de tomar sus botellas habituales para homenajear el sábado, soñó con las Pinturas Negras de Goya. Lo impresionaron. Vencido por el cansancio, se desploma en la cama desordenada, vacía y embebida de los perfumes de sus amantes. Suda. Está inquieto. Sueña con la pintura donde la madre ignora a su hijo desparramado sobre sus rodillas, mirando al costado, buscando el hijastro que despertó el amor lascivo. Él tiene cubierto su torso con un paño blanco de hilo grueso, cruzado con cinturones anchos sosteniendo la espada filosa del guerrero. Sabe de la madrastra, en la tragedia de Fedra. No hace nada. Solo caminar un sendero donde encuentra guerreros y mujeres que no ocultan sus cuerpos, caminando al lado de caballos majestuosos de anchas crines. Las riendas, buscada por peregrinos, acompañan un cortejo llevando un féretro de muerte que la peste puso en el camino del sufrimiento. Sueña con esos muros separando aldeas pequeñas habitadas de gente cruzando calles angostas, empedradas, deseosas de ser miradas y también para escuchar los secretos del pueblo dormido. Suda Jonás. Delira. Pasan soldados buscando al pintor que lleva un demonio en cada paleta. El pintor duerme apoyado en el respaldo de un tronco seco que alguna vez cayó en ese lugar y nadie se atrevió a cambiarlo o transformarlo en leña. Una de sus manos sostiene la cabeza. Los párpados cerrados. Su imaginación continúa vagando por sueños que no desea interrumpir. Una tinaja de madera cayó cerca de sus píes derramando vino fresco como una brisa cruzando ese sitio de paz. Una figura grácil se eleva. Es una mujer trayendo energías a la superficie convertida en fuego. La mujer está exhausta. La frágil desnudez y sus curvas apenas ocultas por delicado tul rojo extraído de algún lugar archivado, ahora yace desparramada cerca del árbol caído. Lleva en cada mano anillos de piedras tan hermosas como sus ojos. Engarces de cristales brillantes. Todos diamantes. Ella deja que su pelo ensortijado acompañe la brisa sin ofrecer resistencia alguna. Su pie derecho, asoma en las hierbas con la blancura de una flor. Es tan delicada que ahora duerme junto al artista. Un trueno sacude ramas y pájaros que habitan el lugar. Pero no pueden despertar los amantes que siguen soñando. La paleta deja que sus óleos sigan mezclando realidad, dando vida y movimiento, buscando el complemento de la sombra, o el brillo de la luz. El artista Jonás sufre súbitamente un temblor acompañado de convulsiones, secuela de una vieja fiebre que en su clímax lo llevó a un estado diabólico, flotando dentro de un túnel de grandes círculos, acompañado de sonidos sin poder reproducir. Gritos; música y lamentos. Alegrías y risas mezclado en ese cilindro que lo lleva a una oscuridad deseada para pintar. Grises tinieblas comienzan a visualizarse cuando se llega al peñasco donde está la noche cerrada de truenos y relámpagos. Imágenes fantasmales cubiertas, escondidas entre túnicas harapientas de colores oscuros y secos, aparecen nítidamente al frente, como una gigantesca imagen de cara descompuesta por el horror. Ojos desorbitados, blancos de luz, inyectados de finas arterias rojas, impactan su pupila. El gesto del horror. Su nariz se abre acompañando la mandíbula gigante que mastica la cabeza de una mujer colgando desnuda, bañada con sangre cayendo mansamente por sus delicados hombros que han perdido la vida. Jonás desparrama su humanidad cubierta de sudor humedeciendo la cama. Está enloqueciendo. El cuello del monstruo carnívoro, se articula con dos enormes brazos que terminan en manos gigantes, uñas largas y negras calando la espalda de esa mujer. Sus bordes filosos hieren. Los glúteos están intactos y la pierna nace sin las sombras del demonio. El réquiem de una mujer. Nada se ve. El negro telón de la vida envuelve esa imagen macabra cuando Saturno devora a su hija. Hija de él y su hermana Rea, sobreviviendo al baño de sangre, cuando Gea castra a su padre con una guadaña. La sangre corre a torrentes naciendo las Erinias, los gigantes, y las ninfas. Jonás grita. Lanza alaridos de terror y desconsuelo. El pintor convulsiona nuevamente dejando que su cuerpo contorsione espontáneamente, golpeando la vecina desnudez de Malena. Su compañera solo atina a mirarlo, acompañando en silencio, gestos y gritos de quién es presa de un sueño fantasmal, que lastima. Jonás continúa llorando. Un dolor reprimido acumulado en sus pesadillas. Malena lo deja. Lo espera. Sabe que tendrá el despertar cuando su sueño haya terminado. La batalla entre el demonio que posee, el pensamiento y el pintor: ha comenzado. Ella sabe del amanecer y de cuantos sueños han dejado de tener sus ojos cerrados para custodiar las fantasías de Jonás, que más tarde, plasmará en obras de arte. Sentada al borde de la cama y con un cepillo, ondula su cabello reconociendo la textura suave y sensual sobre sus hombros. Supo Malena que ese día, cuando ella andaba despreocupada, encontró a Jonás caminando senderos del descanso. Bastó que ambos tuviesen el cruce de sus miradas, para intuir que estaban destinados a compartir el lecho y los paisajes del amor. Malena era fuego puro capaz de extenuar a Jonás dejando que el cuerpo se derrumbe rendido ante su belleza y fantástica manera de amar. Fue allí, cuando las palabras y caricias encontraron la dicha de sus cuerpos en medio de pinturas y pinceles, testigos de noches enteras de placer. Jonás permanece soñando. Agitado ahora, viaja en laberintos. Dibuja una mujer con el cuchillo filoso en la mano para cortar la cabeza de una extraña, envuelta en joyas rodeando la fiesta y festejo. Decenas de cuerpos en una sala vacía, figuras contorsionando sombras. Ríen. Ríen por todas las maldades que encuentran para seducir un añoso y delgado viejo, descansando sobre el bastón de caña con dos manos atrapando la curvatura de apoyo. Ríen de un amorfo personaje de esas tinieblas y se acercan a la oreja del viejo, para blasfemar, enviándoles maldiciones del infierno. Comen las ánimas calaveras con restos de carne descompuesta, pegoteadas en sus órbitas, que dejan a las ratas para alimentar alimañas. Jonás recuerda haber estado condenado por tres días en el estómago de ese pez. Se está mirando a sí mismo espantado, temeroso, angustiado. Los vacíos de sombras en las vísceras nublan su memoria. Su encierro calmó mares y tempestades de furiosas olas. Tempestades que viven aún en sus oídos y retina para que luego sus manos tomen con fuerza el pincel, permitiendo que su imaginación cubra la tela blanca manchándola de colores. Jonás percibe que hay una rara mueca de satisfacción en el comensal harapiento que levanta una cuchara para llevar el brebaje envidiado por su acompañante más miserable que él. Toma ese hombre la primera cucharada y aparecen cientos de figuras negras entre los restos de madera. Gimen. Gritan. Blasfeman. Canciones de cuna siniestras acompañan donde los niños, han desaparecido de las sábanas y se convirtieron en parte del festín caníbal. Vagabundos por fin en la tela pintada, y mujeres entregadas al placer, penetradas en el secreto del sexo y los que no, llevan sus manos a la masturbación implacable de quienes fueron desplazados de esa orgía. Luchan algunos con sus rodillas enterradas en una ciénaga putrefacta, golpeándose con piedras y palos de espinas bañadas en sangre. Palidecen las ánimas caminando pegadas al muro del monte, llevando la peste en sus cuerpos que revientan, liberando pústulas malolientes, dejando que sus huesos se vean en algunos que ya tienen lepra. Se pudre la carne haciendo olvidar sus nombres y sus historias.
Malena esta despierta. Sufre no poder mitigar los sueños de Jonás. No puede aliviar su enorme pena que lo atormenta en las noches. Acaricia la cabeza húmeda de Jonás, dejando su cuerpo próximo al latido de su corazón. Presiente un final, mientras Jonás delira invadido de harapientos leprosos con bolsos de escasa ropa sacada apresuradamente de casas incendiadas con la excusa de purificar el pueblo. Un triste rumbo a las cavernas; el lugar de condena donde todos quedarán sepultados. Mientras las Parcas sobrevuelan el éxodo leproso escapando la venganza de los sanos, los restos humanos desesperados buscan condenar a quien cometió el delito de estar cerca de la peste y enceguecidos con el peñasco extrañamente iluminado, levantado ante el desafío de quienes quieran destruirlo.
Jonás suda. Tiembla. Asustado despierta gritando en su cama. Las pesadillas son rutina en su vida. Semiconsciente, va a la canilla de agua y deja que su cabeza sienta correr el líquido fresco. En plena madrugada ha despertado. Su compañera lo mira en silencio, es ahora ella, Malena, quien se desorienta. Ama a Jonás. El nunca la amó, pero recuerda cuando en un otoño le pidió que viviera con él. Estremecida de felicidad en las orillas de un río aceptó. Él la amó. Testigos fueron peces en el fondo y en los bordes del río, las huellas de pisadas aún confusas custodiando el cauce de la vertiente. Vio esa tenue espuma convertirse en globos de aire estallados en silencio, no bien nacían y fijó la imagen de sus ojos contemplándola, perdiéndose luego en el débil oleaje que lleva esa ilusión hacia abajo atrapada por una corriente para fundirse luego en arena, piedra y agua. Malena, permanece sin hablar. Sentada en esa piedra libre de humedad. Seca por el viento. Mira perdida el horizonte sin saber a quién, o a donde fueron sus pensamientos y sus sueños. Sus manos, acarician una gramilla que trata de trepar entre piedras de bordes romos. Hay un gesto de ternura en sus labios y tal vez, alguna melancólica lágrima, surcando sus mejillas. Se han amado plenamente. Malena; rebelde en sus actos, con personalidad forjada en una vida difícil, permanece tierna y a su vez agresiva y dulce. Pícara en cosas mundanas. Reflexiva, profunda en sus pensamientos y amante espontánea, capaz de entregar pasión y fuego cuando permite dejarlo salir. Esconde secretos que ella misma desconoce. Al descubrirlos, libera su risa contagiosa, invade el aire más lejano, e invita a sumarse aunque nadie sospeche el motivo. Desconfiada no por nacimiento... sí por experiencia como dice muchas veces. Mientras evita nuevamente las preguntas que algunos curiosos le hacen. Sufre. Sufre por amar tan hondo y el dolor la atormenta en sus sueños y silencios. Sin embargo, tiene fuerzas suficientes para seguir adelante haciendo de su vida una permanente superación.
¿Qué ve Malena en Jonás? Su arte. La terrible imaginación a lo fantástico, sus vuelos geniales a lo desconocido. Sus colores y sus pinturas de vida. Jonás ha ocupado un vacío.
¿Qué hay en esa misteriosa mujer que hace de ella algo más que un codiciado trofeo para Jonás? ¿Cómo puede uno acercarse sin que ella se evada? Tiene mucho temor a ser acariciada por manos desconocidas; manos de sudor ajeno, manos con dedos sin música. Ella asiente las suyas cuando puede reconocerlas desde lejos, aún, en un silencio inexplicable. Teme manifestar sus sentimientos pensando tal vez, que el solo hecho de decirlo desnuda una hermosa intimidad virgen de sensaciones. Busca una excusa perfecta o tal vez, el exceso adecuado. Pero en esa profundidad conocida y protegida celosamente, reserva su entrega como su mejor joya. Es una mujer de gran intuición que creció en el privilegio de la abundancia; pero también: de las carencias. Lleva en el fondo, una pena que periódicamente regresa. Ella quiere olvidar. Esa pena le permite caprichos y desplantes. No tiene rostro. Está borrado por dudas sombrías que siempre la envuelven, sin embargo, las perfectas líneas del Michelángelo va descubriendo sus ojos y labios con la claridad de sus pinceles y la magnificencia de su arte. Solamente Jonás puede pintar su cuerpo y desear también tallarlo. Cincelarlo en la torpe piedra donde el escoplo y martillo pulen las caras del mármol blanco que da libertad a las formas, naciendo su cuerpo resplandeciente y estremecedor. Rostro y cuerpo se unen en una sola imagen. Un canto a la vida. Mientras permanece quieta como ahora; incorporada mágicamente a la perfección de Cézanne, cuando abandona sus bañistas, para pintar esa mujer sentada en una piedra seca acariciando la gramilla del suelo y mirando distraídamente un horizonte sin destino cierto. Deja siempre Malena, que sus sueños la lleven tan lejos como sus recuerdos, y tan cerca, como sus sentimientos pletóricos de calidez y ternura. Supo entonces, que en ese jardín natural donde las aguas corren sin diques ni contenciones, deja seguir latiendo con fuerza su corazón. Malena mira a Jonás con tanta piedad y desconsuelo, que él no sabe qué decir. Un blanco amanecer. Los copos de nieve descienden en silencio sin el permiso de una naturaleza que lentamente cubre con una sábana blanca las ondulaciones. El frío ha calmado. Los copos de nieve no encontraron el dolor. Jonás miró por la ventana y se encontró a sí mismo. Pensó en Inés. Pensó en aquella mujer que bailaba por las calles con sus perros. Tiene una cierta atracción para él y ha sido incluso su modelo imaginario en algunas telas que representan el desfile de la vida. Los encuentros de mariposas. el detalle de flores. los grises de las piedras, y los juegos de sombras. Supo también, de los juegos de su hermano sellado a la vida de una sombra. Supo de días enteros pasados con su trapiche, colando arena del arroyo en búsqueda de piedras, que por su brillo generan dinero. Jonás se levanta no sin antes abrazar a su compañera y besar sus lágrimas que brotan como vertientes. Sabe que en ese momento tiene que pintarla. Debe llevar sus gestos y su belleza a la tela que ha combinado en colores, manchas, pinceles y cinceles. Es la furia misteriosa del arte que lo ha envuelto. Toma óleos en sus dedos modelando su creación en respuesta a su pesadilla monstruosa, y completa con la suavidad del genio los colores de las flores, que ella mantiene en sus manos transformándolas en lágrimas. En prados y alfombras verdes. Y sabe al terminar, que ella, acaricia nuevamente el privilegio de una eternidad.
La caída
Igual que el halcón que después de agitar largo rato sus alas vigorosas de pronto planea y desde lo alto se lanza como una flecha sobre la codorniz que alborota a la vera del camino... así, Ostap, el hijo de Tarás le echó el lazo al cuello.
Nicolai Gogol
Es difícil diferenciar nieve vieja de otra reciente. Esa noche el viento blanco azota enfurecido, sin pausa, con una crueldad pocas veces vista. El viento del trágico silencio, capturado por una naturaleza hostil, despierta pocos minutos antes de la caída de un sol débil. Un viento blanco temido y respetado por cualquier sobreviviente, obliga a buscar un reparo cercano para evitar desconcierto. Allí, montado sobre el caballo tostado de años, donde el tiempo quedó estacionado en los cascos, cabalga Juan de Dios negándose a desprenderse de su fiel animal. Es un hombre de barba blanca, cabello desprolijo y ojos cerrados al viento. El zumbido de nieve volada y los copos se mezclan entre los pelos en una barba cristalizada, de donde después gotas de agua se descuelgan como estalactitas desesperadas para no caer de esas altitudes. Con 70 años de vida, el jinete cubierto por un enorme poncho de Castilla negro se protege del frío y el agua, con iguales virtudes y limitaciones. Juan de Dios, montado sobre un apero que cubre el lomo huesudo de su caballo, transita a paso lento el sendero de la memoria, o la rutina. Vaya a saber por cual de ellas. Pero sabe que a paso lento o rápido, su caballo lo llevará de regreso aún cuando pueda dormirse él de cansancio, o a veces, por el alcohol consumido sin parar. Siempre lo mismo. Esta vez, Juan de Dios piensa curiosamente en Jonás, el joven artista que ha logrado dibujar su alma sin conocerlo. Comprende que existen lenguajes invisibles; que las comunicaciones entre la gente, se da aún en los silencios más profundos. “¿Hablarán las mentes?”, se pregunta en esa noche helada, con el viento azotándolo sin piedad. “¿Será capaz de dibujar el viento a ese niño?”. Son interrogantes naturales mientras recuerda la explicación que la madrastra de Jonás argumentó sobre su origen. Una rama cruzada, corta en dos el vacío del camino y pudo hacer lo que durante décadas nadie pudo concretar. El golpe sobre el pecho toma por sorpresa al jinete sacándolo de su montura, tirándolo al borde del sendero, dejando un cuerpo sorprendido dando cientos de vueltas sobre la nieve barranca abajo, rodando como un carretel sin rumbo, sorteando piedras y ramas que aún asoman entre el manto blanco que pide permiso a la noche para cambiar su color en la oscuridad. El viejo hombre no tuvo un gesto de dolor. Tampoco dijo una maldición. Su caída fue acompañada de una resignación permanente. Así llegó hasta el fondo del cañadón donde quedó atrapado entre roca y troncos. Encajado en el tiempo y la noche. Incapaz de hacer movimiento alguno por el mareo provocado en sus violentas vueltas y también por un dolor frío en su cuerpo de poca carne disminuida como un sello en recuerdo de la juventud perdida. Muchos huesos están doloridos por esa violenta caída, va observando Juan de Dios que el cielo cerrado por nubes blancas se confunde con la nieve desempolvada de la barranca. Hombre, poncho y cuerpo sacuden en silencio la barranca, acostumbrada a recibir caricias de nieve, lágrimas de lluvia o el paso distraído de animales salvajes que habitan esas tierras.
Él piensa que el dolor quedó montando su caballo, porque no bien comenzó la meteórica carrera cuesta abajo, los golpes se fueron amortiguando cada vez más hasta simular, en el final, palmadas felices de amigos que se encuentran después de muchos años. Entendió también, que su caída forzada ha terminado por la aparición inesperada de una especie de horqueta natural, que frenó su desgracia cada vez más veloz. Se siente feliz. El estar quieto unos minutos, le permite pensar y razonar distinto. Nota que su cuerpo aún tiene sensibilidad, porque siente el tobillo y rodillas a pesar de estar muy golpeado. Confirma que sus manos sieguen pendientes de su cuerpo, porque logra tocarse con ambas, su rostro sangrante de heridas recibidas al chocar contra rocas salientes. Visualiza nieve a escasos centímetros de su frente, y al mover su cabeza, agradece a esa montura natural por haber cortado el camino violento que faltó recorrer cientos de metros barranca abajo hasta el fin del precipicio. “Evitó una tragedia”, piensa. Tuvo suerte a pesar de todo. Si bien el viento blanco disminuyó su intensidad, la noche se acerca como su más temible enemigo. Recuperando movimientos, comenzó a acomodarse para encontrar un equilibrio entre la superficie de la nieve y su golpeado cuerpo. Pensó en Inés por primera vez en muchos años de otra forma. “¿Qué me está pasando?, se preguntó. Las imágenes de ella y Jonás se cruzan sin pausa, produciendo alegría y tristeza. Una angustiosa contradicción del alma.
Sabiendo que el tiempo juega una mala pasada, comenzó a tomarse de cuanta superficie de apoyo encuentra para ascender lentamente, por el mismo camino que ha recorrido dando tumbos cuesta abajo. Logró encontrar, por fin, una rama gruesa de raíces verdes y flexibles, donde la savia aún alimenta sus entrañas. Surge semejando manijas salvadoras. Sin embargo tiene que esperar. El dolor en todo su cuerpo y el frío intenso de la nieve comenzó a penetrar el poncho de Castilla y ahora se siente una humedad insoportable. La noche cubre el cielo. La tierra está ausente. Un pequeño tiento de cuero blanco tendido a pocos metros demuestra que aún esta intentando trepar desde el fondo del barranco. Recupera fuerza acumulada en su corto descanso y hace el último intento para finalmente quedar acostado boca arriba, en el mismo sendero que muestra signos de su violenta caída. Quedó en esa posición sin saber que otro paso puede dar. Tampoco tiene certeza que sus huesos estén sanos como para iniciar un camino de regreso. Trata de pararse. Fue entonces cuando se dio cuenta de que sus dos pies tienen otra orientación. Miran para otro lado. Como queriendo buscar caminos opuestos. Parecen desesperados por salir hacia el pasado cuando acompañaban la dirección natural del cuerpo. Entendió por qué las fracturas de los huesos sobre hielo no duelen y arrastrando su cuerpo fue ascendiendo hasta la roca más cercana. Allí logró apoyar su espalda. Está cansado, viejo y sin fuerzas. Añora la juventud perdida y recuerda la fuerza del pasado. Acomoda sus piernas de la mejor manera posible buscando que las botas tengan orientación lógica. Conseguido esto mira el horizonte. Lo acompaña solo el blanco de nieve blanca. Todo blanco. El frío también. Calcula que entre su caída y la mañana siguiente pasarán más de doce horas. Suficiente para amanecer congelado sin defensa alguna. No tiene muchas posibilidades de sobrevivir. Entonces comenzó con su propio diálogo. Quedaré helado sin dolor piensa mirando su cuerpo inmóvil, inerte. Si encuentro la forma que el recuerdo no regrese, no habrá más dolor. Fue cuando recordó lo que su abuelo siempre le decía. ¡El problema en las tormentas de nieve es quedarse dormido! Porque es así, como el frío invade a uno. Lentamente, buscando que el cuerpo no se dé cuenta, repite su abuelo con acento firme. Pasó algunas horas en esa posición. Su rostro toma forma del mármol. No puede mover sus labios. Tampoco pestañar. Parece que el frío lava las conjuntivas sin necesidad que los párpados cierren sus órbitas. De las mismas pestañas cuelgan filamentos de hielo. Inés regresa a sus pensamientos. Jonás a sus sentimientos. ¡Me está creciendo hielo! Advierte resignado, casi vencido. Las piernas fueron pasando del dolor a una confortable sensación de olvido. Creo que se están evaporando pensó. Mientras las manos y brazos que han quedado a la intemperie por descuido ya no se mueven. Sin embargo, la respiración sigue fresca, lenta, y permite al vapor de la boca cristalizarse cayendo inerte sobre una barba cada vez más semejante a la montaña donde esta perdido y abandonado. Nada puede hacer. Solo esperar. Entrar al sueño de la montaña. El silencio de la noche nevada trae recuerdos de su niñez como si las etapas de adulto no pudiesen entrar en la historia de ese cuerpo que se va helando. Deja que su imaginación vuelva a cuantas edades de su infancia quiera. Ya le importa poco que se fije en un solo lugar de su historia. “¡Toda mi vida... es la suma de mis edades!”, dijo sin poder tener más expresión que el pensamiento. Pensó en Jonás y en su dibujo. Mientras se acumula nieve alrededor de su cuerpo y por encima de él. Comprueba que la muerte no es tan trágica como la pintan. ¿Será así siempre la muerte fría? Sin embargo un sueño lento y progresivo comenzó a invadirlo con una placentera sensación de paz y bienestar. “¡Esta muerte dignifica. Es un sueño sin dolor!”, pensó lentamente. “Un sueño congelado. Sin sonidos; una muerte blanca”. Y se durmió.
La nieve cubrió el cuerpo delicadamente, tejiendo una red cariñosa sin dañar los años que se entierran en la nieve. La luz se apaga. La paz entró sin darse cuenta. La naturaleza nunca supo lo que estaba cubriendo. Es una noche cerrada y él esta apoyado sobre la roca sin tener posibilidad de despedirse de nada y de nadie. La noche. La nieve. El frío y solo él naufragando en una gran soledad. La oscuridad abruptamente se abrió herida por la madrugada. Calmado el viento con nubes desplazadas por la última brisa del oeste, corrió ese manto apareciendo millones de estrellas. Cada una más brillante que otra, peleando su espacio y su luz para demostrar que dormían ajenos a la tierra. Siempre habrá alguien esperando hablar con las galaxias aunque sea para contarles sus pesares. No puede llorar. Es un pedazo más de esa congelada montaña. A partir de esa noche la montaña tiene en su seno un habitante más. Quieto por la vergüenza de ser el último en llegar, orgulloso de ser parte de esa formidable naturaleza blanca, quedó progresivamente dormido el hombre de largos años sin pensar que se alejaba. Acomodó sus huesos lo mejor que pudo sobre la roca limpia para dejar que la noche de viento y nieve lo lleve lentamente por la puerta blanca que se abre sin pausa. Una enorme luz, más blanca aún que la nieve, ilumina su deteriorado cuerpo. Está en una profunda paz. Le rodean recuerdos y figuras de su familia perdida hace muchos años. Sonrientes esperan que se levante para tomar sus manos estiradas suavemente mostrando su afecto.
—¡Es que no me puedo levantar! —les dice él, ansioso.
—¡No necesitas mover tu cuerpo! —responden los fantasmas—. ¡Es tu alma... la que debe venir!
Percibe también un murmullo de voces. Comentarios sin letras. Voces sin nombres, livianas, etéreas, sin tiempo. Lo embarga una curiosidad extraña, hasta que una voz terrenal llegó con violencia:
—¡Traten de sacarle toda la nieve! —dijo el policía señalando al hombre viejo casi sentado y congelado que tenía la espalda sobre la roca negra y fría.
Cuatro policías desentierran un cuerpo conservado.
—¡Es como si estuviese vivo! —comentó uno de ellos.
—Tiene los ojos mirando al vacío —dijo el otro.
—¡En el ojo derecho está reflejada la muerte! —sugirió un tercero.
Este comentario fue suficiente para que el jefe se acercase e inspeccionase los dos ojos.
—No deben tocar nada. Solo lo necesario para poder saber qué pasó con este hombre.
Así. duro, congelado, en la misma posición que quedó esa noche, el hombre viejo de las nieves fue colocado en un trineo de madera. De cualquier modo que lo acomodaran, el cuerpo congelado mantenía intacta la forma original. El sendero formado por el mismo trineo ahora lleva un cuerpo congelado. Los policías trasladaron al hombre y también sus huellas.
—¡Tranquilos! —ordenó el galeno imperturbable—. Esperemos que el calor lo ablande. ¡Está vivo! —afirmó.
Juan de Dios regresó por el mismo camino fantástico de luces que había recorrido. En paz, después de estar con los suyos y haber podido hablarles, abrazarlos a pesar de tantos años de separación y olvido. Juan de Dios en realidad no desea regresar. Alguien lo trae violentamente contra su propia voluntad. Ha estado unos segundos nuevamente con Inés, quien envuelta en una impecable tela blanca luminosa se desplazó hacia él en medio de lágrimas de reencuentro. Ha sentido nuevamente su piel. Esa piel que alguna vez fue tan suya, como su propio cuerpo. Una conmoción tan profunda en su cuerpo por esas imágenes, le impiden abandonarlas. Sin embargo, lo regresan al mundo terrenal. Lo traen con fuerza, lo tironean; le están quitando ese manto de paz y felicidad que ha logrado alcanzar. Juan de Dios despertó. Abrió sus ojos observando como esas confusas imágenes que le rodean no mantienen claras sus formas. Todo es difuso, moviéndose entre grises y luces incandescentes. A su lado, vio claramente a Encarnación. Esa mujer tímida y casi secreta amiga de toda su vida. Ella lo mira sin pestañear. Sin asombro, sin tristeza. Sabe que puede contar con ella. Toma su mano y lleva los nudillos hacia su boca tibia y deja un beso de gracias a la vida, mientras dos lágrimas inician su carrera por mejillas las demacradas. “Soy hombre afortunado”, piensa Juan de Dios. “Todavía me quieren”. Cerró lentamente sus ojos para descansar. El viaje de regreso, que a nadie pudo contar por estar inconsciente, le pertenece. Encarnación no se movió. Durmió con él toda esa bendita noche. Juan de Dios despertó a los tres días de una mañana cualquiera. Está recostado debajo de la vieja ventana de madera que ha construido hace ya más de treinta años. Las vigas perforadas por las pequeñas hormigas negras, aún llevan pedazos de hojas verdes a los agujeros que hay a lo largo de las varillas que sostienen viguetas y maderas de postigones. Crujen ante el menor movimiento. Mira la luz colada por la puerta entreabierta, espera que alguien visite su eterna soledad. Tiene en su cabeza un lazo de cuero mojado. Un torniquete casero que de vez en cuando alguien ajusta para evitar el dolor de cabeza. Alguien gira los tientos una y otra vez hasta que las lágrimas estallan sin poder ser contenidas El golpe ha quedado marcado en su cabeza hinchada. Las noches han sido tan largas y tormentosas que tuvo que tomar medicina casera, encontrada al buscar con luz de candil. Ninguna alcanzó para aliviar el dolor y ansiedad. Saber que un dolor sigue a otro sin parar; sin tener posibilidad de frenarlo. Así esperó hasta que el amanecer lo encontró retorciéndose sobre su cama de cuero sufriendo sin poder parar. Al amanecer, Encarnación sorprendida trató de consolarlo. Sus gritos lastimosos se perdían en la noche. Una fuerte helada corta las más cálidas canciones de nostalgias. “La cabeza no duele –aseguraban sus mayores cuando pequeño—; duelen los malos pensamientos”. “Duelen los dolores del alma. Los de la mujer ausente. ¡Cuando eres joven, es por el alcohol!¡Cuando eres viejo, son los recuerdos! ¡Los problemas y los recuerdos viajan juntos!”, concluyó Juan y se sometió a las indicaciones que la empírica recomendó. Su cuerpo se hinchó con el agua haciendo crecer los brazos y las piernas. “¡Duele!”, reclama en voz alta tomándose la cabeza. Encarnación quedó semidormida luego de tomar agua y comer algunas raíces frescas cortadas de la acequia. Juan de Dios permanece sentado en esa silla de cuero, trata de no contagiar su lamento, manteniendo la mirada fija en la luz de la puerta, pensando que las medicinas le harán bien rehabilitándolo para trabajar y dormir sin problema. El dolor está mermando. No sabe si es el dolor nuevo que tapa al anterior o porque la medicina hace efecto. La habitación permanece inalterable desde que quedó solo. El tiento está tenso al máximo. El torniquete ha sido ajustado por la empírica apoyando un pie en la pared, colgándose de la madera que sujeta la cuerda. Se nota el frío de la cabeza por encima del tiento y la palidez de su piel. Contrasta con la rubicunda cara del hombre que no soporta más el dolor. Fue cuando sus narices comenzaron a sangrar. Al comienzo, como si fuese agua estancada liberada por una compuerta que se abre lenta. Luego, el chorro imparable de sangre. Finalmente bienestar progresivo y también, agradecimiento que se va manifestando en su mirada. Ha vuelto a ser él mismo. Sin esos ruidos y zumbidos acompañados de mareos y dolores. La empírica decidió aflojar el tiento de cuero. Lo sacó despegándolo de la marca que había dejado en la mitad de la cabeza, lo puso contra la luz y luego de estudiarlo en sus curvas dijo:
—¡El dolor es del alma...! Tendrá que tomar agua de piedra por diez días –sentenció. Tomó su bolsa y se alejó, tarareando la canción de la luz mala. Pero antes miró sus manos arrugadas y dijo—: ¡Tendré que hidratarme!
Y se fue a la meseta acompañada de Encarnación que merecía tener un descanso.
La meseta, impactada en el borde del horizonte, deja su impronta recortada en cada ladera de las montañas nevadas. Una cordillera imponente levanta sus manos desgarradas a un cielo azul intenso dejando ver lo que uno desea; faltándole respeto al paisaje que mantiene una calma pareja sin días ni calendarios. Una vida de pasiones y vivencias levantó vuelo con abutardas asustadas por el ruido del pedregullo. Los peces enjaulados en bloques de tierra lamida por el arroyo descienden por el oeste de la cordillera capturando en cada surco el caudal de nuevas vertientes, incrementando el agua brotando también de nieve derretida por calor del rayo del sol. El sonido del arroyo orienta a muchas aves volando descuidadas sobre mallines, dirigiendo sus alas tratando de mezclarse entre trinos de hermosos sonidos que la naturaleza despierta. La médica ha tratado a todos los habitantes de esa cordillera incluido a Jonás, el niño abandonado en el Mayal que descubrió el arte por sus propios medios. Ella había entregado a sus padres adoptivos una pócima para fortalecerlo. Jonás, valiéndose de una rama simple, desplegó dibujos sobre piedras lisas de montaña diciéndole al mundo que allí estaba él, esperando su oportunidad para mostrarles lo mucho que valía su intuición y creatividad escondida en la cordillera. Ha dejado el retrato de Juan de Dios con el propósito de que se fije en los trazos mágicos de sus dibujos. Tiene un mensaje en cada línea. Seguro tendrá oportunidad de descubrirlo. Mientras Jonás razona actos pasados, camina sin problemas sobre el agua de deshielo, pisando la superficie helada. Los peces espían en las transparencias de ese espejo natural, acompañando las locuras de un Jonás en crecimiento.
El hombre de la espalda quebrada
No hay bien en la juventud, / si le falta aquel valor / que conserva su esplendor / con toda su plenitud. / Ni se encuentra en la vejez, / si no tiene pecho fuerte / que arrostre la adversa suerte / con generosa altivez.
Nabegat Beb Jaid
En un rancho de adobe, oculto entre sauces de altas copas y prolijo follaje, vive Encarnación con su abuelo centenario. Pedro tiene la espalda quebrada, doblada por los años, que lo obligan a llevar su cabeza de pelo blanco y barba teñida de serena nieve, a una natural cercanía con la tierra fértil de la cual se sirvió años para alimentar su pequeña humanidad. Muchos se preguntan si reduce su sombra o regresa al nacimiento. Es un hombre de pocas palabras. Manos encallecidas, duras. Semejan cuero de animal prestado para confeccionar alforjas y monturas. La quebrada figura se pasea debajo de un parral enano a la diestra de un añejo rancho, edificado por los abuelos en sueños amasados por sus manos. En madrugada y siesta, el viejito visita el parral de frondosa vegetación con racimos de uvas transparentes. Ramilletes perlados lustrados por el calor del verano y humedecidos por silencioso rocío. Miles de gotas bendicen racimos de uvas. El piso del parral reconoce las huellas dejadas por zapatones desgastados de su época de mozalbete. Camina hablando con sus recuerdos; deja que las palabras besen el piso seco, levantando polvillo del tiempo. Esconde secretos en cada rama. Hombre y parral; una misma persona perdida en atardeceres cuando la luz comienza a mezquinar los colores de rutina, para transformarlos en tonalidades rojizas, despidiendo el canto cómplice de pájaros y animales del desierto. Estos asoman sus cabezas buscando el aire fresco de un atardecer que permite buscar alimento en las noches.
—¡Siempre mira hacia abajo! — comenta Encarnación —¿Será que los viejos buscan estar más cerca de la tierra, en tanto que los jóvenes, del aire?
El amanecer sorprende a Pedro cruzando un pequeño puente de troncos unidos por tientos de cuero, esto le permite a su vez cruzar el arroyo para encontrar después el campo fértil del trigal vestido de dorado intenso, hasta que el primer rayo de sol, pincela sus movimientos. Toma el arado de mano, encastilla la empuñadura con la fuerza que solo tienen quienes desean fertilizar la tierra. Azota al buey añoso que avanza con pereza entre surcos reconocidos por años. Hombre y bestia sacan sudor al cuerpo hasta el mediodía. El calor intenso lo obliga a refrescarse en aguas frías del río. El arroyo se ufana de mojar los surcos, lamiendo semillas sembradas por las sabias manos del anciano. Las piedras dejan abiertos, mágicamente, espacios para el crecimiento del trigal, cuyas espigas darán, luego de la cosecha y la trilla, suficiente harina para hacer el pan desarmado en cada jornada. El hombre de viejos años, larga barba blanca y pelo nevado por el tiempo, se permite cada día dos caminatas debajo del parral, mientras palabras de lamento rebotan en el piso y se esconden entre ramas y hojas del parral enano. Esa planta obstinada esperó muchos años el quiebre de esa espalda; los suficientes para ofrecer más tarde la sombra reclamada desde su juventud. “Comer... lo que puedo producir”, es su consigna. Mientras camina bajo el parral, piensa hasta cuándo seguirá arqueando su columna. “Ya no puedo mirar el cielo”, dice apesadumbrado. Los hombres que de viejos miran la tierra, mueren sin dolor. Los que mueren parados sufren, dijeron alguna vez los hombres sabios. Se acercó al pilar de madera que sostiene la parra y, en forma lenta, se ayudó con una estaca para bajar al suelo hasta quedar sentado. Con ayuda de sus manos, se tira de espaldas logrando llevar, por primera vez en años, el rostro al cielo. “¡Ahora sí puedo mirar el cielo!”, dijo gustoso mientras descubría nuevamente lo que acontecía en el cielo. Juega con las formas de las nubes. Mira el perfecto vuelo en formación de los loros y ve alguna avutarda siempre en quejosa, moviendo su enorme estructura; y esta vez, por fin percibe a un cóndor ascendiendo desde un acantilado cercano a su rancho. No lleva nada en sus garras, creerá él que no lo veo, se pregunta apuntando con su vista al cóndor que se aleja. Advierte que la tarde se retira a escondidas del sol. Es hora del regreso. Comienza a levantarse con igual procedimiento y pasos estudiados. Se despide del arroyo cada vez que la luz del día lo abandona. El fogón encendido junta brazas. Lo abriga en las noches. El día termina acompañando el cansancio. Encorvado, como esta destinado a vivir, busca refugio en los cueros de chivatos apilados en el rincón de una habitación tiznada por humo.
Encarnación vive con el anciano. Fue su última compañía. Ella viene de cuidar a Juan de Dios. Está radiante. Sabe que en la mañana siguiente; Juan estará esperando su regreso. “Todo lo que muere vuelve a nacer”, piensa mientras hace las últimas tareas de la casa. Espera que Pedro se dirija al parral como todas las mañanas para planear su trabajo cotidiano. Ella tendrá que bañarse, arreglarse, y estar lista para llegar a lo de Juan, no solo para cuidarle, sino también, para despertar deseos dormidos. Es muchos años menor que él pero tanto le admira, que la fecha de nacimiento quedó en el olvido. Se dirige a la bañera enlozada y descascarada pero impecable a pesar de los años. Cargó dos baldes de agua caliente y deja que el vapor humedezca los cristales del baño. Puso ramilletes de azahares en el agua y en forma generosa quitó su ropa. Su cuerpo no es de impactante belleza, lejos está de aquellos que quitan el aliento; pero tiene sus carnes firmes; senos de abundante generosidad y muslos modelados de tanto caminar. Una cabellera negra, delicada y brillante roza su cintura. Entra suavemente en la tina para no desperdiciar una gota de agua que llega al borde y se sumerge placenteramente, acariciada por la tibieza del agua saturada de aromas. Se estremece de solo pensar que se está preparando para estar cerca de Juan. Toma el jabón y modela su cuerpo con la espuma de su propia caricia. Percibe una angustia placentera de ser abrazada por aguas tibias, y juega con la espuma formada en cada movimiento generando burbujas. Ellas flotan explotando con graciosa espontaneidad. Luego, el toallón seca prolijamente su cuerpo y frota su cabello. Estirada mansamente desnuda boca abajo, abraza el colchón y se deja llevar por recuerdos de amores vividos. Es tal la delicadeza de su figura, que nadie duda que hasta el mismo Gauguin la hubiese inventado para que perdiera su virginidad en manos de Juan de Dios. Sin embargo Encarnación mantiene aún celos por Inés.
Pedro está sentado en una silla de madera esterillada, ajada por el tiempo, pero encendida de luces por años dejados en cada astilla; cuyo espaldar termina en dos borlas doradas, finamente talladas. El anciano vencido, abandonado por su propia vida, piensa en su pasado. Sostiene la memoria con sus dos manos apoyadas en la cabeza. Echa raíces desde sus rodillas. Es perfecto el descanso de sus piernas cansadas de tantos surcos y de sus pies, que aún calzan zapatones viejos de punta y taco cincelado en madera de cedro abandonado. En las paredes desnudas del fogón, se ven los ladrillos, de aristas sombreadas por tantos fuegos de brazas encendidas. A su lado, pende una cadena que sostiene una pava de agua tibia. Contiene su bebida y el caldo reconfortante en tardes frías y desoladas Ha caminado largos años esa tierra. Pisó cada surco preparado con tesón, para recibir las semillas llevadas en su delantal recogido. Llueven miles de ellas. Todas fértiles. Buscan esmeradamente pequeños orificios que la tierra ofrece para albergarlas y luego, esperan el temporal de agua, para que revienten y lancen raíces. Unos humildes ropajes cubren el cuerpo sudoroso del trabajador. Lleva tierra en sus propias manos. Mira las semillas con ternura. Cuida su propia fortuna hablándoles antes de lanzarlas. El rostro mantiene huellas del tiempo. Los poros de su piel respira cada madrugada el aire puro, absorbiendo su frescura. El anciano merece sentarse en la oración a comer su pan, porque ese trabajo así lo demanda. Los días de gracias al Señor están plasmados en cada domingo que Pedro suma a campesinos reunidos frente a la iglesia. Mitad piedra, mitad madera. En su cúspide; una campana herrumbrada llama y suena. Grita cada mañana de rutinarios domingos. Jonás ha estado en ese lugar, llevado por el cariño de Encarnación en veranos de intenso sol. Jonás ha dibujado el hombre de la espalda quebrada burlando curvas de la naturaleza, e imagina ese hombre inmortal, pensando ingenuamente que su temporaria deformidad, regresará algún día a su normalidad. Jonás sabe que los huesos de la columna del hombre de la espalda quebrada, están licuados, limitados como sostén de carnes cansadas. El orgullo de ese hombre está vencido. ¿Cuántas lunas separan la historia de aquel viejo quebrado? ¿Cuántos soles marcan la diferencia entre la juventud de Jonás y el ocaso del hombre barbado? Pero ¡qué pocas lunas separan los sueños que ambos tienen en noches de soledad! Jonás no se cansa de mirarlo en la mañana cuando Pedro sale a esconderse bajo el parral enano. Hay tanta nostalgia en sus pasos; tantos recuerdos en su mirada, que Jonás los captura jugando con el anciano a interpretar la vida en sus dibujos. “Solo en verano, Jonás, vendrás los veranos hasta que este parral esté tan cerca de la tierra que no podrás pedirle nada. Entonces, sabrás que he partido para siempre. Visitarás esa iglesia enclavada entre árboles pintados de primaveras, con brotes llamativos de colores, donde se juntan los habitantes solitarios de esta tierra.” Palabras del hombre viejo. Palabras sabias. Palabras de sentencia. En la iglesia, cuatro ventanales custodiados por grandes vitrales generan colores iluminados. Luces, transformadas en figuras y plegarias de santos y santas, viviendo eternidades del mañana. Pedro tiene el gesto bondadoso de quien despide en vida a la vida misma. Deja escrito en el libro de tapas marrones garabatos con tinta oscura y negra, sus recuerdos que solo las manos de los sabios pueden manejar con propiedad y mesura. Unos candelabros de bronce puro, manchados por la caprichosa cera cayendo en serpentina, buscan un descanso. Imitan movimientos de llamas flameando en la punta. Pedro suele escribir en interminables noches de invierno. Descansa su historia en cada uno de sus legados. Dibuja letras de recuerdos, mientras Encarnación, cuida sus sueños. Ella está allí; a su lado. En la magia de la penumbra. Esa cabellera de largas trenzas desarmadas en la noche, cubren la vergüenza de su dueña y también, deja insinuante sus senos, iluminados en la habitación con luz propia. La aldea descansa en silencio. Casas y calles desiertas. Techos de viviendas humeantes con chimeneas hablándole al fuego. Pedro se fue al continente de las luces. Al continente de la música, y las letras. Se fue en un largo barco rodeado de barandales que deja entrar una brisa de mar inmensa perdida en cada mirada a un horizonte sin frontera. El inconmovible hombre misterioso de ojos anillados está solo, envuelto con saco azul de codos vencidos, rotos y zurcidos. Lleva puesto un sombrero chapaleado de alas levantadas para que los sonidos se ahoguen en telas y también para que la intensidad de luz proteja sus ojos de mirada triste. Jonás solo. Percibe el color cuando estalla. Mientras Pedro sueña con ojos cerrados e imagina igual que Jonás colores mutando en figuras de nuevos dibujos archivados. Las pinceladas parejas dan movimiento a trazos secos, rastrillan los surcos del tiempo en su rostro; ocultos muchos de ellos por su barba totalmente gris, similar a cenizas de brazas cuando dejan de ser incandescentes. Rodeado de majestuosas esculturas naturales de piedra, Pedro vive el asombro. Los tejados vencidos; gastados por los años y el viento, se manifiestan con todo su rigor. Cada rayo de sol esta presente donde los altillos convierten a los hombres en artistas y a las mujeres, en majas desnudas esperando alegre al pintor insolente que en lentitud se quita el saco, el sombrero y la camisa. Los zapatones y ropas quedan tiradas en cada rincón custodiando el acto de amor, antes de ser eternizado en sus óleos.
Los cristales despulidos por gotas de agua, recorren surcos astillados de cada ventana. El joven campesino hecho artista recuerda las heridas de su tierra, y también al viejo de espalda quebrada. Esa tierra años más será nuevamente activa, testigo de su regreso desde el país de las luces. También, el viejo campesino de antes, Pedro, y el de ahora, Jonás, recorrerán bares ornamentados de espejos; terciopelos rojos y mesas ocupadas de mujeres esperando noches de alegría. Cuerpos del deseo. ¿Qué diferencia tienen esas mujeres con la cortesana campesina?¿O la mujer del bar de la noche con Encarnación? Ninguna de ellas es la cortesana de Keisai Eisen, pero lleva escondida la seducción, envolviendo el misterio de su cuerpo. Esconde Encarnación la eterna paciencia de la espera. Bajo el parral enano, pasea el campesino Pedro, recuerda el Jonás de años mozos; porque Jonás será Pedro en su vejez. “¡Todos seremos Pedro!”, sentencia el anciano.
Pedro choca con la empalizada de varillas recortadas y unidas para hacer el cerco. El propio Jonás puede entrar en ese paisaje sembrado de cuadros verdes rodeado de trigales y cebadas cortadas a guadaña amontonadas en inmensos montículos dorados. Los granos descuelgan como lluvia bendita en la carreta conducida por Encarnación. Ella espera trepada sobre el eje de acero herrumbrado que sostiene un cajón de madera gruesa, donde vuelcan espigas que siempre pinta el artista. La cosecha. ¡Cuantas cosechas! Pedro ha confesado a Jonás, que sueña con ellas en interminables noches en esa habitación austera que solo mantiene nostalgias.
La vieja cama de roble acuna un colchón de lana peinada. En una pared, cuelgan percheros sosteniendo toallones de baño, y alguna ropa olvidada. Al costado de la ventana; el espejo busca equilibrio. Dos botellas de licor descansan en la mesa que también alberga una tinaja de agua para refrescar su rostro. El botellón complaciente y los cristales de la ventana vetusta, separan viento y ruidos que irrumpen esa apacible paz. Todo permanece imperturbable. Colgado de un herrumbrado clavo en la pared frente a su almohada, la pintura de geranios que para Jonás y también Pedro, hablan de sus desdichas. De sus temores. De sus pesares. Los geranios, moviéndose desordenadamente buscan sus propios retoños. En el cielo, cientos de estrellas giran siguiendo notas imaginarias de un piano enfurecido de golpear naturaleza. Días y noches estrelladas. Lunas y nubes. Sombras y luces terrenales derrochadas en vida. Magnetismo. Tremenda fuerza de una naturaleza deseando escapar del marco, mientras los cipreses, desdibujan campesinos cansados con la pala al hombro. Pedro ya no puede cargarla. Varillas aladas asientan en surcos abiertos de tierra fecundada. Nadie más que Jonás lo percibe mientras cierra los ojos por efectos de esa magia invisible. Encarnación, seca su piel y decide que Juan de Dios podrá poseerla, gozando en ella sus pasiones. Encarnación, sentada apacible, mira su cuerpo en el espejo apoyado sobre un viejo mueble de metal. Se sabe hermosa. Se encuentra bella. Cubre con su mano izquierda el tosco brazalete de plata labrado a golpe de martillo regalado por Juan de Dios cuando ella cumplió los veinte años. Lo acaricia como si fuese una piedra preciosa. Sus senos desafiantes de pezones erectos apuntan al mismo corazón del hombre que pretende amar. Juan de Dios logra siempre ese efecto. También cuelga de su cuello delgado un collar de fantasía opaca, hecho de caracoles. Muchas veces se queda pensativa, imaginando ese encuentro anhelado, apoyando su mano en el mentón. Ha colocado sus ropas en la formalidad de su propia humildad. Luego de peinarse deja que los cabellos húmedos busquen propios movimientos. Ante un silencio trascendente va en búsqueda de Pedro, su eterno y cálido abuelo. Pedro quedó dormido entre largos sueños de trabajo y recuerdos. Después de acomodarle sus almohadas, le deja agua de vertiente en el cántaro pequeño y pone el plato de alimento que Pedro siempre espera al mediodía. Encarnación va en busca de Juan de Dios. Pedro; de sus sueños.
Pintura de Jonás
Coronado de yedra, / el rostro abotagado, / los ojos encendidos, / espumosos los labios, / el alba balbuciente, / desiguales los pasos, / trémulas sus manos, / llevando en la derecha / un anchuroso vaso / tan colmado de vino / que lo va derramando...
El Conde de Noroña
¿Cómo representar a Jonás? Una foto lejana está en manos de los artistas del pincel. ¿Es un joven o un demonio? El grabado descolorido, transparentado por el tiempo lo perfila como un joven de rasgos duros, nariz aguileña y pelo negro largo, cubierto con un sombrero ridículamente geométrico. Alto. Delgado. Rasgos recortados: el mentón saliente, ojos hundidos en la profundidad de sus órbitas, los pómulos definidos y una mirada de permanente búsqueda, más que de intriga. Se cubre con un delantal de género rojo, los manguitos muy amplios le permiten mover libremente sus brazos cuando pinta. Una incompleta túnica negra cerrada en el cuello se mimetiza con la oscuridad. De sus hombros, se descuelga una tela azul que cubre sus brazos. Tiene por costumbre sostener un pincel en su mano izquierda mientras garabatea el bastidor con bosquejos perfilando la futura obra plasmada más adelante, en un bastidor de tela blanca cuyos flecos permanecen fijados con tachuelas en los bordes de madera. Opta siempre por mezclar amarillos y azules en una sola paleta, para dar luego pinceladas firmes que evitan perder su particular rasgo creativo. Es una forma de permanecer inspirado en el color. Curiosamente en esos momentos, pinta Jonás su propio autorretrato.
Pero también hay calaveras en sus bosquejos. Batallas épicas. Sangre y lamentables pérdidas de vidas y bienes. Como si le gustaran sentencias trágicas. Las empuñaduras de oro y plata de las espadas labradas por finos artesanos, contrastan con cordeles que sostienen medallas dibujadas de signos ininteligibles y cintas de protección semejando banderas diminutas con detalles de pájaros alados de metal brillante grabados en armaduras en juego permanente de festejo. Hacen de súbditos, soldados esclavos de poder. Jonás crea una pintura especial; domina momentos y espacios diferentes que continúan o preceden al hecho consumado. Hay una cierta adoración, pleitesía u obediencia, en la multitud sumisa y Jonás se pregunta cómo puede saber si en esos desiertos que separan los castillos imaginarios de pesadillas, pueden subsistir en el arte. Las residencias fastuosas mantienen secuestradas esculturas blancas que asfixian al escultor, que a su pesar, está cabalgando en bosquejos de gloria. Muchas veces camina senderos en montañas. Busca recuperar ideas olvidadas. Pisa esqueletos de animales secos de tanto calor, huesos blancos, calcinados de sol abrasante. Los desnudos cielos acompañan el viajero perseguido por alados cuervos de rapiña, anunciando siempre presagios de muerte. Si estas imágenes movilizadas en miles de sentidos; ajenas a ruido y tiempo, quedaran expuestas a colores rojos, azules, blancos, violetas, en forma imaginaria; nacen pájaros y algunas sombras difusas de rostros. Cientos de figuras en su pintura se interpretan como el rapto del ingenio y sabiduría. Jonás cabalga en sus pensamientos, hila sabiduría, aconseja el bien o el mal, con esfuerzo, condicionado a circunstancias que rodean su entorno.
Inés, su madre, escribió un pequeño papel que introdujo entre su ropa antes de que fuese arrancado de sus brazos, transcribiendo una cita bíblica: “Serás Jonás, te atraerá el mar y las aguas y los vientos y los colores; y viajarás siempre para buscar tu destino. Viajarás a Tarsis en medio de conflictos y tendrás que luchar al igual que Jonás que soportó la tormenta y tempestades enviadas por Yavé. Te enviarán al mar, que será igual a la soledad de hoy y que vivirás mucho tiempo. Un gran pez, te tragará sin herirte y te albergará tres días y tres noches, en su propio vientre. Será este lugar tu propia casa, tu propio encierro; donde tus gritos de angustia resentirán tus oídos y el pez en medio de ese océano paseará sus escamas en las profundidades de tus propias pesadillas, hasta que seas depositado, en las arenas de esa maravillosa costa de paz infinita, que será testigo de cómo un enorme pez; vomita un niño En ese momento, sabrás quién eres y hacia dónde vas”.
Jonás espera que llegue ese momento. A veces, pinta desesperado peces de mil formas; custodiados por arenas blancas y doradas, mientras un arco iris espera reflejar sobre telas vírgenes imágenes fantásticas de sus tormentos. Sus manos tienen ahora más óleo que piel, y la tela está completamente cubierta. Esta vez con una imagen cálida. Una figura embajadora de belleza y paz; surgida sin intención, al compás de movimientos espasmódicos que durante horas atormentó al joven pintor. Se durmió en el suelo tapizado con pinceles, papeles, bocetos y óleos. Llegó el momento de dormir. La mañana nunca trae pesadillas o ansiedades: solo realidades. Pero ahora, algo nuevo se incorpora a su rutina diaria. Escucha voces extrañas, con mandatos y consejos. No sabe de su origen.
Los escritos
A vacilar o caer, / Vosotros los que pisáis / el campo de la esperanza / ¿Qué mies sabrosa aguardáis? / Y cómo decidme halláis en su risa confianza. / Otros jóvenes creyeron / que jamás desvanecido / fuera el gozo que eligieron / hasta que envuelto lo vieron / en las sombra del olvido.
Califa Radié Billán
Busca Jonás a los señores del poder. Ellos atesoran miserias de la historia. Su trayectoria en el arte, fue envilecida por quienes hacen una reverencia a la autoridad con solemnidad propia del miserable adulador. Debe cuidarse Jonás de esos farsantes. Convergen naturalmente hacia él. Incluso, aquellos que aún ostentan poder y también se nutren de miserias y temores. Jonás; ahora en el vértice de su vida artística, está apoltronado orgullosamente en el arte. ¿Qué piensa Jonás? ¿Qué escribe Jonás? Aunque Jonás prefiere damiselas contorneando cuerpos, goza cuando quiebran sus caderas con sensuales movimientos. Sin embargo, ahora no quiere ese placer; percibe que lejos de esos escalones imaginarios, están hombres y mujeres esperando con manos cerradas. Un puño rebelde pide que alguna rama se convierta en fusil; o una piedra, en proyectil dirigido certeramente al centro de corazones de quienes torturan el arte. Piensa Jonás que algunas banderas atrapadas en sus mástiles, buscan inexorablemente libertad. Falta el viento que movilice esa nube para hacerla flamear. Jonás lo sabe. Imagina. Pinta. Escribe. En ese entorno, cientos de cuerpos alzan sus brazos hacia un camino desconocido. En cada movimiento, las figuras comienzan a formar líneas curiosamente rectas y curvas, que al juntarse dejan imágenes de hombres abriendo cadenas, liberando muñecas vencidas. Los hombres del arte. Del pincel. Del escoplo. También de luz y sombra. De sol y luna. Buscan su propia libertad en merecida lucha. Descubren el paño de una historia secreta. Jonás sale al jardín en búsqueda de una verdad. En búsqueda de un desconocido a quien hablar y escuchar entre vaticinios y profecías su futuro. Escribe la síntesis de sus pensamientos diciendo: “No habrá más fantasmas ni demonios. Una gran fuerza surgirá de las mismas profundidades del dolor. Una antorcha o miles de antorchas comenzarán a transitar calles, senderos y ciudades”. Jonás trata de pensar con más claridad y sigue escribiendo sentencias: “La luz en el día y en la noche será tan intensa que los ojos pedirán más colores, más pétalos de flores que irán creando en el camino de sufrimiento, una alfombra de poderosa belleza. De cada mármol atrapado, un hombre o una mujer surgirá como espejo de semejantes que liberados, trepan, se mueven en las mismas profundidades que los mantuvo cautivos. No habrá sombreros alados, solo campos arados, con florecientes espigas de oro. No habrá fusiles, solo banderas de paz y orgullo de la vida conquistada”.
Cansado de pintar, termina un nuevo cuadro a color, traduciendo la fuerza en movimiento y anota en su margen inferior una frase terminante: “De cada historia perdida habrá una esperanza. De cada lágrima, un río de aguas cristalinas. De cada olvido, miles de recuerdos maravillosos de vida. El arte será magia y cada espectador subirá a su propio centauro. Entonces, tal vez el mundo será una flor o miles y miles de flores llenas de colores y alegrías. No habrá más pesadillas. Tampoco temores. Nadie será más que otro y tampoco menos que nadie. Buscarán un mundo nuevo, donde el Sol no deje nunca de brillar y en donde la Luna pueda mecer su blancura inmaculada en una estrellada noche de paz. Lloverán estrellas y cometas. Hablarán las plantas. Los animales danzarán al compás de músicas hechas por el viento. Las varillas dobladas serán arcos de triunfos, donde pasarán nuevos hombres y mujeres que brillarán al futuro. Nunca hubo tormentas o tinieblas que duraran más que un tiempo limitado. Atrás de ella, el día. Más atrás de la tormenta, el sol. Atrás de la sequía, campos bañados de alimentos y surcos invadidos por semillas maduras. Nada habrá para despreciar. ¡No, nada!”
Jonás escribe reflexiones como estas y muchas preguntas sobre la vida terminan guardadas en el viejo cofre de madera del ático. Pocos conocen sus escrituras porque trasciende el pintor. Es época de un Jonás dolido y sentido. Hay un estado extraño, muchas veces en la calle mira detenidamente cómo niños o adultos revuelven bolsas de basura para comer restos de alimentos macerados; masticados, escupidos, tirados por inútiles e inservibles. Ha logrado también que sus pinturas reflejen colores de una vida distinta. Una vida de pasiones, amores y furia, donde la fuerza sobrenatural hace que su cuerpo pida cada vez más consuelo. Tiene vacía su alma. Muchas noches sueña con una hermosa mujer a quien enamoró en tiempo de geranios. Recuerda haberla tenido en sus brazos, pegada a su cuerpo, rozando sexo húmedo. Anhelante, cruzando bocas plenas de palabras, trabadas por cariño buscando la profundidad del alma. Sabe que sus manos pueden reconocer la piel de ella. Piensa en la tierra desértica, como si el alma estuviese vacía. Está inquieto. Imagina máscaras colocadas para ver desde otro lugar, una farsa. Sueña con una vida libre, colmada de vigor. Suele estar furioso; patea un mundo donde no puede ver otra realidad. Tiene otra oportunidad. Está seguro. Ha llegado nuevamente el momento de pintar. Jonás deja que su furia se diluya por cansancio. Agotado, suma imágenes a la noche reflejada en pocas luces de calles desiertas. Regresa. Trata de rescatar una figura y encuentra una mujer que habla con su mirada. Sus manos delgadas contactan las suyas ricas en arte. Ella muestra el cuello desprotegido por el cabello para que los labios de Jonás posen su amor cálido en racimos de besos, encontrando una estremecedora revelación de un secreto. Espera sentir los pechos de esa mujer cubriéndole cada latido del corazón enfermo de dolor, y toma suavemente las piernas de ella para abrirla al éxtasis, entregándole su fuerza contenida. Pero no está solo. Hay una sombra en el recuerdo. Una imagen diluida en la oscuridad. Una imagen ausente. Entonces Jonás cae. Cae sobre un colchón testigo de tantos amores como historias del corazón escondido en cada foto de vida. Y duerme; duerme en paz.
¿La noche siguiente no tuvo pesadillas? ¡Sí! Un sueño hermoso de colores grabado en el subconsciente. Sueña que puede ver sobre la misma superficie plana de mármoles y piedras haciendo de base a milenarias estructuras piramidales, escalonadas, ascendiendo al cielo, perforadas por nubes, entre soles y lunas. Danzan extraños personajes en ceremonias majestuosas, salvajes, dejando pieles adornadas en oro y plata labrada por finos artesanos que gestan ornamentos para vestir la cultura. Figuras extrañas, que suben o bajan según adonde se dirigen sus ojos profundos y escurridizos. Algunos danzan con máscaras rígidos de madera labrada y pintada de blanco; otros, llevan estandartes orgullosos de colores, con figuras escapando al pincel del artista. Cobran inocentemente vida. Las danzas agitan historias no escritas. Visualiza escudos escondidos en canastas de frutas de colores más fuertes que el arco iris. Despunta el horizonte y anuncia la tarde. Filas de caminantes. Mercaderes llevando sobre sus cabezas canastas de alimentos que tienen el precio de la necesidad. Labriegos clavando palas en tierra virgen de heridas. Hambrientas de semillas. Hombres blancos sin sol, imbuidos de codicia y ansiosos de atesorar riqueza a costa de cualquier sacrificio. Otros reciben la visita con la candidez de la gacela, sin saber que atrás de sonrisas, aparecen gestos de voluntades escondidas; ambiciones y miserias del conquistador. El espectáculo de cuellos abiertos por un filo de acero traicionero, gritando la caída de cabezas silenciosas. Hambre y abundancia. La paradoja escrita.
Jonás advirtió en sus escritos: “¡Eh, señores de la abundancia, dejen comer a los hambrientos! ¡Dejen que vivan sin temores el mañana! Cuando todos pierdan sus ropas no habrá más diferencias de color y las manos que algunos elevan al horizonte para pedir limosnas a los que tienen más se transformarán en manos de trabajo, orgullosas de sacar callos por tantas jornadas de labrar la tierra. Sin embargo, estará siempre el opresor empujando con su lanza las espaldas de hombres arrodillados de tanto ser esclavos. Llegarán hasta el río, después transformará la ceniza en plantas, peces, algas verdes y nuevas fuentes de vida buscarán surgir sin escándalo hacia superficies de humedades y vientos frescos. Agua cayendo de las manos juntas y cerradas llevadas a la boca para calmar una sed que crece”,
La fiebre envuelve a Jonás. Los sueños de las tardes en las alamedas, registran alegrías de quienes inmortalizan la pureza de rostros limpios de maldad. Hay música en cada rincón de los paseos, los cantores dejan sus notas vibrando, capturando canales de tiempo, acunando sentimientos.
Jonás está en paz. Sabe qué hacer en el momento para que ese espejismo se desplome en realidad concreta. El sueño lo atrapa. El juego de fantasías comienza nuevamente en su mente desatada para dejar huellas turbulentas, figuras, colores. Sabe que cuando esos sueños lo invaden, asegura el fin de su crisis, o el final de su angustia. Una nueva obra de arte espera ser enmarcada. Sueña y sueña siempre con la impetuosidad de sus años. Aparecen imágenes. Nutren fantasías. Se ve a sí mismo dibujando cuando ella avanza con fuerza de gigantes llevando en su mano derecha la llama viva y roja del fuego sagrado. Cuelgan de sus muñecas aceros de pesadas cadenas entrelazadas, incrustada en esa gran esfera de hierro que golpea el tiempo. Su pecho se ofrece de escudo en la majestuosidad de ese escenario. En su rostro, una mirada de anhelo. Quizás más allá del lugar sagrado donde la luz se confunde con la noche, esa mujer abre su boca renunciando al triunfo y se expresa con quejidos y palabras vacías. La mente de Jonás explota de ideas. En esas imágenes inconclusas, hay brazos. Muchos brazos cubriendo su espalda. Puños, abriendo el tiempo. Dejando espacios suficientes para que esa dama avance sin que nadie se oponga a su ímpetu. Ella ya aplastó al hombre débil y gris que yace de espalda quebrado y sin fuerzas. Nota Jonás en sus manos, gotas de sangre. Brotan heridas en sus palmas perdidas entre manchas opacas. Nacen y mueren colores rojos y amarillos; brillan las naranjas, en movimientos de nubes amorfas. Sombras grises salpican el vacío. Jonás está enloquecido de arte, contagiado de fiebre y deseo. Sufre cada estocada del pincel y cree que, en un momento dado, llegará su derrota. Percibe como si fuese una realidad cuando su arte queda postergado. Tachas sólidas de acero en su alma capaz de parar estocadas al hombre que viaja entre vientos. Ahora; esa detestable figura lleva en su mano, una inmensa espada de mango labrado, y extiende su brazo amenazando al fuego que se acerca para destruir al héroe. Presiente Jonás que está huyendo. Un amorfo animal da vueltas en el aire, mientras el soldado, ha sido atrapado. Estirado en el frío mármol, espera la nueva víctima del sacrificio. Un coro. Voces brotando de cientos de bellas mujeres que levantan brazos ofreciendo sus cuerpos tibios, blancos, compactos de vida, para que el martirio del pintor: no quede en soledad. Jonás grita en su sueño enloquecido de terror. Los fantasmas llevan en su mano derecha una lanza filosa de batallas ganadas. Batallas, batallas que nunca terminan. No hay rostros visibles; solo escafandras mostrando ojos que viajan de un lugar a otro, tratando de no dejar un segundo al guerrero atrapado, listo para el sacrificio prometido. El Centauro espera furioso. Lleva misteriosos mensajes contra el mito. Tiembla el cuerpo de Jonás. Suda la piel de Jonás. Su fiebre es fuego. Gesticula con un rostro desencajado de tantas maravillas y deja imágenes deformes, colgando como vampiros trepados en los muros, con orejas aladas y cuernos naciendo con pensamientos demoníacos. Jonás pinta frenéticamente el centauro. La bestia. El guerrero. El pintor desaparece cuando el hombre sereno de rostro despejado, mira con transparencia inmaculada, el mismo espectador de los horrores de la guerra y le dice con una sola palabra: “La Paz es posible”.
El delirio del arte continúa. Nadie puede frenar el vértigo de imágenes que ahogan a un Jonás entregado. Aparecen trabajadores en túneles interminables en las tinieblas de la tierra. Avanzan con sus cascos portando una sola luz para iluminar caverna y camino. Llevan en sus manos, el instrumento filoso que puede romper piedras y metales. Oro y plata, guardados celosamente en las profundidades de la oscuridad. Los pinceles de Jonás se cruzan a la velocidad de su propia imaginación y se agregan hombres y mujeres de superficie; trabajadores de luz los envuelven, permitiendo que sus cuerpos tengan sombras. Cientos de figuras geométricas, desparramadas en líneas curvas, adquieren formas caprichosas. Rostros inteligentes cubiertos de asombro, de sus cuellos nacen brazos, señalando espacios donde las voces mezclan canciones de sabiduría. Brazos señalando caminos de esfuerzo. Jonás pisa con su pierna izquierda el libro de la historia ante el asombro de imitadores del poder, cercanos a su fin. Súbitamente aparecen retoños de trigo listos para emerger de la tierra que quiere dar alimento. Hay más espigas que armas; pero más orgullo que vergüenza. Miles de hombres. Miles de hombres decidiendo llevar sus vidas hasta el triunfo, mientras los fantasmas que inventan temores van derritiéndose en sus propias dudas, perdiendo gracia y fuerza, rodeándose de tantos movimientos como puede ver el ojo del artista, llevan su mano desaforadamente a su paleta. Por primera vez, Jonás siente envidia del maestro. Admira que él pudiese expresar en un lienzo pequeño, todo lo que puede sentir miles y miles de personas que transitan cualquier historia en la vida.
No hay tiempo de espera. Solo pintar esos murales de historia. Nadie se ha quejado. Todos están encima del mismo centauro. Jonás descansa. No hay consuelo en su sueño. Su viaje ha sido para reparar el cuerpo castigado de tantas pesadillas. Jonás está condenado a sentir; sufrir el dolor ajeno y captar en sus pinturas el reto que la historia lega a sus maestros. Lejos está el Jonás campesino, el Jonás crédulo e inocente. Lo atrapa la historia que va conociendo y nutriendo con su exquisito sentido del arte. Jonás, aquel pequeño entregado en custodia a una familia alimentada de piedras, está siendo templado, modelado y castigado. ¡Pobre Jonás! No encuentra consuelo lejos de su tierra; lejos de sus afectos. Jonás está solo, buscando su propio camino. Esa misma noche, luego de pesadillas de guerras y luchas, Jonás comienza a dibujar desordenadamente cartulinas, papeles, telas, paneles con carbonillas, dejando testimonio en cada figura perfecta que crea las fantasías de una mente brillante. Entonces decide regresar. Está enfermo. Sus pulmones han llorado sangre en una tarde de verano, en esas horas de plena siesta, donde el calor quita a uno la respiración y el aliento. Donde el cuerpo suda gotas ardientes de agua salada, pidiendo un río o una ducha de agua fresca que tranquilice el calor encendido en su piel. Ahora está pintando como es su costumbre, envuelto en vaho de alcohol y calor. Un acceso de tos sacude su estructura. Está acostumbrado a esa tos seca, espasmódica, improvisada y repentina. Pero esta vez, siente en su garganta el paso de una flema húmeda y tibia que después al escupir se transforma en roja escarlata. Siente miedo, miedo de saber que su cuerpo está sangrando, miedo de imaginar que su cuerpo se descompone en una cirugía silenciosa e invisible, dentro de él mismo. Sin consuelo, se da cuenta también, que los mecanismos que protegen su salud están llegando a su término. La piel perdió el color esperanza y se transformó en tiza opaca. Perdió brillo y lustre húmedo que da la vida. Perdió peso, fuerza y volumen. Pero nunca dejó de pintar. Mantuvo sus pinceles altivos, inquietos y creativos. Sus carbonillas trazaron figuras de recuerdo asegurando nuevas pinturas para el futuro. Sombrea estructuras que cobran vida inexplicablemente. Sin embargo, la tos no cesa de atormentarlo y recordarle que su enfermedad es real. Pensó en Juan de Dios que se había convertido en punto de referencia en su vida, ignorando causa o motivo. Está presente en sus peores y mejores momentos. Juan de Dios lo espera siempre. Entonces supo que debe regresar a esas montañas de soledad y belleza. Un paisaje tan imponente como la cordillera con enormes desiertos habitados por alimañas y arbustos de pequeña talla, envueltos en gris lamiendo laderas de majestuosas araucarias milenarias; vigilantes de tormentas, custodia eterna de vidas pasadas.
El enfermo
¿Qué dirán las montañas / si sus cimas / en que duermen las nieves / de improvisto descienden hasta el valle / y para siempre / niveladas, se encuentran con el río?
Augusto Barbier
Jonás escupió sangre durante los accesos interminables de tos. No le dio en un comienzo importancia. Un año antes de decidir su regreso había tomado la decisión de tratarse. Al no ver resultados concretos —meses más tarde— su cuerpo comenzó a perder mucho peso. La masa muscular de firme contextura fue perdiendo volumen y el apetito entró en un espiral de olvido. Jonás adquirió en forma definitiva un color ceniza pálida. El brillo de sus ojos se apagó. No hay mas estrellas que lo iluminen. La consulta médica no tardó en diagnosticar su enfermedad pulmonar: tuberculosis. En ese entonces, se recibían tratamientos muy limitados con drogas que dejaban oídos inútiles para siempre, bloqueados al piano y orquestas de cámara. Bloqueo al canto de pájaros y miles de voces de quienes lo rodeaban. Le llaman sordera química. La poca respuesta a esa medicación, obligó a que lo internaran en una localidad cercana donde funciona un Hospital de enormes dimensiones con grandes pabellones azulejados y jardines a pleno sol. Los pacientes de ambos sexos son sometidos a tratamientos drásticos, crueles y temerarios. Medicamentos y cirugía. Solo o combinado. Horarios rigurosamente cumplidos en inmensas galerías coloniales que permite en invierno y verano que los pacientes y sus hermanos en desgracia desparramen sus cuerpos en sillones de mimbre, o se abandonen en hamacas zigzagueantes esperando un amanecer para someterse a los rayos solares, que fortifican su cuerpo dando color a su piel desteñida. La enfermedad tiene curiosamente una acción estimulante de la libido. El deseo sexual genera historias de amor. Pesadillas de amor; tragedias de amor enfermo, ocultados oficialmente para que el mundo no se entere de la promiscuidad de enfermos cubiertos con bozales, como si fuesen cirujanos, listos para entrar con el bisturí en cuerpos enflaquecidos y secos. Hombres y mujeres sometidos a extirpaciones de pulmones enfermos; vaciados en la confluencia de cavernas sangrantes. Mientras más operaciones tienen sus cuerpos, más costillas pierden dejando como consecuencia una columna deformada; arqueada como si fuese un mimbre doblado para un lado u otro según las costillas y lóbulos de pulmón que han resecado. Jonás dejó en ese lugar un cuarto de pulmón y tres costillas como ofrenda en búsqueda de salud. Jonás quedó arqueado en su columna y se agita cuando en las noches cruza pabellones solitarios. Sus mujeres no tienen nombre. Solo deseos furiosamente mezclados con estertores de gozo. Siempre se pregunta cuántas lunas y soles le quedan por ver y sentir y si también la muerte de sus compañeros de todas las semanas no lo están acercando más a Dios. Recordó cuando Yavé preguntó en un desierto de huesos secos y abandonados en fosas de sueño eterno; “¿Piensas que podrán vivir esos huesos secos, Jonás?”. “No lo sé, Señor”, respondió Jonás. Pero Yavé habló con esas estructuras inanimadas y les dijo: “Voy hacer entrar un espíritu en ustedes; volverán a vivir, les pondré nervios, músculos y los cubriré con piel tersa y pura”. “No lo sé, Señor”, repite Jonás, dibujando calaveras de huesos blancos. Sin embargo, en medio de fosas donde tiran cal para desinfectar restos humanos, comenzaron a levantarse hombres y mujeres muertos antes; vivos hoy. Secos antes; rellenos ahora. Entonces Jonás decidió quitarse el bozal. Y en ese instante, el milagro llegó. Dejó de toser Jonás. Dejó de escupir sangre de sus pulmones y recuperó su peso en poco tiempo. Sus manos están cada vez más delgadas y frías. Supo Jonás que estaría por ser dado de alta cuando le quitaron toda restricción, pudiendo salir de los alambrados del hospital a buscar nuevamente la vida. Captura los verdes y colores de flores que regresan al arte eternizadas en sus pinturas. Jonás está feliz. Jonás vive. Jonás piensa en las montañas. Un martes le dijeron: “Puedes irte Jonás. Regresa a tu casa, cuídate en la alimentación”. Y le indicaron: “Aspira el aire puro de la montaña”, recomendaron los médicos. Jonás partió a su pueblo. Está feliz. Quiere alimentarse y aspirar todo el aire de la cordillera que hasta hoy se le ha negado.
Jonás camina nuevamente por su pueblo. Una acequia acaricia raíces de álamos desparramados en calles húmedas. El agua cristalina, fresca y limpia lleva el murmullo de gente que pasea bajo sombras de álamos. Jonás camina por ellas con cierto aire de nostalgia y felicidad. Está curado y feliz. Hay miradas perdidas, flotan en espacios que juegan con la luz del sol; los pájaros cantan sin límites entre follaje de hojas orientadas siempre a la luz más cercana. Largas calles custodiadas por casas de adobe alisado por el tiempo, pintadas café. Las ventanas asoman a la vida con cristales pequeños, empañados y transparentes, permitiendo conocer cada historia que pasa caminando sin saber que deja atrás una huella en el tiempo; ventanas cerradas como párpados acariciadas por cortinas de hilo tejido con manos cansadas. Puertas de madera rudamente tallada, los picaportes de bronce, cerraduras de bronce, llaves de gran porte. Unas viejas bisagras de tiempos pasados permiten abrir portones para entrar caballos ensillados, listos para salir a campo abierto; su trabajo cotidiano. Los macetones custodian entradas y ventanas dejando espacios ocupados con ramilletes de flores, enredaderas en pequeñas hojas verdes colgando semejan rosarios de domingos y rezo de penitencias. Veredas enlajadas, buscan compases de música nostálgicas de un volver. Veredas llevando y trayendo gente cuidadosa con alegría y pesares. Reconoce el taconeo convertido en firmas sobre la tierra. Hay en ese pueblo recuerdos plenos de vida en las tertulias de medianoche, con piano de tres colas, de brillante madera lustrada hasta convertirlos en espejos, donde pianista y soprano juntan sus artes en la noche cerrada. Brillantes estrellas desafían voces que hacen reaparecer almas perdidas, vagabundas, convocadas por la magia de esa noche de fantasía. En ese lugar, está la presencia invisible de una fuerte hidalguía. Fuerza y amor, entremezclada en historias vividas. Romances eternos en el tiempo y la tierra. Jonás entra en esas historias. Historias de familias enteras enfrentadas a la soledad de la tierra desértica, para transformarla en alamedas pariendo cuadros sembrados con trigo, alfalfa y maíces de tierno grano. Tiene ese pueblo recuerdos no lejanos de molinos de piedra trabajada, pulida sus caras, quedan lisas, suaves que Jonás admira cuando ve triturar el grano entre inmensas superficies con perfectos movimientos. Aplastan el trigo dorado para llevarlo a blancos polvos de harina, después transformados en panes y pastas disfrutadas como alimento elaborado en su propia casa. En ese pueblo centenario, están ocultas historias de luchas anónimas, hombres enfrentando una naturaleza hostil. Jonás camina orgulloso. Un pueblo con pasado cuyos habitantes llevan en sus ojos un misterioso brillo nunca apagado, a pesar de años. Ojos de inocencia eterna, llevando pureza en sus miradas para ir al encuentro majestuoso de los volcanes. Recuerdos y alegrías de Jonás, vuelven a su memoria. Su infancia ha sido afortunada. Jonás acostumbra a dejar sus recuerdos en forma escrita, custodiado en cofres mágicos. Llega con su pequeño bolso de pinturas; un corazón de mundos contradictorios Regresa para restablecer definitivamente una salud deteriorada y decide entrar en las verdades de su origen. Sabe que a solo a veinte kilómetros de ese pueblo, están el rancho de adobe, Encarnación y Juan de Dios.
Durante su largo camino, Jonás ha visto y luego confirmado que en la orilla del camino transitado, hay un hombre muerto: un bulto, cubierto por tierra recién removida. Permanece inmóvil, frío, de color marmóreo, sin más testigos que diez caranchos volando en círculo, esperando el momento de atacar la presa.
Concurrió al destacamento de policía para informar el hecho. Si hay un cadáver, hay indudablemente un asesino. Alguien lo mató. Deben buscarlo. Solo está a veinte kilómetros de su destino y la policía tomó detalladamente su declaración, dejándolo ir una vez confirmados los datos aportados.
Misterioso crimen
En base a mi experiencia, que abarca muchos años, estoy en condiciones de afirmar y aseverar que los Ángeles presentan forma humana. Tienen rostro, ojos, oídos, cuerpo, brazos, manos y pies. Pueden verse y oírse entre ellos y comunicarse, la única diferencia con el humano es que no están revestidos de cuerpo material.
Emanuel Swedenborg
Jonás acompaña su denuncia desconociendo los misterios y magia del lugar. Encontró un cadáver abandonado en el camino y contó los detalles con exactitud sin saber que este hecho contribuiría a descubrir también su origen. Es una noche cerrada y fría; la patrulla policial trepa el cerro Bayo envuelto en un misterioso silencio. El mismo cerro Bayo apunta al cielo de la misma forma que una flecha de filosa punta abre el espacio. Nadie sabe cuántos caminos o huellas fueron tapadas por el tiempo. Por allí transitan pobladores curiosos, enhebrando caminos delgados. La patrulla, integrada por seis policías a caballo, avanza atada por cintas invisibles. Uno atrás del otro en fila india, tratando de no perder el sendero penosamente encontrado luego de haber intentado infructuosamente ascender en cuatro oportunidades. La denuncia tuvo un solo efecto: el envío de ese grupo policial a encontrar sospechosos.
Alguien mató a un hombre en ese desierto de piedras, dejando su cuerpo abandonado para que alguna alimaña devore la carne tibia de una persona recién fallecida, vaya a saber por qué causa o motivo. El cuerpo está tendido, mira el cielo. Los ojos abiertos, blancos, sin brillo; sin poder decir nada más que estoy aquí, este es mi sombrero, este es mi cuerpo abandonado entre piedras. No hay una sola huella de golpes en todo su cuerpo, ni siquiera, un pequeño hematoma que hubiese dicho a quién lo encuentre: “¡Me mataron! traté de luchar para que esto no se consumara”. En la mano derecha, cerrada seguramente por su inútil defensa, atrapa firmemente una piedra de punta filosa. Su pierna izquierda, está doblada hacia adentro, como si tratara de escapar de una muerte segura. Los brazos abiertos en cruz, independientes del resto del cuerpo le dan una imagen piadosa. En el cielo, cientos de metros arriba, vuelan en círculo cuervos negros que detectan el cuerpo inmóvil. Pasan una y otra vez, quebrando sus alas, fijando su vista helada sobre el cadáver inmóvil. Siempre temerosos de bajar; pero prestos a concretar su objetivo. El cadáver quiere hablar y decir lo mucho que él sabe acerca de su propia muerte. Pero nadie puede escucharlo. Las aves giran en silencio; miran y buscan lo mismo. Son sordos al reclamo.
La patrulla tiene dificultad para cruzar las piedras encimadas y flojas del camino. Los caballos no pueden colocar sus cascos en tierra firme. Hay siempre una piedra más pequeña que los hace perder equilibrio, lastimando sus tobillos. El sargento a cargo ordena bajar, y avanzar a pie, llevan ahora ellos el hocico del caballo sujeto por riendas muy cerca de sus propias espaldas. Buscan inútilmente una huella perdida en el sendero. Atrás, los cascos incursionan en la noche. Saben que allí, en la cima del cerro, hay dos ranchos abandonados con techos de paja quemados por algún fogón olvidado sin reparo al viento. Ese lugar muchas veces sirve de refugio a fugitivos de la justicia. Es un paso obligado para entrar en la meseta alta de la cordillera, bordeando cada sombra en el horizonte para llegar a la frontera y tratar de ser nuevamente libre de su propio castigo.
El cuerpo rígido y ausente espera que alguien lo encuentre. El alma abandonó la carne. Se desprendió esa madrugada. Llueve finamente. Acompaña una helada que cristaliza las pocas gotas de agua colgadas de arbustos enanos. Los muertos del desierto siempre tienen la posibilidad de estar acompañados, antes de la salida del sol, por ánimas en pena. Esas almas errantes tienen el privilegio de saber que será del nuevo espíritu liberado, no así de su cuerpo, que solo el anatomista que abre sin pudor el cadáver puede investigar las miserias ocultas por piel. Por eso, en esa noche cerrada, no hay piedra que no esté ocupada por un ánima. Criaturas errantes; figuras transparentes comunicadas por el lenguaje que el tiempo deja en labios sellados. Todas hablan de lo que harán la noche siguiente. Visitarán viviendas buscando el nacimiento de un nuevo ser, como un descanso temporal al incorporarse a esa masa orgánica. Fantasmas de figuras flotando. Se arrastran mientras el hombre muerto trata de buscar algún rostro conocido para entender lo que pasa. “¡Cuánta gente pálida y ausente de vida vagando en la noche!”, piensa mientras sigue buscando una figura conocida o alguna señal que le dé referencia al desconcierto y abandono.
Los policías cubiertos con abrigos de cuero enfrentan el viento blanco de esa noche invernal. La nieve volada no permite que los ojos se abran y cubre sus pestañas y rostro con una delicada capa blanca y cristalizada que les borra los rasgos del tiempo. Los caballos siguen el monótono golpeteo de los cascos, manteniendo una fila intacta. El viento azota la bestia y al jinete sin tregua. Todos han perdido la noción del tiempo. No hay forma de señalar el Norte o el Sur. El viento furioso transporta el silbido de la tormenta. Sin embargo, la marcha inexorable hacia el destino fijo continúa sin sufrir modificación alguna. No hay ninguna posibilidad de regresar hasta que la tormenta termine. Se dejan llevar sumisamente por la orientación natural de los caballos, conocedores memoriosos de esos lugares y generosos para un regreso.
Ese cuerpo, dos noches antes de la tremenda tormenta, ha sentido el frío de una helada que lo dejó más rígido que la misma muerte. Si alguien hubiese movido el cadáver seguramente no se habría dado cuenta de que alguna vez tuvo articulaciones móviles. Hoy es una dura piedra helada cuidadosamente abandonada en desiertos de rocas y arena cubierta de nieve. Las almas que rodean el cadáver deciden levantarlo y trasladarlo. Miles de ellas; ánimas desnudas solitarias ayudan a transportarlo acompañados por fuerzas sobrenaturales. Logran acercarlo al borde del camino y lo dejan suavemente apoyado en la orilla más protegida y visible para que cualquier vehículo que circule pueda notar su presencia. Los fantasmas bailan, festejan hasta el asomo de madrugada. Trepan por filamentos invisibles, colgados desde el mismo cielo y desaparecen sin dejar una sola huella. Abandonan un hombre rígido a orillas de un camino cualquiera, e insólitamente, con la primera luz del día, aparece el pequeño hombre que está en todos los entierros. Hombrecillo pequeño de ojos anillados y mirada profunda. Hombre de velorios. Hombre de misterios. Con el sombrero incorporado a su propia piel. Permanece inmóvil. Expectante. Atento a lo que pasa.
A unos cincuenta metros del rancho abandonado el Sargento de Policía ve confusamente las sombras de tirantes de madera en el techo quemado. El viento ha calmado. El blanco de la nieve contrasta con esas estructuras tiznadas y negras, en una noche que poco a poco, se va iluminando en la medida que las nubes son desplazadas por el viento hacia el Oeste. Acercan sus caballos a veinte metros de la vivienda. Toman posición rodeando las dos estructuras y alertan a los gritos que son policías. Ordenan a sus ocupantes que salgan con las manos sobre la cabeza, dejando en el piso cualquier arma disponible, so pena de recibir balas de metralla. Un hombre sale corriendo por detrás de la primera vivienda y sorprende a la patrulla, que solo atina a disparar sin saber a quién o a qué; atenta al movimiento de sombras. Los estampidos de balas naturalmente se pierden en la noche. Alguien tiene como objetivo escapar de esa casa abandonada. Un silencio al terminar la última ráfaga, a los pocos segundos el grito del segundo ocupante con una lastimosa plegaria de vida. “Si eran dos, solo queda uno”, piensa el sargento, mientras corre hacia la derecha para bloquear la salida. Ordena a sus jóvenes camaradas un alto el fuego y por señas conocidas rodean el rancho mientras repite una y otra vez la orden de entrega incondicional.
El cuerpo fue encontrado por un conductor de camión que por exceso de carga o prudencia, circulaba a una velocidad muy lenta. Es un hombre de gruesos cristales, rubicundo, con prominente abdomen. Paró a unos metros del cadáver y bajó mirando hacia todos lados buscando algo que justifique un hombre abandonado en la orilla del camino. Nada. Nadie a su alrededor. Solo un inmenso desierto de piedras y pequeños arbustos. Acercándose al hombre tirado en la orilla del camino y cerrando con sus dos manos el cuello de la campera por el frío intenso de la mañana se dio cuenta de que ese hombre era ya un cadáver. Piel ceniza. Ojos mirando al cielo sin brillo ni color. Labios morados y una notable inmovilidad, absoluta y definitiva. Calculó que tendría menos de noventa años y mirando la barba tupida, se dio cuenta de que una gran cicatriz rodeaba el cuello. “Un accidente”, pensó sin darle mucha importancia. De cualquier manera su intención era levantarlo y trasladarlo al próximo pueblo para entregarlo a la policía o a una funeraria encargada de esas cosas. Hace un esfuerzo y levanta el muerto. Rígido como tabla, no cede ante cualquier movimiento. Esto hace posible que pueda llevarlo con más facilidad al cajón del camión cargado de verduras y frutas. Cubre al finado con una loneta verde y retoma su rumbo llevando ahora sí, el peso de un hombre, muerto quién sabe por qué y para qué.
El Sargento trata de convencer al segundo hombre vivo que se rinda; le garantiza ciertos derechos. Ese hombre luego de evaluar la situación, mide su capacidad de fuego. Decide aceptar las condiciones ofrecidas. Se entrega sin resistencia. Es esposado y llevado a patadas hacia el caballo atado al palenque de la casa quemada. Lo cargan lentamente, sujetan la cabeza a los pies por debajo de la barriga del animal, para llevarlo amarrado sobre el lomo del caballo. Su compañero ha quedado perforado por plomos de bala, enviadas sin saber a quién o a qué le tiraban; pero está tan muerto que es imposible sacarle una palabra.
—¡Entiérrenlo! —ordena el Sargento a sus subordinados sin tener en cuenta quién era o qué hacía en esos lugares—. ¡De esto... no se habla! —es la recomendación que les da mientras los agentes cavan la fosa y colocan al maleante en su fondo.
Mientras tanto, en la caja del camión cubierto por una loneta y castigado por el rayo del sol de la mañana, el cadáver abandonado en el camino va misteriosamente recobrando nuevamente una delicada textura. La piel toma una tonalidad variada, del cetrino al rosado pálido; mientras las gotas de la helada derretida se refugian sobre la madera del piso del camión. Verduras, frutas y hombre recuperado al desierto viajan cada uno con destinos preanunciados y seguros que nadie puede cambiar. Sin embargo, el cuerpo del hombre helado, ahora derretido por el calor del sol, fue encontrado por almas en pena, que han trepado sobre las verduras y frutas acompañando en forma invisible al hombre de hielo. En la medida que este cuerpo recupera su calidez, se va diluyendo, perdiendo cada parte de su anatomía y el contacto con la otra. Achicándose, como si el evaporarse fuese su destino en la rutina de la ruta. El hombre rubicundo solo atina a tararear una canción pasada de moda envuelto en un romanticismo nostálgico.
El maleante atado y colgado al lomo del caballo protesta, porque nadie sabe en realidad —ni él mismo— el motivo de tanta saña para llevarlo; y tampoco sabe concretamente, de qué se lo acusa. Capturado por sospecha. Es suficiente para terminar colgado del animal sin posibilidad de defensa. El sargento, orgulloso de haber cumplido con la orden de arresto: “a cualquiera que esté en alguna de las dos viviendas abandonadas del cerro”. Contabiliza heridos y balas usadas, para dar su parte no bien llegue al puesto policial. Recuerda que las balas son ochenta y siete en total, y cuatro no detonadas. Se pregunta, también, en qué figura penal pondrán al señor colgado al lomo del caballo: “¿atrapado por las dudas?”, cosa de no dejar posibilidad al reclamo judicial.
Poco queda del hombre viejo helado bajo la loneta verde en el piso del camión del conductor rubicundo, que sigue tarareando la misma canción. La carga vegetal del camión fue el único testigo de estos desprendimientos del cuerpo misterioso que se ve entero en su lugar original de muerte.
Una mujer había visualizado a dos hombres a caballo, sospechosamente ocultos en la noche, ascender al cerro. Avisó a la policía. La patrulla fue enviada sin tan siquiera ver al finado descubierto por Jonás. Tampoco confirmó su versión. Pero la ley es la ley, aún siendo esta justa y ciega, optó por ser más ciega que justa desapareciendo cualquier argumento sólido para justificar las acciones que luego realizaron.
“¡Si tenemos asesino..., tendremos un cadáver!”, conjeturó el sargento al recibir la orden de trepar el Cerro. El hecho de que estos hombres estuviesen armados defendiéndose de una orden de arresto sin saber la acusación, anula su inocencia. El sargento continúa tratando de grabar mentalmente su informe cuando entregue al preso al mismísimo juez. La cercanía del puesto policial en la madrugada fría los encuentra encima de los caballos cansados y agotados de tanto sortear piedras y caminos ocultos.
El hombre de hielo disuelve sus tejidos, cada miembro separado del cuerpo se independiza y al poco tiempo desaparece, quedando el retazo de ropa desteñida y sucia, sobre el piso del camión El cadáver se mueve cambiando posición, pero el cuerpo del hombre se fue reduciendo en pocas horas quedando su ropa abandonada bajo la loneta verde pegada al piso del camión. El hombre rubicundo calcula llegar al mediodía a la comisaría más cercana del poblado distante a solo cinco kilómetros.
Por distintas calles pero con igual destino, entran al mismo tiempo y a igual distancia patrulla y camión. Ambos se dirigen al puesto policial que está al final de una corta avenida de árboles gigantes y antiguos. El edificio es simple: una sola planta con entrada enlajada. Los portones se abren. La patrulla de policías entra por la misma calle donde luego estaciona el camión. La patrulla ata los caballos. El camión apaga el motor.
Se tomó la denuncia del hombre muerto. Pero en el momento que el policía preguntó dónde estaba el cadáver para verificar el finado, encontraron solo ropa vieja, sucia y mojada debajo de la loneta. Disgustada, la autoridad anuló un presunto crimen y todas las fojas escritas con los detalle que el camionero había contado al hacer la exposición. Camionero y policías terminaron mirándose, sin saber qué decir. No hay cadáver. Tampoco huellas que asegure que lo hubo en algún momento. “Sin cadáver, no hay asesino", aseguró complacido el comisario.
El hombrecillo de ojos anillados sigue frecuentando velorios con la misma tranquilidad de antes. Cambió de ropa. Está contento.
El camión se fue despacio abriendo los portones nuevamente y se perdió en calles transitadas. El preso caminando ya en libertad, se dio vuelta desde el portón, mirando la comisaría. “¡Sin cadáver, no hay asesino!”, repitió y caminó por calles transitadas; de su amigo nadie se acordó.
El hombrecillo de los velorios estaba otra vez en su lugar. Con sus ojitos de anillos blancos, el sombrero pegado a su piel y con el viejo traje hecho hilachas por el tiempo. Pero allí está. Firme, lamentándose de que su hija Inés no tuviese más vida para alegrar su desdichada pena, porque el tiempo también necesita de imágenes. Se estremeció de tanto recordar. Le gusta contar que Ella se fue con toda su vida encerrada en madera lustrada como queriendo recoger todos los recuerdos que flotan en esa inmensa paz del tiempo y buscando en la profundidad de la tierra un lugar para su secreto. “Una casilla invisible para el recuerdo”, remarca siempre el hombrecillo. Y piensa que la historia del cielo, el infierno y la nada no está aún contada, porque se mezcla en una extraña rutina diaria esperando que soñadores del mundo o los gestores de felicidad y los procuradores del amor, lancen sus reclamo gritando su nombre en los cañadones.
Jonás está convencido de que las palabras viajan con las nubes transformándose en tormentas que luego dejan caer lluvias de letras. Está absorto. Confundido. Supo entonces que en ese jardín natural la vida continúa. Está seguro que ha visto escapar dos hombres a caballo, dejando un hombre muerto en la orilla del camino. Sin embargo nada quedó de aquella visión. Tampoco se demostró que existiese un cuerpo. Caminó repitiendo su frase favorita, asegurando que no es la distancia la que separa, sino el tiempo que la mantiene lejana. Hubo un muerto que vio Jonás. Hubo dos hombres que lo dejaron en el camino que transitó Jonás. Pero sin cadáver no hay asesino y menos aún; asesino sin cadáver. Jonás aprendió esa lección mientras el hombrecillo de ojitos anillados y concéntricos se burlaba de él.
El Ingenuo
Naciendo / el llanto humedeció tus ojos / Y reímos en torno a tu cuna. / ¡Ojalá rías al perder las luces / Mereciendo te lloren en la tumba!
Ebn Al Rumì
¿Ingenuo? ¿Tonto? ¿O acaso una réplica de su propio origen? Jonás está ausente en noches cuando las sombras oscurecen las mentes de quienes dejan que los demonios invadan el recinto del alma: el alcohol, la lujuria, la noche de tormentosas escenas. Duermen deseos en las grutas del sexo. Envuelto en sábanas prolijamente cerradas, evita que abran su túnica e invadan su cuerpo. Sueña Jonás. Pasea por turbulentas vegetaciones del deseo dejando un hálito espeso buscando su presa. Semeja el animal liberado de su jaula. Entre multitudes concentradas, apiñadas en el vacío las bellas mujeres mezclan sus miradas con movimientos sensuales de caderas y dejan suspiros por cada paso perdido. Tienen cuellos delicados, senos turgentes, piernas y manos suaves. Flotan vaporosas en sueños y realidades del día y de la noche. Algunas caretas ocultan identidades de quienes se ofrecen sin decoro. Otras muestran el cristalino pensamiento de lujuria, en busca de ser correspondida, comprendida y capturada.
Jonás duerme entre las pesadillas que toda alma inquieta mantiene en el cuerpo. Nadie más en la noche. Está solo; aún, cuando otros fantasmas se pintan en figuras sin movimientos en telas vacías. Examina las pinturas. Queda siempre un halo de luz transparente iluminando el rostro limpio y descansado de la modelo. Sabe que la pertenencia de sus ideas viaja en senderos de gran luminosidad, contrastando con cuerpos desnudos, perfectos, de espalda insinuada en el nacimiento de los glúteos. Los senos se muestran presurosos al encuentro cercano. Las piernas abiertas esperan el contacto exacto del sexo correspondido. En sus sueños, vuelan las ninfas. Las hermosas ninfas que llevan sus cuerpos a destino, mientras la espera se torna deseosa al encuentro y a la tristeza por perderlas. No hay forma de conservarla en eternidad plena. ¿Cómo pueden desaparecer en el vacío todas las caricias y los actos y las huellas de noches y amaneceres donde los cuerpos despiertan relajados, sedados de esfuerzo y placer; o en los pliegues del lecho revuelto? Se han despertado en Jonás fuerzas ocultas que nacen de la vida. Jonás captura a esa mujer atrapada en el mismo sueño. El cuerpo espigado, la cintura estrecha y una cadera amplia armoniza con el busto contorneado y firme. No recuerda con claridad su rostro. Pero esa noche más oscura que cualquier noche de marzo sin luna o estrellas ocultas ha llegado. Un camino en la penumbra avanza hacia ese lugar custodiado por árboles de amplias copas. Las mentes confundidas ante lo inexorable mezclan libertad con imaginación, iniciando liberación al éxtasis. En esa habitación de lánguida luz roja, otras tonalidades decoran paredes desnudas de bronces atornillados simulando columnas en miniatura; burletes festoneados y una alfombra azul oscura. La cama redonda presagia un mundo circular que luego girará endiabladamente acompañando contorsiones de cuerpos encendidos. Resulta lo mismo estar de un lado que de otro; pero el centro es el más cercano testigo de la lucha del deseo. Se pegotean, se mezclan. Se pierde raciocinio. Todo pensamiento lógico pudo más que la piel y el enorme calor que los rodea. Hay gemidos y palabras que nadie comprende. Nadie escucha. El movimiento está ligado a la reserva de fuerza y el final queda sellado en cansancio y letargo. Un enorme espejo de techo fue el único testigo de la irracional lujuria. Espejo que memoriza cuerpos desnudos, húmedos y también rostros descompuestos y mutados, irreconocibles, olvidados después. Ella refleja en el espejo su espalda y sus piernas abiertas cabalgando el pecado. Los brazos estirados, tomando almohadas, desparrama su cabello como una última imagen de una araña que pica al hombre que yace abajo perdido en imágenes y sensaciones; como si una bestia contenida hubiese escapado de escena. Nada puede hacer o decir. Retiro y olvido. Regresa por el mismo camino hasta despedirse esa noche de sombras frías. Hubo un regreso arrepentido y sucio de Jonás. ¿Cómo podrá separar al hombre de la bestia? A veces, repite el mismo cuadro, las mismas escenas y el mismo resultado. El tiempo roba rutina. Sin planes, sin promesas los recuerdos se van perdiendo. Esa vivencia desapareció como si diera vuelta la hoja de un libro. Nada se supo después de ese encuentro. Ella desapareció. No hubo búsqueda, tampoco encuentros futuros y tampoco relaciones programadas. Nada. Solamente olvido para Jonás, tras largos meses alejados. Perdieron un almanaque. Aquel año nuevo que prometía ilusiones se derrumbó. Rompió el festejo inicial. Nada quedó. Ella no dio señales. Pero llegó el día de la venganza del pecado. Se presentó sin anuncio. Desde aquella noche pasada y olvidada ha quedado silencio absoluto. Ahora despunta un globoso abdomen que habla al mismo ritmo de los labios de aquella mujer que ha tenido placer junto a él. Pero nada más. Está mostrando el fruto de esos desvíos. Habla sin parar, desafiante; dice que sus decisiones han sido tomadas en soledad; que no consultó a Jonás por temores, temores que no supo expresar; que imagina la palabra de él, como una sentencia. No quiere escuchar una sola frase que deje sin posibilidad de concebir esa forma clandestina. Allí quedó plasmada su inconsciencia, traición y venganza. Esta vez sin regreso.
Sobre la mesa están las pinturas de Goya. En una asoma Cloto, Láquesis y Átropos. Las parcas hijas de la noche que están cerca, tocándose apenas con sus manos sin poder reaccionar. Se burlan de Jonás. El mundo da vueltas. Todo parece irreal, fantástico, increíble. Jonás balbucea. Es incapaz de coordinar palabras con su pensamiento. Aparecen furias que no pueden expresarse. Y dolores del alma. Del alma herida que no podrá cicatrizar nunca más. Hay un agobio; desesperanza, confusión. Nada parece corresponder a esa escena trágica, que luego marcará la vida de quienes tuvieron el acto ciego e irracional. Están mudos, mirándose, estudiando cada gesto, buscan encontrar una repuesta exacta o la palabra que rompa un silencio que se prolonga. Entendió Jonás que ha sido robado. Que no ha participado en decisiones y que aún en la trampa de esa noche hubiese correspondido al menos, saber lo que había pasado. Fue la decisión de uno solo. Cobardemente, de uno solo. ¡Ella!, ella sola. Jonás percibe la burla del silencio y no sabe si hay complicidad de terceros. Le arrancó un pedazo de ilusiones, aunque sabe que también es culpable, responsable de por vida. Sola una vez había poseído a esa mujer. Esa vez fue la que hoy enfrenta nuevamente a Jonás. Ella desgarra cruelmente un informe estudiado con frialdad. El martillo de culpable, ‘tac, tac’, está en la mesa. Cada golpe retumba y ensordece a cuanto ser estuviese a su lado a lo largo de los días. Las noches se transforman en largas e interminables agonías. Las horas en pesadillas de presencias oscuras. Su alma está opacada, aplastada por un hecho insólito, inesperado y final. No hay perdón que pudiese alcanzarlo. Él no puede perdonarse. Su vida a partir de ese momento se transformó en una rutinaria supervivencia; así, marcado para siempre. Viaja de ahora en más en tormentos, remordimientos y temores. “¡Me robaron!”, aseguraba Jonás. “Me robaron. Desgarraron mi vida. Me robaron”, pensaba desconsoladamente en silencio. No hay paz; no puede sentirla. Tampoco perdón. Se siente un miserable. Su rostro se desdibuja cada mañana en miles de formas que da el espejo con figuras geométricas cambiando lugares. Trazos, confundiendo ojos con bocas y orejas. Es una pesadilla insoportable que trata de olvidar. No puede. Dibuja figuras. Todas en desgracia. Sin rostros. Figuras de límites, mezclados sin matices. ¿Qué será de su vida de ahora en más? Quiere borrar esa realidad; comprender su verdadera dimensión. ¿Cómo es posible tener lo que nunca pidió, o querer lo que nunca se quiso? No obtiene repuesta.
Colores verdes, rojos, azules y blancos, mezclándose sorpresivamente en sus ojos. La vista nublada. Movimientos de sombras. Queda refregándose con sus manos los párpados, trata de escapar a la realidad que vive. Hay espinas clavadas en su pecho. Duelen. Lleva sus manos tratando de arrancarlas, pero son profundas, imposibles de extraer. Espinas clavadas en su corazón laten rápidamente, tratando de recordar que la vida pasa más deprisa en momentos álgidos. El sudor frío lo invade. Camina hasta una laguna mansa donde algunos cisnes blancos flotan como boyas de pescadores de mar. Los árboles reflejados en el espejo de agua mansa permanecen inmóviles. Allí encuentra la paz que dura más que su propia guerra. Luego se retira cabizbajo, enojado consigo mismo, dolido de tanta vergüenza; bloqueado para razonar con libertad. Ha quedado hecho piedra, estático, inmutable, perdido en pensamientos mezclados entre una profunda tristeza y una cruel pesadumbre. Esa noche de sombras y figuras desteñidas ha sido tal vez el inicio de una pesadilla que parece no tener límite. Día tras día; mes tras mes, año tras año miles de figuras lo acompañarán desde las sombras. El espectáculo del dolor. Imágenes extrañas, movimientos de alas con espinas, buscan un cuerpo donde descargar sus púas. No hay monje de hábito gris que pueda dar palabras de consuelo y los cordeles que rodean la cintura tienen nudos más fuertes que los nudos de su garganta que ahoga el grito de protesta o de lamento. Ha quebrado su voluntad, quedó vacío. Cayendo en abismos de interminable fin, su vida está destrozada. Los días en secreto. No sabe aún cuales serán los dedos que lo acusarán miserablemente de su desgracia. Tal vez el primero, sea el propio; el de sí mismo, el de su propia verdad que trata de postergar como agonía de moribundo. Busca alternativas. Busca la forma en que su culpa deje de ser cierta. Evita que ese tormento lo asfixie, permitiendo un respiro piadoso a un alma castigada para siempre. De ese luchador soldado de duras batallas cayeron armaduras una tras otra en silencio. Jonás continúa sentado en el banco de madera mirando un punto inexistente. Cubierta está su cabeza con el casco acerado por un tiempo que no encuentra consuelo. Le esperan tiempos de grises designios.
Maestros y Pinturas
Juguemos, bebamos. / Con mi canto este valle / Espero que algún día / Logrará nombradía. / Convidados,/ Muchachas / Esta halagüeña idea / Prueba de mi amor sea, / Mesihi, cando posas / Entre niñas purpúreas como rosas.
Mesihi
A partir de ese momento Jonás fue pura tristeza. Enfrió su corazón. Curiosamente el dolor que lo hirió abrió el camino al arte. Comenzó a pintar simulando genialidades de un Cézanne, Van Gogh, Rembrant, Goya. Son sus maestros y sus guías. Jonás se incorpora al color a los óleos de contraste. Sus pinceles dan trazos firmes a sus imágenes muchas veces detractadas por ser incomprendidas, pero demuestra, que está en su momento de mayor creatividad. Se encierra en su arte. Su desgracia es incorporada en las partes oscuras de sus cuadros, con sigilo, con esmero cuidadoso. Mantiene vivas pesadillas y profundos temores a pesar de haber abandonado el alcohol. Sueña imágenes de gran contundencia y contenido. Es un privilegiado. Despierta en madrugadas reconociendo su propio sudor con una ansiedad casi enfermiza. Inicia cuadros, láminas y otras pinturas. Jonás está en la etapa de mayor producción. Sin embargo, un hielo en su alma le impide festejar como antes sus locuras y placeres.
Malena no permanece distante. Cuando Jonás pinta, ella percibe el suave recorrido del pincel sobre la tela virgen. Está segura de que cada movimiento realizado por Jonás, es acompañado por alguna memoria onírica inconsciente por indicación de sus maestros. Está segura de acompañar un genio. Jonás pinta, dibuja, crea con tanta naturalidad que parece estar en un mundo exclusivo, al que nadie puede acceder. Se vuelve como Cézanne, un hombre torpe, tosco y de mal humor. Jonás mira con detalle el rostro que dibuja. Una frente amplia, ceño fruncido y una progresiva calvicie que hace de su frente un extenso papiro desnudo. Contrasta con una barba tupida y gruesa. Tal vez su infancia fue quien selló su obra, al igual que sus sueños y tragedias recientes. Está seguro de que en sus pinturas enmarca el color antes de pintarla, recuerda cuando conoció las pinturas de Van Gogh comenzó una etapa nueva en su arte y también en sus costumbres.
El expresionismo y el cubismo inician prácticamente nuevas ideas y cualidades. Jonás se deja influenciar. Acepta los desafíos de los cambios. Admira las pinturas donde se incorpora color y perspectiva; como en las bañistas acompañadas de suaves curvas de sus modelos que a pesar de desear entrar con sus enormes trajes de baños al mar, lo hacen protegidas de un colorido paraguas o parasoles de esa época. Todas tienen y muestran, impúdicamente, un delicado tobillo, así como también un delgado y femenino cuello. Esa armonía sensata, contrasta con el estado anímico de Jonás a veces influido por el terrible Goya Lucientes, que cambia el color del paisaje por una dramática muerte de fusilados en la cúspide de la montaña de Príncipe Pío. Tres cuerpos gritando con desesperación para salvarse de los verdugos, seis soldados temblorosos que levantan sus fusiles, apuntan y ejecutan a los condenados; buscando acallar los gritos desesperados de quienes caen sin vida. Jonás hubiese deseado estar con ellos. Un público avergonzado se dibuja y pierde el resto de la noche. Tapa sus ojos por vergüenza. Vergüenza por permitir masacres cerrando oídos para no escuchar el desgarrador grito del lamento. Vergüenza también por no haber evitado tamaño fusilamiento sin haber concedido posibilidad alguna de defensa. Goya es implacable. Jonás sufre.
¿Cómo un hombre de tanta crueldad, que mata sus propias creaciones pudo pintar una bella y enigmática mujer posando recostada para el mundo mostrando una delicada sensualidad? Jonás entendía. Sabe del contraste que sufre el pintor tradicional en una corte, al más sutil observador de las guerras. Esto le permitió incorporar tragedia a la belleza, por momentos iguales pero en ámbitos distintos. Aún en la guerra y en las crueldades de sus actos, encontró belleza para pintar sobre sangre derramada inútilmente Cambia colores transformándolos en crudas imágenes ofrecidas al mundo y demuestra ferocidad en los enfrentamientos. Silencio de muerte. Siempre el color; el dolor y la muerte. Jonás busca desesperadamente otros horizontes, otros colores, otras formas. Intenta también incursionar en el muralismo, porque los espacios se le hacen infinitos y puede seguir pintando el mismo cuadro año tras año, dolor tras dolor. Un cuadro infinito. ¿Podría, acaso, Orozco como padre del muralismo influir en Jonás?
Sí; logró en sus frescos llevándolo a esa fuerza inconfundible de la revolución, agregando a la seriedad protocolar de funcionarios atrapados en frac negros, pulcros. La ideología de la liberación, contrastando con las suaves líneas de rostros de niñas. Jonás pinta, en cambio, el triunfo de la esperanza, que en definitiva es la síntesis de su lucha interna. “¿Cuántas ofrendas entregarán estas mujeres y con qué delicado candor?”, se pregunta. ¡Qué misterioso es el hombre! Cuántas cosas faltan aún de retratar. Jonás piensa que, tal vez, si fuese el anatomista Deyman, podría alguna vez contestarnos. Él investiga cuerpos, se introduce en ellos, pero nunca en sus almas. Sobre un cuerpo inmóvil que yace sobre el mármol frío, manchado de autopsias, pasea Rembrandt, ante la curiosa audiencia compuesta de filósofos y un clero disfrazado de ciencia, presto a acusar de hereje a quién ose dudar de la excelencia de Dios. Jonás piensa cómo hubiese hecho Rembrandt para pintar al viejito de ojos concéntricos, encontrado en las orillas del camino. Por eso deja que una túnica blanca, más blanca aún que la que cubre el cadáver, deje zonas para investigar, para que todos aprendan que las miserias del alma o del cuerpo, están tan ocultas, y que ni aún con el cuchillo más filoso podrán exteriorizarlas. Jonás es capaz de representar esa alma. Esa es la diferencia. Algunos escuchan reclamos observando intimidades del cuerpo sin el fluir de la sangre que les hubiese permitido comprender el ruidoso silencio de enfermedades ocultas por piel. Tal vez, si hubiese existido en ese entonces el oráculo de Delfos; la pitonisa hubiese profetizado otra ciencia, y también, otros misterios, haciendo escuchar voces distintas en los recónditos espacios del Parnaso. Jonás asegura con vehemencia que fue Constantino quien destruyó la sabiduría de los dioses en la tierra. Pero también quedaron testigos de tamaña hazaña y vergüenza. Otros, como aquel escultor, pintor y arquitecto privilegiado por los tiempos y los siglos: Miguel Ángel. “¡Miren!... —grita Jonás a su grupo de pintura— Michelangelo pintó la sibila de Delfos en donde no solo predijo lo que seguiría en el mundo, sino también protegió sus ciencias con el brazo como tratando de dejar en claro, que no es solo el papel escrito lo que marca el mundo, sino también, lo que uno entiende. ¡Créanme!—repite con ojos desorbitados ante una audiencia perpleja—: Si él pudo pintar en la Capilla Sixtina, dejando plasmado en colores y movimientos, la historia Bíblica hasta llegar al Moisés; también pudo colocar al hombre como el modelo perfecto de la creación; y a su vez, esculpir el David, con la opulencia de la perfección, para llegar al esclavo; sugiriendo que el hombre con su poder, aún en toda su plenitud, quedará siempre esclavo, a pesar de la abundancia.”
Jonás sabe mucho de esto. Y prosigue hablando sin parar, ante el selecto grupo de discípulos. Razona arte, razona vida, trata de encontrar explicaciones a interrogantes que siempre tuvo y traslada a sus alumnos cada vez más intrigados: “¡Miren!.. Las turbulencias de los siglos las capturó Van Gogh en sus delirios y locuras rayanas a la cordura más cruel, pudo llevar en sus óleos las pinceladas de movimientos concéntricos, buscando siempre el origen o tal vez el final que él siempre anhelaba encontrar antes que lo atrapara su muerte y los vahos del alcohol”. La enfermedad y el placer. Jonás se compadece de Van Gogh. El color y movimiento caracteriza su obra al igual que su vida tormentosa y desequilibrada que lo lleva a terminar con ella, apagándose al igual que sus girasoles que deslumbran con suaves sombreados de color el intenso movimiento del pincel, cuando son cosechados. “Es un genio deshecho”, dijo Gauguin cuando le preguntaron por su amigo con quien tuvo el privilegio de convivir tiempo antes de su primera internación. Jonás delira sabiduría. “¡Soy un pintor deshecho!¡Fíjense! —dijo con tono sorprendido—, Gauguin regresó a sus islas de Oceanía, buscando lo que luego sería su obsesión: los cuerpos y las almas de la mujer maorí”. Es cierto. Siempre las pinta con sus hermosos pechos descubiertos, sensualmente delicados, misteriosos, festejados por collares de frutas y flores de millones de colores que la imaginación del hombre permite plasmar en el arte, llevan sobre sus cabezas frutas más frescas que un cuerpo pueda llevar. ¿Cómo es entonces que los pintores pueden atrapar movimientos y colores de la naturaleza? Ese es el privilegio envidiado por quienes al no poder grabar nunca lo que ven; optan por comprarlo. Como si en ese acto se llevaran la vida misma del artista o la historia no escrita de su vida, abandonada en el tiempo o tal vez, como en el caso de Jonás, en las sombras de quienes habitan las laderas solitarias de montañas, donde los genios festejan ocurrencias. La vida es la secuencia de cuadros pasados, Jonás lo sabe, por eso está pintando de memoria la isla de los Pájaros; un islote de piedra y musgos verdes con cientos de aves de todos los colores y tamaños, comunicados con la impunidad absoluta de su vida. Está asustado, aterrorizado, envuelto en un sueño de vigilia que lo captura como la misma imagen de esa ave que dibuja su rechazo al cielo. “¡Lo veo!”, se dijo Jonás a sí mismo. “¡Lo escucho, puedo dibujarlo y plasmarlo en color!”, finaliza entusiasmado, mientras mezcla óleos y pinceles. “¿No es herejía lo que estoy haciendo?”, se pregunta Jonás. No habitan en sus visiones demonios alados, ni tentáculos, ni finas lenguas lacerantes de dragones; ni manos filosas como cuchillos que descuartizan criaturas anónimas abandonadas en patios. Tampoco puede ver cascadas de colores con manchas y formas de negras capas en los sombríos rostros que se ocultan a la vista y los sentidos. La herejía que comete Jonás, es haber visto más allá de esa realidad que lo atormenta. Dicen siempre sus amigos pintores y poetas de amaneceres literarios de arte: “Su locura... está reflejada en la sutileza del pincel”. Jonás redobla esfuerzo en la pintura. Tiene la inspiración en su máximo esplendor.
La compañera
Al principio deslumbró / Los ojos con su luz viva / su noble frente a los astros / majestuosa se volvía / reflejando el azul cielo / en sus hermosas pupilas / El esplendor de su voz / más poderosa y más rítmica / que el vasto rumor que dejan / las olas estremecidas como cinturón de flores”
Augusto Barbier
El campesino permanece sentado en la vieja reposera de madera. El respaldo de esterilla desgastada y ajada por el tiempo lo mantiene con su torso erguido encendido por luces de años, custodiado por dos grandes borlas desgastadas finamente talladas. Juan de Dios esta vencido; abandonado al dolor digno de su propia vida pensando en su pasado, trata de recuperar memoria colocando sus dos manos apoyadas sobre la cabeza y las piernas desalineadas echando raíces al suelo desde sus rodillas. Es el retrato perfecto del descanso. Un hombre cansado de caminar sobre heridas de tierra arada. Sus pies, cubiertos con zapatones de punta y taco cincelados en madera de cedro abandonado. Cientos de ladrillos desnudos en la pared, muestran el revoque caído hace mucho tiempo, y los bordes de la estufa de leña permanecen tiznados por fuegos y brazas encendidas sobre la cual cuelga una cadena sosteniendo la pava de agua tibia que él pide diariamente para sus bebidas y caldos reconfortantes en tardes frías y desoladas. Ha caminado esos surcos una y otra vez y también, pisado cada terrón de tierra esperando ansiosamente una semilla. Juan acostumbra llevarlas en delantal recogido y las esparce con ademán seco, provocando su vuelo caprichosamente buscando pequeños huecos de la tierra hasta que la magia del tiempo permite más tarde reventar sus bulbos desde ese lugar subterráneo en raíces de frutos otorgados sin pedir nada a cambio. Un humilde ropaje cubre el cuerpo sudoroso del trabajador orgulloso. Lleva tierra y barro adherida a su piel. Juan mira las semillas como si fuesen su única fortuna. Les habla antes de lanzarlas. Su rostro premiado por huellas de la vida, deja que los poros de la piel respiren madrugadas y atardeceres. El hombre merece sentarse en la oración a comer su pan, porque ese trabajo siempre fue historia. En días de gracias, de gracias al Señor, Juan de Dios cumple acudiendo cada domingo al templo del poblado junto a campesinos reunidos en esa iglesia mitad piedra y mitad madera. En su cúspide, una campana herrumbrada llama cada mañana de esos rutinarios domingos. La capilla está enclavada entre árboles, sus brotes pintan primaveras. En ese recinto se juntan todas las semanas, habitantes solitarios de esa tierra. Juan de Dios y Encarnación están entre ellos. Los ventanales protegidos con vitrales de colores enmarcados en pequeños cuadrados de plomo, dan una imagen de prolijidad desconocida. Los rayos del sol atraviesan el cristal desprendiendo luces de colores para luego transformarse en figuras y plegarias. Santos y santas viven eternidades del mañana o del pasado. No tienen más el gesto bondadoso de quienes se despidieron en vida, de la vida misma, dejando escrito en hojas marrones, pensamientos sintetizados con tinta oscura y negra que en manos de sabios nacen con propiedad y mesura. Se alumbran los candelabros de bronce, manchados por una caprichosa cera derretida como serpentina. Busca descanso en su propia ruta. Una cera de superficie delicada imita movimientos del viento. Las llamas flamean distraídamente. Mientras tanto Jonás, convertido de campesino a pintor, regresa a su tierra. Se parece a Juan de Dios. Es un hombre intrépido.
Jonás dormita su historia. Su compañera cuida sueños y pesadillas. Ella está a su lado, desnuda en la penumbra con un hermoso cuerpo destilando frescura. La cabellera de largas trenzas desarmadas para noches de placer, cubren su vergüenza a pesar de que sus senos iluminan la habitación en la oscuridad. La aldea descansa en silencio. Casas y calles desiertas. Techos de tejas rojas desteñidas por el sol. Viviendas con chimeneas escupiendo humo y fuego. En ese imponente marco el campesino pintor se retira para regresar al continente de las luces, al continente de la música y las letras. Si estuviese en las orillas de un mar se iría lejos, en un barco de escuálidas barandas que permitieran filtrar la brisa marina sin rumbo o destino. Naufraga hacia un horizonte sin fronteras. El hombre está cubierto por un saco azul, con sus codos vencidos, rotos y zurcidos. Lleva un sombrero chapaleado de alas levantadas, para que los sonidos se ahoguen en telas vírgenes. La intensidad de la luz del sol se debilita protegiendo los ojos de mirada triste y lúcida. Jonás percibe el color cuando estalla. El color resalta las formas de figuras encontradas en nuevos dibujos. Jonás sin querer casi intuitivamente traza pinceladas parejas, dando un movimiento especial en cada trazo borrando arrugas del rostro cubierto de colores perfectos, confundiendo su barba pelirroja con el color de brazas incandescentes mantenidas en largas noches de frío y misterio. Allí está el campesino pintor.
Jonás mantiene la obsesión de una casa amarilla, en esos sueños donde se ve a sí mismo dando pinceladas finas. Puede entonces captar la inmensa llanura sin fin, discontinuada por grutas naturales. A su lado, emergen empalizadas con varillas recortadas y unidas para hacer un cerco que impide la investigación a cualquier espectador. Todos pueden entrar al paisaje sembrado, encasillado con ligustros que rodean sembrados de trigo, cebada cortada y cosechada en inmensas montañas doradas. Las semillas se esparcen sin complejo en lluvias de granos cayendo benditas. La vieja carreta espera trepada sobre un eje de acero herrumbrado. Sostiene un amplio y añoso cajón de madera. En él quedan algunas espigas de trigo que siempre acostumbran a retratar los noveles del arte. Jonás esta cada vez más arraigado a sus afectos. Sueña Jonás en esa habitación austera. Tiene todo lo que un ser común puede aspirar. Una vieja cama de roble acuna el colchón de lana peinada. Aún cuelgan de sus percheros el toallón de baño y alguna ropa olvidada. Al lado de la ventana, el espejo pendiendo de una cuerda que busca equilibrio. El espejo siempre acompaña el artista porque en él, el rostro se pinta en años dando seriedad al recuerdo. Dos botellas de licor y una palangana descansan sobre la mesa; el agua que supo refrescar su rostro se vierte del botellón extraído del cántaro de barro horneado. Decenas de geranios, llevan sus brotes al mismo lugar donde se encuentra el viajero y pasa por esos cristales que separan el viento y ruido. El jarrón, pintado con antiguos y pequeños trazos de óleos, contrasta con el amarillo dominando un mensaje de otoño permanente.
Campesino y artista son ahora una sola persona. Nadie puede separarlos. Tampoco decir quién es quién: Jonás en su delirio, o Van Gogh en el espacio de locura. El mismo espacio onírico cuando en otoño perdió su oreja cortada por el filoso cuchillo de la incomprensión. Es allí donde la sangre roja se mezcla en colores. Finalmente, su mente enfermiza fue capturada desde un asilo donde impactó el quiebre de su vida, sin momentos de lucidez. Jonás descubrió las pinturas de cipreses; duraznos, lirios y girasoles con movimientos desconocidos por el hombre. Se mezclan; juegan, se cruzan, llenan de vida naturalezas muertas. Los lirios hablan de desdichas, temores, pesares, moviéndose desordenadamente buscando propios retoños. Igual que los árboles en las raíces de la tierra, el cielo gira siguiendo notas de un piano enfurecido que golpea la misma naturaleza.
Días incandescentes de sol. Noches estrelladas de luna. Nubes y sombras. Luces celestiales derrochando vida, fuerza y magnetismo. Naturaleza deseada sin la menor duda para escapar del marco que la contiene con cipreses orgullosos; mientras los campesinos caminan cansados como Juan de Dios. Como Jonás, como Pedro, a su regreso con la pala atenazada en sus manos, o las varillas afirmadas sobre hombros arrebatados a los surcos abiertos. La tierra fecunda, busca afianzar su presencia. Mientras cierra los ojos toma alcohol y suma su voz a la oración con sus amigos bebedores. Las tardes sepultan el día de hombres agotados. Descubre Jonás a Johanna, la mujer de enigmáticos labios y puede medir el avance de la locura que Vincent perpetuó en ella para no dejarla más.
Malena ve a Jonás. Pronuncia palabras que la obliga a mover lentamente su boca y solo atina a dejar que sus lágrimas caigan en sus mejillas al ver que ya nada puede hacer para que él regrese al mundo de los sueños. Al mundo de las pasiones. Al mundo de los caminos que lo llevarán tal vez a la iglesia de Aburres. Los rayos del sol se bifurcan y atrapan pilares de mármoles tallados. El vitral de colores deja que las luces atraviesen su fragilidad lanzando gamas del arco iris, mientras las campanas retumban en medio de ese caserío olvidado. Esa llanura amarilla de girasoles incansables busca el sol que tanto añora nuestro artista. Jonás descansa en esa marea de formas humanas. Encierra su cuerpo tranquilo y cansado. Jonás sabe que la tierra que cubre su vida, dejará en la cabecera de un pequeño peral en flor, los años que más tarde darán frutas en girasoles y cipreses pequeños. Flores amarillas llevadas por millones de estrellas bailando en la noche. Jonás espera pintar su vida de amarillo, Malena alcanza el pincel de la vieja casa.
Maten al fantasma
Lo importante es la memoria de los errores que nos permite no cometer los mismos siempre. El verdadero tesoro del hombre es el tesoro de sus errores, la larga experiencia vital decantada gota a gota en milenios. Por eso Nietzsche define al hombre superior como el ser de la más larga memoria.
José Ortega y Gasset
El joven del pincel mágico, de las formas, de los colores. El joven pintor transformando fantasías en realidades palpables. Maestro de ciencias y arte sin libros o escrituras. Alumno de su propia leyenda, arte, y armonía. Pinta paisajes de otoño en colores ocres. Mientras Malena, abandonada a su propio mundo, es castigada por el tiempo. Cientos de hojas secas abonan la tierra cubriéndola. Simulan una alfombra delicada. Emergen árboles solitarios con delgado tronco, agitándose furiosos por el viento. “Debo ofrecer rosas amarillas y rojas”, piensa Jonás mientras captura el momento. Siempre tuvo admiración por las majestuosas imágenes del otoño; sus colores intensos y los mensajes llevados en cada hoja al interior de su alma. Nadie puede quitarle el perfume que la envuelve. Tampoco su historia.
En la noche, luces fijas de candiles y velas gastadas consumidas en filamentos de cera escuchan historias de ese joven hecho hombre en los caminos de la vida. Caminos de magnificencia. De intensidad, que no admite permuta entre llanuras y montañas. Horizontes con niebla opaca de amaneceres fríos. Las nubes protegen caseríos, invadidos por historia. Cañadones de piedra afilada esconden sonidos de aves, que cantan en las sombras del corte vertical de la piedra desnuda. Abajo; serpentea un lecho rebelde de agua fría del deshielo transformado en verano. El caudaloso y rugiente río cubierto de tempestuosa espuma enfurecida por intenso recorrido. Senderos de piedra cruzado por mulares y caballos de cascos calientes golpeando cientos de piedras en caminos de peregrinos. Caminos de peregrinos, peregrinos vagabundos. Caminan, escuchan clarinetes imaginarios. Música extraña. Quejidos milenarios patinando superficies lisas de rocas grises salpicadas de manchones verdes, en bosques de araucarias elevándose al cielo, tratando de sostener nubes quietas. Los peces buscan el anzuelo del niño con la caña de pescar que espera capturar el alimento en la profundidad de los remansos. Hombres y mujeres de pieles curtidas. Visitantes diarios de días soleados. El viento continuo castiga rostros. En esas tierras sedientas de agua, los arenales y el pedregullo, se mueven en búsqueda de reparo mientras los caminantes del trabajo, pasan y pasan. Una y otra vez por iguales senderos cavando las superficies del camino alisando un paisaje y buscando el final de plegarias solitarias en cuerpos cansados por trabajos de campo. Los cántaros porosos de barro guardan agua fresca para quienes atesoran sed en el trajín del día terminado. Jonás está finalizando su pintura del viejo poblador abandonado a su destino. Cierta vez lo dibujó cuando miraba el cielo llevando sus rasgos duros y audaces hacia un infinito con una barba blanca agitada por el viento. Ese rostro se confunde con historias secretas del lugar. Hombre nacido en piedra haciéndose viejo, junto a los árboles que hoy tienen ramas secas.
Jonás deja que el último color de sus óleos tenga el movimiento clásico del final, facilitado al girar el pincel en semicírculo. Finalmente incorpora imaginariamente al cuadro terminado la impactante cordillera. En ese momento. En ese lugar; alejado a doscientos metros, la casa de Juan de Dios. La llegada ostentosa de cinco vehículos militares. Verdes de color. Redondos de forma. Todos con acoplados. Lonetas duras cubren tablones que transportan sentados soldados armados con fusiles, apoyados sobre el piso a pesar de la tierra y el polvo. Soldados obedeciendo órdenes emanadas de un hombre redondo de cara y cuerpo. Rubicundo y desagradable: escupe odios y amenazas. Palabras e insultos. Desplaza rápidamente más de veinte soldados y cierra los caminos que confluyen a la casa de adobe. Se acerca a la puerta martillando su fusil y a la voz de un ‘¡ahora!’, atropella la puerta dejando que la madera sostenida por delgadas bisagras caiga sin contemplación, a la vez que se escucha el primer grito de Encarnación, ante un Juan de Dios resignado a los acontecimientos inesperados. Juan de Dios mira sin expresión de asombro a los furiosos seres recién llegados.
—¿Dónde está Jonás? —pregunta enfurecido el hombre gordo y rubicundo.
Encarnación continúa gritando asustada, llora porque el temor y el miedo invaden su cuerpo semidesnudo. Juan de Dios responde con un seco:
—No lo sé.
Entran siete hombres vestidos de verde, como la loneta del camión; con fusiles, como los que traen los soldados del camión; con rostros idénticos a los pasajeros del camión. Dieron vuelta camas, placares y mesas. Rompieron las puertas del baño y también de las habitaciones. Su interior fue revisado descuidadamente rompiendo todo aquello que no tuviese una explicación firme para ellos. Los vidrios de las ventanas crujen, caen en mil pedazos. Jonás no está. Jonás no puede responder las preguntas del furioso gordo rubicundo, porque sencillamente no está. Toman entonces a Encarnación de los pelos; la suben violentamente sobre la mesa del comedor. Atan sus manos y sus piernas. Desgarran sus ropas, dejan que su cuerpo tenso emerja obediente ante miradas de soldados vestidos de verde que asisten asombrados ante esa mujer sobre una mesa desnuda. El gordo rubicundo comenzó a preguntarle por Jonás, mientras acaricia los pechos rellenos de Encarnación. Encarnación llora confundida. Desespera. Juan de Dios lleva su mano a la cintura, busca el mango de su facón filoso. El gordo rubicundo mete la mano entre las piernas de Encarnación y a los gritos exige que le diga en donde está Jonás. Juan de Dios saca el filoso cuchillo. Se abalanza sobre el gordo rubicundo vestido de verde y alcanza a cruzarle el brazo izquierdo con un certero puntazo. Fue lo último que hizo Juan de Dios, porque en ese mismo lugar recibió la metralla de plomo de seis soldados, El rubicundo jefe vestido de verde, que sangraba su brazo, ríe al ver saltar el cuerpo de Juan de Dios, entre polvareda de balas, sangre y tierra. Encarnación fue acribillada por gritar; por llorar, por ser quien nunca dijo palabra alguna. Ambos cuerpos inanimados dejaron el rancho arrastrados por soldados obedientes, todos vestidos de verde. Sus cuerpos inertes y sumisos por estar ausentes de vida quebraban el silencio de esa habitación humilde entre olores a pólvora, polvo y sangre. Ambos fueron enterrados atrás del rancho en un foso común, donde quedaron también los cuerpos de sus dos perros perforados por ladrar. Quedaron tapados con tierra y piedra en el silencio de una negra oscuridad. Jonás a cincuenta metros de esa tragedia permanece paralizado detrás de una piedra lisa y tan grande como su miedo. Jonás queda así hasta el anochecer. Cuando la casa queda sola y el último vehículo militar se retira llevándose algunas pertenencias como botín de guerra. Recién entonces Jonás baja. Llega al rancho. Jonás está bajo el marco de la puerta vencida al lado derecho de su última pintura colgada en la pared oeste del comedor. Es un rostro viejo que mira el cielo con expresión triste y ausente. Ahora es él quién se mira a sí mismo reflejado por la cara de terror del viejo espejo despulido. El llanto contenido y sus gritos silenciados de un auxilio que nunca supo como salir de ese cuerpo tan rico en arte pero sin preparación alguna para enfrentar lo que sus ojos han registrado: la muerte. Una muerte vestida de verde. Con armas cubiertas de polvo y tierra. Y un enorme hombre gordo, rubicundo que había matado a sus dos seres queridos dejándolos envueltos en una sucia sábana teñida de rojo en el mismo foso de sus dos perros. Jonás no puede caminar. Menos pensar y pintar. Jonás esta quieto. Su cuerpo rígido como piedra. Pudo llorar. Se desplomó en el piso, se revolcó de dolor y se enfureció consigo mismo por no haber hecho nada más que ver la muerte. Y lloró; porque ahora quiere llorar como si el llanto tuviese un solo momento para aparecer en la vida. Jonás ha quedado exhausto a lo largo de horas dedicadas solamente a pensar y duerme hasta el amanecer.
El rancho de Juan de Dios y Encarnación está definitivamente en la sombra. Jonás pasó una noche en blanco sin sueños mágicos, sin monstruos que lo asediaran, sin ángeles que siempre traían mensajes de las montañas. Jonás despertó pensando que todo había sido parte de sus fantasías, parte de sus ilusiones antes de pintar. Sin embargo, la tierra humedecida de sangre le anuncia que él, Jonás, el pintor de las montañas, se ha dormido en esa casa, la casa de Juan de Dios. Algo pasó y ese algo fue, casualmente, la muerte de Juan de Dios y Encarnación bajo una metralla cobarde por su forma, vengativa, inhumana. Jonás decide que debe desenterrar los cuerpos perforados de bala para darles cristiana sepultura. Sepultura en el cementerio del pueblo sin velorio, sin invitados. sin parientes. Velados en soledad con esa muerte cobarde que ha llevado sueños eternos. Jonás quitó la puerta, la puerta del rancho de Juan de Dios que en realidad solo está apoyada contra el marco, porque las bisagras han saltado con la patada del rubicundo hombre verde cuando se introdujo sin autorización al interior de la casa preguntando a viva voz por él, por Jonás. La puerta cayó pesadamente. Muestra signos de haber sido baleada; las astillas y agujeros así lo demuestran. Las paredes también están salpicadas de impactos dejadas por balas perdidas. Hay sangre en el suelo y en la pared. Sangre roja, como el rojo de la manta que cubre la cama. Sangre sin nombre; porque pertenece a cualquiera de los dos asesinados. Jonás va al patio trasero, abre la pequeña puerta de madera que custodia herramientas rurales y saca el pico y la pala. Desentierra los cuerpos. Los viste, los cubre con sábanas blancas y limpias y los sube al carro de madera del establo. Busca los arneses y trae el viejo caballo de tiro que pasta sin saber lo que pasa. Va Jonás con dos cadáveres al cementerio que está a unos cuatro kilómetros del pueblo. Va solo, con su carro y dos cadáveres cubiertos de blanco. A mitad de camino, alguien ve esa extraña marcha y se acerca como simple curioso. No tarda en adivinar que se trata de una solitaria marcha fúnebre. El curioso campesino corre espantado y lleva la novedad al pueblo que aún se mantiene dormido. Luego de clavar el filo del pico para iniciar la tumba de Encarnación, Jonás se ve rodeado de pobladores que miran absortos la escena y al muerto que espera turno para bajar a las raíces de la tierra. Cuatro hombres se ofrecen para ayudar a un Jonás impedido de hablar. Son ya cinco los que cavan la fosa. Cinco los que luego toman delicadamente los muertos bajándolos al fondo de la tumba, cubiertos con una sábana blanca junto a otros recuerdos. La tierra tapa la fosa entre rezos de mujeres que ahora acompañan a los hombres. Entierran dos cuerpos muertos de bala por el verde hombre rubicundo que da la orden de matar. Jonás coloca en cada tumba un pincel y deja parte de su arte enterrado junto a sus afectos. Luego regresa con el carro y el caballo por el mismo sendero que lo trajo.
Regresa el joven hecho hombre al rancho de Juan de Dios y allí, con restos de unos carbones secos, dibuja sobre paredes blancas perforadas de balas los rostros de Juan de Dios y Encarnación como homenaje a quien ha conocido y respetado hace ya muchos años. Finalmente Jonás busca su ropa, la introduce en el bolso de cuero y luego de trabar la puerta lo mejor que puede, sale caminando a buscar la verdad de tanta tristeza. Jonás se pregunta quién lo busca, por qué y qué razones tan graves habría para que dejasen bajo tierra a dos inocentes habitantes del desierto. La tristeza invade a Jonás. El camino de regreso a la ciudad es lento, busca refugios en las sombras. Trata de repasar nombres y direcciones de amigos que puedan ser solidarios y darle refugio. ¿Quién puede creer lo que ha pasado en la casa de Juan de Dios? Y para colmo de males, si se presenta en la policía o a la justicia, ¿quién le asegura que no tiene ya el pedido de captura?, y ¿qué margen le queda para seguir libre en pos de la verdad? Todo es confuso. Jonás camina toda la noche por la orilla del camino, escondiéndose cada vez que siente el ruido de un motor o ve luces lejanas sobre el camino asfaltado. Es una noche cerrada a la luz y a la razón.
Finalmente, en la madrugada, se deja caer en el interior de un latón de drenaje que le da cierta seguridad de no ser descubierto con la luz del día. Duerme sintiendo ruidos de tiros de metrallas, metrallas que no pueden arrancar los gritos de piedad. Piensa en Malena, su compañera que ha quedado en el departamento de aquel edificio derrumbado de la calle Las Flores. Malena, su compañera. La hermosa mujer que siempre está a su lado en las tumultuosas pesadillas. Despierta sobresaltado con la imagen tan nítida de Malena, como si los sueños la hubiesen traído a su lado. “¡Ah, mujer hermosa!¡Cuánta ternura tienes escondida bajo tu pie! ¡Cuánta magia en tu silencio!”, piensa Jonás.
Malena, la mujer que tiene el corazón en el tiempo exacto de la vida, regresa a su memoria en la oscuridad de la noche, reviviendo amores y temores. Jonás se encamina a su departamento. Camina en las noches. Descansa en el día y bebe agua de acequias o lagunas y se alimenta con sobras de comida abandonada en orillas del camino. Escucha los pájaros. Escucha los ruidos de patos cuando se meten en lagunas buscando su presa, escucha música de algunas casas abandonadas en una soledad permanente. De noche, todo el silencio. La oscuridad lo invade. El ruido de sus zapatos contra la arena y la piedra rompe la monotonía de una caminata interminable. Jonás camina solo. Está solo.
Malena
De la ley con tu espada / armas tus manos / Justicia sin piedad / siega y destroza / Esos monstruos temibles / inhumanos / que amargan a los altos soberanos / con el puñal que nuestro manto roza.
Augusto Barbier
Sola ha quedado Malena desafiando esa anarquía de pinturas, acuarelas, pinceles y paletas. Decidió acomodar y limpiar, sabe que esto cubre un escaso tiempo de su angustia y abandono. En una noche de abril, en esos días serenos que van acumulando nubes negras de tormentas, está en su departamento en el último piso de un edificio viejo, abandonado a su suerte. Le gustaba a Jonás, porque en la terraza puede montar su atelier. El techo reforzado por chapas de zinc, gigantescas latas acanaladas que permiten el drenaje rápido, cuando la lluvia se estrella mansa sobre ellas. Una lluvia de gotas finas hace llorar los cristales de las ventanas que se alumbran en la noche con relámpagos encendidos en silencio, interrumpido por estampidas brutales del trueno. Una cama doble plaza con cabecera de madera lustrada permanece incólume al tiempo, cuelgan de sus bordes dos cascadas de tela cubriendo una entrada de luz. Un enorme tapiz cubre la pared ornamentada con espadas y filigranas doradas de antigüedades encontradas en calles del aburrimiento. Una mesa de roble cubierta con una tela naranja; un sillón tapizado de blanco simula la espera de un lector. La pared del oeste, tapizada con cuadros y pinturas de Jonás colocados sin prolijidad ni esmero está cubierta. Las botellas de alcohol escondidas en un viejo aparador que nunca se movió de la esquina. Muchas veces Jonás ha estado arrodillado en la alfombra apoyando su cabeza sobre los muslos de Malena, mientras ella acaricia sus cabellos para consolarlo después de esas pesadillas que lo atormentan. Son tiempos de cambios. De luchas civiles; enfrentamientos e injusticias. Indudablemente algo ha pasado en ese tiempo. Las armas de la república se han levantado contra un poder civil frágil y corrupto. Los hombres de uniforme sentados sobre calaveras festejan el triunfo de una fuerza formidable ante una sumisión civil pocas veces vista. Vuelan cerca de sus cabezas cuervos negros; negros como las tumbas de miles de hombres y mujeres encerradas en profundidades de la tierra. Hombres uniformados pisoteando baldosas de cuanto edificio público recuperan. Queman bibliotecas. Destruyen museos y monumentos. Encarcelan. Torturan. Desaparecen gente, roban niños recién nacidos. Los venden. Los entregan como venganza. La resistencia del pueblo vencido por la misma historia de armas deja cadáveres abandonados en cientos de lugares, simulando batallas inexistentes. Hombres y mujeres fueron muertos de pura muerte. Otros; desaparecidos sin rastros que puedan identificarlos. Sus cadáveres no existen. Todo ha sido borrado.
Nada queda en pie de las instituciones, ni de los partidos políticos. Tampoco quedan sindicatos y organizaciones sociales. Todos han sido condenados al silencio como tumbas anunciadas. Las banderas de lucha pisoteadas por pulcros uniformes, nada saben después de esas muertes. Como si el olvido fuese una epidemia. Los gritos y lamentos de encierro y tortura se esfuman en cuartos tenebrosos, habitados por hombres sádicos. Nadie recuerda lo que pasó. Amnesia voluntaria transitando un macabro sueño. Tampoco recuerdan donde quedaron las tumbas de cadáveres encimados sin vergüenza. Uno tras otro, sin dejar luz entre las almas, impidiendo que la verdad pueda más adelante salir de esas catacumbas múltiples. Los fusiles escupieron balas mortales. Las picanas descargaron electricidad capaz de frenar corazones jóvenes. Las playas están salpicadas de cadáveres abandonados en arena. Algunos fueron recuperados por la marea y recibieron luego un nombre. Hombres y mujeres abandonados en el mar. Empujados al vacío para que vuelen sin alas desde aviones y helicópteros en la noche, sumergiéndose en aguas saladas del océano. Se hincharon tanto que se convirtieron en cientos de balsas humanas flotando en búsqueda de un continente cercano; o en búsqueda de algún lugar que pudiese reconocer sus huellas. Solo está la muerte presente; la muerte que lleva en sus brazos cadáveres mustios; impávidos y quietos a destinos inciertos, mientras alguien llora su desaparición o su ausencia. Todas esas luchas subterráneas se cubren con el paso orgulloso de vehículos transportando soldados de uniformes verdes engalanados por el triunfo, sonrientes del momento vivido, mientras en las orillas de las calles, las personas aplauden y vivan el paso de sus verdugos, que después seguramente, perseguirán a muchos de los presentes o a sus amigos, parientes, conocidos. Los uniformados habilitaron esos lugares de encierro y tortura. Lugares anónimos. Ocultos. Escondidos. Cubiertos de misterios. Alejados de centros civiles que puedan escuchar el grito de tortura o el final de una respiración extenuada de tanto maltrato. Lugares sucios, invadidos por sombras y vapores de muerte. Lugares de hombres y mujeres desfilando desnudos, cubiertos por una cinta negra en sus ojos, para que no puedan ver el número pintado en su espalda o en su pecho. Lugares solitarios, rebalsados de excrementos amontonados en rincones húmedos. Charcos de orina que no encuentra salida. Lugares, donde el silencio es obligatorio. Quebrados por el castigo cruel, vil y cobarde del verdugo abusando de cuerpos exhaustos que se mantienen inertes. Los castigan, los atan, los golpean y los violan. Lugares donde la vergüenza y la miseria humana no pueden separarse de esos anónimos rehenes en las sombras. Reconocidos por nadie, solo el número marcado y tallado al cuerpo. Lugares donde el diálogo con secuestrados se da por el aliento; toses, respiraciones jadeantes. Temblores de frío después de la picana cavando el alma. Lugares donde cuelgan de sus manos y sus pies, seres que gritan su calvario. Seres castigados con golpes de palos, metales y patadas. Lugares donde se amalgama la sangre mezclada con el polvo de la tierra y las excretas. Lugares, donde los perros tironean pedazos de cuerpos abandonados en patios abiertos al aire esperando el camión cerrado y blindado para llevarlos en madrugadas a entierros en cadena, en fosos de cal viva. La niebla cubre la noche haciendo sospechosa la madrugada. Los camiones vuelcan como arena hombres y mujeres sin vida, sin alma; con el honor del silencio y la vergüenza de la delación. Siempre en madrugada. Cadáveres que años después serán huesos blancos limpios de carne. Huesos quietos, piernas mezcladas entre brazos o cráneos riendo con dentaduras desnudas sin encías. Cuerpos transformados en restos óseos, descubiertos suavemente con el pincel del antropólogo al quitar tierra y arena, para que el hueso aflore y nos dé un nombre. Jonás es buscado por pensar. Por hablar, por escribir sensaciones y por haber participado cientos de horas discutiendo propuestas, aportando ideas. Jonás también ha pintado los días de gloria de un pueblo. Ha comprendido que dentro de su arte puede enseñar con sus pinceles cómo dos fusiles cruzados consolidan utopías, y así ha militado en zonas humildes enseñando arte. Hay cientos de Jonases perseguidos, torturados, desaparecidos y asesinados. El hombre verde rubicundo que ordenó ametrallar a Juan de Dios y Encarnación, ha buscado a ese Jonás intelectual, pensante y revolucionario que lleva una orden de sentencia en su sombra: la muerte. Crece el poder de la barbarie. Contagia el miedo. Todos saben lo que pasa. Nadie habla. Es como si los pensamientos encerrados en el temor se licuaran en palabras inteligibles. Todos miran a otro lado, mientras matan en cámaras de tortura; mientras secuestran a la luz del día a jóvenes que luchan esperanzados poniendo sus manos y sus palmas para frenar plomos escupidos por fusiles que buscan silencio. Caen cuerpos y cuerpos en la tierra. En el aire. En el mar. En los lagos, en los ríos. Cascadas de cientos y cientos de cuerpos. Los campanarios repican sonidos en las puntas de las iglesias. Los domingos rezan una oración para tapar los gritos del dolor. Todos han callado. Todos olvidaron lo que vieron. Ahora solo queda seguir persiguiendo a los que probablemente sean culpables. Todos fueron culpables, por eso se quemaron viviendas; se saquearon casas, incendiaron en hogueras los libros. Prohibieron lecturas, revistas, diarios. Enmudecieron a todos lo que hablan contra el régimen y la impecable autoridad genocida bendecida por la Iglesia, protegida por cardenales en templos de oro y plata.
Malena terminó de arreglar la casa; exhausta, quedó sentada en la silla hamaca de esterilla vieja ubicada en un rincón y capturó con sus dos manos recuerdos que flotan cerca de su pecho, desparramados por su piel; como si Jonás estuviese presente. Imágenes vivas. Muchas sin formas claras que alguna vez la llenaron de alegría y nostalgias. Mira Malena la ventana húmeda que deja pasar luces encendidas reflejadas sobre el asfalto mojado. Calles solitarias; calles con enigmas e historias escondidas en cada rincón de la noche. Malena tiene a su lado documentos escritos por Jonás con la fogosidad de sus ideas. Escribe con la misma pasión con que pinta. Sonrió Malena; tiene presente la cara que ponía Jonás cuando trataba de explicar sus proyectos La gran revolución del color, sostenía. La gran revolución social que sospecha se avecina sin obstáculo. Piensa Malena en los gestos graves de su rostro y las sentencias ejecutadas con sus mímicas cuando se aferra a la revolución. Se empapa de ella; se transforma y se funde con otra pasión. Sonríe Malena con ternura tan insoportable como su nostalgia. Llora Malena su soledad, pero comprende que Jonás, obligado, tuvo que regresar por un tiempo a ese lugar donde sus fuerzas podrían recobrarse y aprovechar para visitar a Juan de Dios. Malena se durmió serenamente acompañada de una lluvia mansa y tenue. Sueña con espumas de mar, burbujas caprichosas sobre la arena. Deja Malena que el viento lleve sus cabellos sueltos, a lugares bellos, mientras abre sus brazos para tomar con una mano lo que puede del mar y con la otra, lo que entregue la arena dorada. Entonces las junta transformándola en hermosos corales que coloca a su lado mientras las gaviotas bailan en el aire trazando círculos concéntricos por encima de su cabeza rodeada de belleza. Mira siempre al poniente. Los días escapan sin avisar a nadie. Sueña que Jonás esta a su lado. Siente su piel tan cerca, como el fuego encendido por el recuerdo manteniendo en sus manos la memoria de sus caricias. Imagina Malena su mejor recuerdo en el aire, en el mismo espacio vacío que la rodea. En la brisa húmeda del mar. Luego deja que las palabras escritas vuelen, para transformarlas en alegrías, en cantares y en búsqueda de magias pasadas.
Malena es violentamente despertada, de forma tan violenta, que su cuerpo es tirado de la cama con patadas de botas lustradas y enceradas. Uno de ellos, que llegó a su departamento la tomó de los cabellos y le puso un arma en la boca mientras quitaba su ropa. Luego pregunta por Jonás. Sabe ella que está en la cordillera pero nunca visitó el lugar, nunca fue, nunca estuvo. Sabía que era una enorme cordillera donde un rancho de adobe estaba cerca de un río. La violencia se mezcla a la belleza de Malena. La burla de los uniformados y las amenazas se multiplican. Manosean todo su cuerpo sin respetar su intimidad más profunda. Violencia sin tregua continuada de tortura sin que puedan sacarle datos concretos. Malena tampoco lo sabe. Revolvieron el departamento con un solo objetivo y tuvieron éxito. Encontraron los escritos de Jonás. Cada hoja es repasada con detalle, buscan nombres y direcciones. Son concientes de la ideología de Jonás. También buscan armas y explosivos. Finalmente envuelven a Malena con una sábana, la llevan sin pudor al camión estacionado en la puerta del edificio. Vendan sus ojos, dejan su cuerpo desnudo listo para ser manoseado en el camino. Violaron su sexo una y otra vez dejando a Malena sin sensación de vida, convertida en un objeto. Un pedazo de carne sin sentidos. Malena tiene los ojos abiertos. Abiertos sin poder mirar porque están tapados por una venda oscura. Tampoco puede llorar ni humedecer sus párpados. Ha perdido sus lágrimas. Malena es una masa de carne insensible. La tela negra la separa del negro manto de la noche. La llevan a un encierro. Huele a campo, huele a árboles y bosta de vaca. Está segura Malena que se encuentra no muy lejos de la ciudad, pero más cerca de la muerte. Torturaron a Malena. La sumergieron en agua de cloaca; la estaquearon en el patio de cemento en noches de hielo; le tiraron hormigas y ratas negras y grises para que laman la sangre de sus heridas. Dejaron que las tijeras corten sus cabellos con mechones esparcidos en los retretes, orinaron su rostro hasta asfixiarla; martirizaron su carne y su alma; insultaron su vida y su historia. La picanearon. La violaron con objetos una y otra vez hasta que sangraron sus genitales, hasta que sangraron sus pechos, hasta que su cuerpo se transformó en una viva llaga. Entonces denigraron su espíritu. Hicieron de ella una mujer sin voluntad. Malena pide morir. Todas las preguntas giran en torno a Jonás; sus escritos, armas y fabulaciones increíbles de organizaciones a las que presuntamente ellos pertenecen. Malena fue dejada en la habitación del fondo del campo de exterminio disimulado por uniformados como si fuese una granja modelo para jóvenes huérfanos. Allí cayó tirada como bolsa entre medio de piernas y cuerpos fríos, abandonados húmedos, desde donde brotaban voces de dolor, piedad y consuelo. Amoldó su cuerpo a huecos espontáneos que encuentra entre esas anatomías anónimas para lograr un descanso rodeada de esa eterna oscuridad que nunca más la abandonará. Una montaña de cuerpos grises sin sombras, desnudas, heridas, manchadas con sangre de hermanos; sus amigos invisibles. Juzgados por verdugos que decidieron quién, cuál y cómo seguirían el camino de la tortura hasta quebrarlos; hasta que pidan perdón por hechos que nunca cometieron. Exigen que delaten amigos y parientes que nunca frecuentaron; hasta quebrar su resistencia en un suelo de excrementos donde el honor perdido deja intacta solo la dignidad. Supo Malena entonces que todo su cuerpo envejece de tanto dolor. De tanto maltrato. Toca su rostro que duele. Parece un pergamino de gritos adheridos, es una piel áspera con tierra pegoteada convirtiéndola en un cadáver viviente. Supo Malena dibujarse sin ojos en esa muestra de horror. Todo lo que toca a su alrededor huele a carne podrida. Olores de vivos y muertos juntos, pegoteados sin poder diferenciar nombres o caras, sin poder dar una palabra de aliento a quien ya está llegando a las orillas de la muerte. Malena supo de ese horror. De las tinieblas que nunca había soñado, ni aún cuando trataba de atrapar en el aire los sueños y las pesadillas de Jonás. No sabe Malena cuántas noches y días estuvo amontonada. Sí supo Malena que ese día vinieron cuatro uniformados para arrancarla de esa parva de cuerpos y restos humanos. No se queja. Se deja arrastrar y llevar por pasillos húmedos, hacia una puerta que supuestamente da al exterior porque el aire entra puro, fresco; envolviendo esos cuerpos que han estado sumergidos en vapores de carne deshecha. Los suben al cajón de un camión, el mismo camión que la trajo, solo que ahora no hay uniformados que aprovechen sus manos para maltratar su cuerpo. Su cuerpo está ausente. Es una sombra de su belleza anterior, un descarte lamentable de su vida. Arrancó el camión. Y en un viaje tranquilo, lleva esos cuerpos silenciosos hasta un lugar donde las hélices de un avión están en marcha esperando pasajeros al infierno con bodegas completas de seres humanos o casi humanos. Arranca el avión. Levanta un vuelo rápido. Hay una puerta vacía que deja entrar el ruido de motores y el zumbido del aire colado entre ese hueco y el pasaje amontonado. Asciende el avión. Vuela el avión. Viaja el avión con pilotos felices de cumplir otra rutina, llevar carne a los mares, a tiburones y peces; a los misterios del mar que nunca permanece quieto. En un momento dado los mismos brazos de tenazas que la treparon a la caja del camión, levantan cuerpos suplicantes de vida en un juego macabro tomándolos de pies y tobillos y, hamacando su humanidad putrefacta, los tiran uno a uno, despidiéndolos con risas, con burlas, dejan que viajen por las nubes como una carga abandonada al incierto vacío. Malena supo fugazmente lo que sintió cuando la enviaron a la nada. Al silencio absoluto de las nubes. A flotar sin saber volar ni ver donde caía. Solo flota con velocidad, como un pájaro herido sin defensa alguna. Cae herida de muerte. Malena sigue su viaje para estrellarse en el mar frío con el estallido que su cuerpo no resiste y comienza a morir lentamente, flotando primero y luego, entrando más tarde en profundidades del agua salada, que quema sus heridas. Se ahogó. Litros de agua entraron sin resistencia por su boca. Malena se alejó del mundo entregada a ese universo gigantesco de mar y vio por última vez, lo que había sido alguna vez su rostro perfecto. Esa mirada dulce y serena con su boca sensual que solía adornar con colores que a Jonás le agradaba. Se vio con su cuello cincelado, cilíndrico, suave, hermoso, asentado sobre hombros delicados donde el cabello juguetea. Observó también las manos delgadas, finas y suaves. No sabe Malena que hay una extraña música para acompañarla en la profundidad del mar, hasta que su figura se fue. Desapareció su mente. Su cuerpo se perdió salpicado de espumas blancas.
Deja Malena su mundo. Entra en otro universo de paz, descanso, amor y recuerdos, donde Jonás siempre le decía: “¡Ve Malena por los colores; ve Malena por esa magia que aún no eres capaz de comprender!” Jonás tiene razón. Malena se sintió feliz aún cuando los restos de su cuerpo fueron encontrados meses después en arenas de una costa cualquiera. Hinchada. Azul. Violeta. Mordida por peces hambrientos y animales que solo el mar permite vivir. Malena está en paz.
Jonás
Dulces son las lágrimas para los que sufren infortunios y las endechas fúnebres para quien tiene penas.
Eurípides
El aglomerado de piedras rocosas con arena volcánica, semeja un sendero orientado directamente hacia una mina de oro abandonada. Es fuente de múltiples leyendas. La galería lustrada de minerales brillantes incrustadas en paredes está iluminada por candiles de aceite, eternos habitantes generadores de luz tenue, que llevan a Jonás, al interior de la montaña; a las entrañas mismas de una profundidad silenciosa y expectante. En esa oscuridad, existe una mansa y cristalina laguna subterránea. Enorme espejo de agua, absolutamente helada por estar acostumbrada a las sombras. Espera sin aliento una visita. En la orilla, Jonás acomoda sus pertenencias. Quita su calzado, se introduce en el agua, lava su cara después de tomar agua fresca. Reconfortado, sale y tiende una manta de viaje marrón para descansar de una larga caminata. Jonás aceleró sus movimientos sintiendo el cansancio de sus piernas. Desea estar cerca de la ciudad para encontrar a Malena. Acomoda su cabeza en un borde de tierra suelta y se sumerge en una curiosa reflexión, donde él; Jonás el pintor, escribe por última vez. Usa una pluma vieja para amalgamar con ella las palabras más bellas que generó durante su viaje. Escribe en una cartulina blanca de suave textura que extrajo de su mochila. La cartulina es el único testigo en esa paz subterránea. Así comenzó con letras de tinta roja:
Voy a escribir con palabras ajenas. Sin embargo son mías. me pertenecen. Fueron escritas con el corazón para una mujer lejana que se quedó en esa ciudad a la cual voy presuroso sin saber qué tiempo tengo para llegar.
Jonás tiene una confesión inconclusa, una confesión oculta, postergada, que navega en el tiempo sin darse cuenta. Lo invade su historia. Recuerda que Malena preguntaba siempre si ha tomado alguna vez miel caliente. Como si el amor de esos años que pasaron juntos no hubiese sido suficiente. Fueron tiempos de fantasías, ilusiones, sueños. Tiempos que encontraron en ella la belleza y calidez de su cuerpo. Una tibieza inocente de amor. Palabras simples despojadas de pudor que permitieron revelar secretos del corazón. Letras punzantes, generosas habitando su alma. Malena tenía un cuerpo cincelado con escoplo de delicado filo llevándola de niña a mujer. Fue cuando Jonás logra incorporarla mágicamente a su propia fantasía; a su propia sangre y deja que ella forme parte de ese inmenso recuerdo. Sabía Jonás que en esas tardes de ardiente verano, encontraron juntos cielos rojos y húmedos compartidos sin perfumes artificiales. Ese tiempo pertenece a su propia poesía. Confesiones capaces de sostener que el goce del deseo gobierna toda razón, porque cuando el diálogo se transforma en silencio la vida se paraliza, mientras el atardecer respira antes de morir. En la noche el viento calma para tener descanso. Jonás despierta. Permite que el papel que ha escrito después de su partida caiga a sus pies. Ignoraba Jonás el destino trágico de Malena. No sabe Jonás que su llegada será el inicio de su propia tragedia. Jonás ignora su futuro. Puede Jonás leer historias de luchas mientras reposa en un tablón del escenario y acaricia con sus guantes blancos las tapas de libros que cuentan sacrificios y penurias de miles de hombres y mujeres que se quedaron en silencio. Pero no perdona Jonás al asesino que clavó su espada a un cuerpo y le quitó la vida.
La Cruz y la Espada cruzadas durante siglos, como las dos armas más temibles para la humanidad. De esa barbarie Jonás conserva dibujos que funden la cruz y la espada como un signo trágico. Jonás enrolla telas, las guarda para siempre. Piensa Jonás que primero matan hasta la muerte misma, luego son bendecidos y comulgan. Más tarde, cobijan y educan a los hijos huérfanos robados, en sus propias fuerzas. Sentencian también al osado que abre su boca para pronunciar palabras de lucha y a quienes escriben una letra de protesta. El Asesino de Malena es así. Las sentencias la impone el poder. Esas figuras vestidas de verde emergen orgullosas del poder mismo, se desprenden de la tierra, pisan y clavan sus dagas en carnes frescas de la desnuda víctima. Demonios y fantasmas recorriendo noches entre sombras caprichosas transformándolas en incandescentes animales vestidos de humanos. Hombres mutados en bestias deformes. Ojos, orejas, manos y músculos firmes destinados a matar. Mientras imagina mujeres mansas convertidas en mariposas, asentándose a orillas de caminos o volando cerca de pétalos saturados de olores y fragancias. Reaparece el hombre poderoso de las pesadillas violentas, bárbaro, lleno de furia incontenible. Amenaza a los puños jóvenes que lo desafían. Los brazos se elevan, desoyendo gritos de agonías y convierten sus dedos en filosas púas de marfil cargadas de veneno de serpientes buscando una víctima que no encuentran. En esa oportunidad sueña que viaja la cruz y la espada al compás de un corcel brioso, fuerte, orgulloso con sus arneses de plata colgando bozales y cruces aceradas cargadas en hombros anónimos con caretas brillantes. Avanzan descubriendo que algunos poderosos acumulan monedas de oro robadas. Las bolsas robadas viajan custodiadas por uniformados condecorados con medallas de batallas ausentes. Allí fue donde Jonás hace nacer al rebelde con un fusil en su mano y municiones cruzadas protegiendo un corazón. Una pintura revolucionaria. El alma del guerrero cubre el sol ardiente en los desiertos. Crece en tono naranja. Y el otro protagonista se cuida del cuchillo artero que siempre espera la noche para caer en la traición paga. Dicen que los sueños leen el futuro y que allí, en esas tierras de calaveras tumbadas sobre libros de tapas de cuero nace una civilización ilustrada; una revolución que Jonás intuye está prohibida. Serán testigos hombres de caretas negras representando fases desconocidas del traidor. Nadie se conmueve, salvo Jonás que ignora consecuencias. Y si el hombre o la bestia despierta, tumbarán la cruz y descansará a sus pies. Jonás ahora, duerme.
Sueña Jonás con columnas de mármol; cabezas del Buda sagrado y las esculturas profanas de los tiempos del hacha, donde esta se encarga con su filo de disecar cada elemento, cada astilla, cada piedra que cruza con rabia al rebelde. Sin embargo, en la pintura aparece Jonás como un hombre de acero encima del corcel pisando cuerpos y transformando sus músculos en engranajes perfectos de máquinas sanguinarias. Dará círculos para perderse en el tiempo. Sin una frontera clara, pinta su rostro de guerra con un finísimo pincel blanco, para que resalte la frente y sus órbitas, mientras caen a su lado monedas al fuego, para transformarse en pilar de metales indestructibles, que construyen edificios y ciudades, defensas y muros. Las máquinas han comenzado a olvidar al hombre, y eso, critica Jonás en sus encendidas intervenciones.”Ustedes dependerán de cada polea para girar una cremallera. Miles de estas, harán ejemplares perfectos de metal, porcelana, plástico, madera, o piedras trabajadas que bloquearan la sabia invención de las manos.” Jonás sabe de estas nuevas formas de producción, y en su camino imaginario, va dejando atrás, sombras y maquinarias frías. Jonás ha logrado representar esos sueños.
Llegó Jonás a su departamento, abrió la puerta y encontró destruido todo lo que pudo ser algo íntimo para él; todo en el suelo y roto. Los sillones tajados, heridos de muerte con trazo preciso de cirujano. Las almohadas descuartizadas al igual que los colchones. Nada quedó en su lugar. Hay pequeñas manchas de sangre en la alfombra. Nada ha quedado de su biblioteca artesanal. Nada de sus anotaciones o cuadernos de proclamas o reflexiones. Todo ha sido misteriosamente saqueado. Pero peor aún, Malena ha desaparecido. No hay una nota en la mesa; tampoco un mensaje. Nada. Solo silencio y desorden. Sus pinturas han sido también tajadas, heridas con filosos cuchillos asesinos de imágenes, como en sueños recientes. Por primera vez, Jonás siente miedo y piensa que Malena ha sido asesinada. Jonás cae inconsciente al piso de la habitación. Nada tiene ahora Jonás. Ha perdido sus afectos, sus pinturas y sus sueños. Ha perdido su compañera. Jonás está tendido sin consuelo; sin lucidez; sin poder pensar nada. Sin estar. Media hora después se recupera creyendo que todo ha sido otro sueño que lo atormenta, pero la habitación y el desorden siguen presente. Malena no esta. Su angustia crece. Sabe que la ha perdido. No imagina que ella navega en el océano y que tampoco podrá aparecer antes que él se vaya. Tomó un pincel y, en un lienzo blanco, dibujó de memoria el rostro de Malena, tal cual como la encontraron después. Dibujó también a sus captores, mientras maltrataban su cuerpo al preguntar con ferocidad: “¿Sabe en dónde está Jonás…, Jonás el pintor?
Jonás alucina. Percibe una luz. Es Malena que avanza en medio de un cielo inmenso y azul hasta llegar a su habitación con el cuerpo intacto; con sus ojos siempre cálidos y sus manos haciendo gestos de fragantes caricias. Malena baja a su primer encuentro con Jonás, que espera sentado en el borde de su cama revuelta. Jonás espera que ella baje lentamente con ese movimiento felino que la caracteriza; fue ella la que se acercó tomando con sus manos la camisa de Jonás arrugada de tantos años. Suavemente, la retiró. Jonás deja que así ocurra. Queda el cuerpo de Jonás desnudo, atento e inmóvil. Ella toma los hombros rudos de Jonás, los acaricia y apoya su boca, dejando caer racimos de besos que penetran su piel. Jonás toma las manos de Malena; las lleva al corazón mismo de sus latidos, se da vuelta buscando los labios encendidos de Malena que estallan al deseo. Jonás le quita su ropa. Puede dejar que toda la piel de Malena brille ante sus ojos y deja que su cuerpo busque la moldura en las formas de Malena, para complementar recuerdos y olvidos. Lleva a Malena hacia el lecho. Sus cuerpos se encuentran después de ese largo tiempo que nadie se atreve a medir. Están allí, perdidos, igual que ese amor que pudo encontrar el éxtasis y el placer; el fuego y los recuerdos. El punto exacto del amor. Juegos de caricias. Estrellas de viajes imaginarios al placer. Cuerpos contorsionándose; sudando, resbalando, uno sobre otro y dejando que los poros busquen la memoria. Un éxtasis que no acaba nunca de finalizar. No hay límite al reencuentro. Malena dejó que sus ojos se llenaran de lágrimas. Jonás las bebe. Busca encontrar el sentimiento que aflora. Busca Jonás el cuerpo de ella. Jonás toma a Malena, la posee. La hace suya. Es él quien habita ahora su intimidad y frescura. Es él quién ha incursionado dentro mismo de su alma. Jonás deja que Malena guíe su encanto. Ambos están fusionados, herméticamente juntos. Han encontrado el punto de inicio y también el final. Nada les es ajeno, no hay horas o minutos. El tiempo es interminable. Gozan de ese amor intenso e inmenso.
Jonás dejó su arte luego de que ella murió estallada en el mar; flota como en sus sueños en aguas saladas y frías que la trajeron a la costa ese día que nadie esperaba. El lienzo de Malena se llevó la historia completa. Jonás logró finalmente despedir su pasado. Jonás camina sin destino por cualquier lado. Busca sus sueños, día tras día. Ya no tiene pesadillas; las vive. Tampoco encuentra sus pinceles preferidos. Jonás está entregado a un abandono alcoholizado.
¡Jonás, despierta, Jonás! ¡Vuelve a ese mundo de colores y música y canciones y mujeres hermosas! ¡A ese mundo lleno de vida y risas y placeres y aire! ¡Deja que las cosas más simples habiten nuevamente en tu alma sufrida y golpeada. ¡Vuelve Jonás! Nunca será tarde. Esperaste mucho tiempo; ahora es el tiempo quien te espera!
Jonás escribió en sus últimos momentos de lucidez una carta. Después de ella, transitará por un mundo irreal; donde le espera un destino incierto:
¡Ustedes, soñadores del mundo!, gestores de felicidad, procuradores del amor, lancen sus poemas al viento, gritando el nombre de ella en los cañadones; en las montañas, en los lagos, para que un eco, el eco de su nombre mantenga el recuerdo lamiendo todas las laderas de las montañas como si fuese la piel de su cadera, quitándole miel a su boca. ¡Soñadores del mundo!, cuiden a Malena. Soplen al cielo para que mueva sus nubes y griten al mundo su historia. Soplen también el horizonte para mover mares con fuerza de ciclones y soplen la tierra para que los volcanes rujan y estas palabras escritas en nubes viajeras, lejanas, se transformen en tormentas de letras de un recuerdo que caerá, cubriendo el vacío.
Fin
miércoles, 14 de octubre de 2009
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